Arequipa

La actriz y el director

23 de septiembre de 2018

Una historia sobre el trabajo en la sección cultural de una revista: entrevistas, recuerdos y, sobre todo, desencuentros con un pintoresco director.

Por Orlando Mazeyra Guillén
Por la madrugada se cayó de la cama. Todo el peso de su cuerpo —el peso de su existencia— fue soportado por su hombro derecho. Este dolor, sin embargo, no tenía parangón con otro: el de su vientre. Se aproximó, sudando frío, a la taza del baño e intentó vomitar. No lo consiguió. Luego de frotarse el hombro, se introdujo a la boca hasta cuatro dedos de su mano izquierda.

«No funciona esta vaina», pensó y se dirigió a la cocina.

Tomó dos vasos de agua con una sal efervescente y ahora sí vomitó. De inmediato jaló la taza y estuvo varios minutos echado en el suelo: losetas desvaídas que le hacían recordar la escueta habitación del Hotel Jet, en donde se hospedaba cuando vivía en Lima: a espaldas del Ministerio de Trabajo, en la avenida Salaverry.

Encendió la ducha y se introdujo en ella. Hizo gárgaras y se lavó la boca mientras recordaba que había huido a Lima para olvidarse de Micaela. Ni siquiera las duchas estaban exentas del recuerdo de esa mujer: la casa de playa de sus padres en Mejía. El calor del verano. Ellos solos, en una ducha, desnudos enjabonándose: despacio, con amor. ¿Le había enjabonado todo el cuerpo a otra mujer? No. «Qué pregunta tan tonta», pensó mientras sentía cómo el agua caliente lo iba relajando, el dolor de estómago iba menguando: «Enjabonarla otra vez».
***

Lo primero que hizo cuando llegó a Lima —decidido a quedarse, qué frágiles eran sus decisiones— fue entrevistar a una actriz que se había hecho famosa por ser una de las polillas de la versión cinematográfica de “Pantaleón y las visitadoras” de Mario Vargas Llosa. Era sensual: labios gruesos, pechos firmes y caderas generosas. No obstante, ella, como entrevistada, fue un desastre. Y él, claro, se decepcionó. ¿Así eran las artistas del cine y de la tele? ¿Acaso no debían ser más sensibles que el resto de las personas? Ella la había pasado muy mal en Europa, incluso le contó que trabajó en Madrid como camarera y lavaplatos. Habló de la discriminación contra los latinoamericanos. De la xenofobia cruda y dura. Sin embargo, ella hacía lo mismo con los provincianos. Decía que hablaban con mote, que no sabían escribir un guion sin errores ortográficos, eran cuasi una sarta de analfabetos. «Lima no es el paraíso… pero les falta mucho a los del interior, ¡ah!», afirmó con un mohín de desprecio.

Transcribió la entrevista, le dio una minuciosa revisión al estilo y se la presentó al director, don Orestes, quien le había asignado el cargo de Jefe de Culturales.

—¿Qué tal estuvo la cuestión con la hembrita? —le preguntó dibujando un gesto morboso.

—Fue un fracaso.

—¿Por qué?

—Estoy decepcionado de la persona que conocí. Aunque no por eso deja de ser una magnífica actriz…

—Te voy avisando, cuñadito, que acá te vas a decepcionar de un huevo de personas. Tienes que pisar tierra de arranque nomás —le advirtió—. Ahora, sobre el pucho que me consigan esas fotos en donde sale calata en la selva, esta edición será de colección… ya vas a ver…

—Don Orestes —le dijo sorprendido mirando con firmeza al director—, le he dejado bien en claro a la actriz que ésta es una revista seria, que aspiramos a hacer otro tipo de periodismo. Por eso me aceptó la entrevista. Víctor, el fotógrafo, me ha acompañado y le ha hecho varias fotos en el café de Miraflores donde la entrevisté. Use las que vea por conveniente.

—Víctor para variar nos ha fallado, Mazeyra, porque le ha hecho fotos con mucha ropa: no se le ve nada, no se ve lo que le gusta