Arequipa

Internas de Socabaya: Libres y bellas por una noche

28 de mayo de 2017
Internas de Socabaya: Libres y bellas por una noche
Crónica del desfile de modas más vigilado en la historia de Arequipa. Presos exhibieron las prendas que elaboraron en el encierro. El INPE y el Poder Judicial se unieron para sacarlos por horas de prisión. Una salida para sonreír, pero que acabó en llanto.
 
Por: Rossmery Puente de la Vega P.
Foto: Miguel Zavala D.
 
Al abandonar el auditorio una pequeña lloraba en silencio sentada en una banca del patio. Había visto salir raudamente a su mamá con grilletes. La noche del viernes durante el desfile de modas realizado en la Corte Superior de Justicia de Arequipa, la desolación le ganaba a la esperanza.
El merengue “Tu Sonrisa” de Elvis Crespo cantado por un invitado, ponía a mover a los internos en el escenario.  /En tu cara veo cosas que no debo de mirar /Tu sonrisa dulce y tierna no dejo de imaginar/ No dejes de sonreír te lo pido por favor/. Una canción que sonaba a consuelo en boca de reos y sus familiares que acudieron a verlos.
El auditorio de la Corte parecía un salón para un baile temático de algún quinceañero, iluminado, con hojas secas colgando del techo y paredes, un tronco de madera ambientado con luces de color, además de música pop de fondo. Las sillas plásticas de los jueces y los invitados aún estaban vacías. Antes que las presas empezaran a desfilar, soltaron palmas de impaciencia. 
El desfile fue vigilado pero los policías hicieron lo posible para no desalinear con el lema del evento pregonado por los animadores: “Esperanza sin límite”. El ingreso fue sin registro de cosas, verificaron el DNI y la entrada o invitación. Los efectivos vistieron con terno, camisa y corbata negro, se comunicaban a través de radios. Apenas un custodio del Instituto Nacional Penitenciario se asomó antes del desfile. Debe haber sido el desfile más vigilado de la historia de Arequipa.
Desde los asientos puestos de manera semicircular los familiares miraron el espectáculo, tomaron fotos, filmaron, pero no tenían permitido levantarse. Los periodistas tenían la libertad de acercarse al escenario sin vallas que lo impidan, un canal de televisión hizo una transmisión en vivo. Pero conversar con las presas, eso seguía siendo un delito.
«Negro te amo», gritaron cuando apareció en la pasarela Jason Benjamín, mandó besos volados para su familia. Voces frágiles en coro, «mamá, mamita» se escucharon cuando salió Lady Torreblanca con un poncho negro de alpaca tejido en el penal. Ella respondió con una sonrisa, contuvo el llanto, sus ojos se iluminaron. El polaco Konrad Piatec desató varios piropos y gritos, él mandaba besos a su pareja sentada en primera fila. Los reos rebuscaban entre el público alguna cara conocida. Llanto, gritos, aplausos, se mezclaron.
Todos fueron invitados para contemplar que en el encierro también hay talento, creatividad y belleza. La cárcel no es un castigo, debe ser la oportunidad de cambiar, se escuchó en boca del presidente de la Corte Superior de Justicia, Eloy Zamalloa, anunciando días antes el desfile de modas, al que no acudió porque tuvo que ausentarse de la ciudad.  En su reemplazo estuvo el juez Isaac Rubio, quien pidió la colaboración de todas las instituciones para la reinserción de los presos que cumplen sus penas ante un auditorio donde las autoridades de la ciudad estuvieron ausentes. 
La noche estaba fría cuando el presidente del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), Guido Águila Grado, quien permaneció poco tiempo, apareció en el escenario hablando en términos jurídicos. Será por eso que el auditorio enmudeció antes el anuncio que pedirá al Consejo Ejecutivo del Poder Judicial que los jueces no sean investigados automáticamente, cuando dan la oportunidad al preso de salir en libertar por buen comportamiento y trabajo. 
Con cifras revelaron una realidad. En el Perú hay 83 mil presos, y de ellos 62 mil en edad de trabajar con 18 y 39 años, apuntó Laura Díaz del Consejo Nacional Penitenciario. La jefa del INPE de Arequipa, Eufemia Rodríguez, pidió una oportunidad para que retornen a la sociedad.
 
EL ENCIERRO
“Tu Sonrisa” se escucha en el patio del penal de mujeres de Socabaya, mientras las ocho internas ensayan con zapatos con taco número doce en el encierro. Una prohibición que fue levantada excepcionalmente en la reunión de autoridades penitenciarias. Lo hacen mientras sus espectadores; las trabajadoras del INPE y otras presas les piden casi a gritos que sonrían. Ellas luces serias, sueltan risas casi forzadas.
Fernanda Marín Valdivia llegó de noche a la cárcel hace ocho años y lo que más le afectó fue obedecer a otras personas. No concilió el sueño, se la pasó llorando. Limpiar los baños fue lo primero que hizo a la mañana siguiente. Estudiaba Derecho antes de pisar el penal, provenía de una familia con recursos. 
Se contiene para no llorar cuando menciona la muerte de su padre ocurrida en febrero de este año. Hay frialdad en sus palabras cuando dice que su único delito fue callar que el responsable de la muerte de su prima, Sharon Páliza Valdivia, dueña de la cadena de restaurantes Antojitos, fue él. «Por amor a mi padre callé», dice. Alega que los periodistas exageraron al contar su historia, no hubo ambición. 
Tiene 27 años de edad y Fernanda sueña que está en una sala de audiencia donde ella es fiscal. Al salir de prisión -su pena es de 20 años-, lo primero que hará será ir a una iglesia. Nadie la visita. Modelar para ella es una oportunidad. En el desfile ella lució una prenda que confeccionó con sus manos.
Lady Torreblanca Torres se la pasó quince días en el Tópico del penal por una depresión antes de ingresar a una celda. Su voz se quiebra cuando recuerda que tuvo que dejar a sus tres hijos en casa. Ahora ellos tienen 10, 08 y 04 años de edad. Estaba embarazada cuando le disparó a su esposo. Acepta ser culpable y se lo ha dicho a sus hijos, pero aclara que su pareja intentó abusar de ella cuando estaba con amenaza de perder a su bebé. Él la maltrataba.
Las ansias de la libertad no la dejan ni cuando duerme. Se mira paseando y jugando con sus hijos en la playa, y eso es lo primero que hará cuando deje el penal. Enfrenta la adversidad en prisión, cose accesorios para la cocina en el encierro. La cárcel le ayudó a distinguir quiénes son sus amigos, su familia, y refugiarse en su fe. Tiene 30 años de edad y la sentenciaron a 10 años. 
Lo que rondó la cabeza de Darwin Bedregal la noche que llegó al penal fue la soledad y la separación de su familia. Tiene 22 años de edad, estudió para ser operador de maquinaria pesada, pero el robo de una cartera con celular con un arma, lo llevó al encierro. Cuando concilia el sueño se mira rodeado de su familia, culminando sus estudios y preparándose para viajar al exterior. 
El día que abandone el penal lo primero que hará será ir a la casa de su abuela y abrazarla. Quiere estudiar. El modelaje para él puede ser una oportunidad. En el penal produce prendas de vestir y peluches que vende a través de sus familiares. La cárcel dice lo ha endurecido. Tiene peinado de moda, a lo Paolo Guerrero, un tatuaje con el nombre de una mujer que esconde.
Mayquel Cornejo es bajo de estatura, tiene tatuada en su piel los nombres de su familia. Recuerda su traslado de noche al penal en un bus cerrado, su permanencia en un pequeño ambiente antes de conocer el que se ha convertido su espacio para reformarse. Robó un celular, debe permanecer cuatro años, ya está un año. Extraña su casa, estudiaba marketing. Quiere salir para ver a su abuela que ha sido como su madre y su hermana. Entre sus visitantes hay niños, sus familiares.
Antes que finalizara el espectáculo, y las autoridades del INPE y la Corte hablaran en el auditorio del Poder judicial sobre la esperanza en los penales, afuera ocurría la salida de los presos enmarrocados, por una puerta posterior. Aparecieron los policías uniformados y de terno, para impedir que alguien se acercara o alterara el orden. Los hijos lloraron por sus madres y las madres desconsoladas por sus hijos. Ya nadie ocultó que todo era una simulación de una noche de libertad.
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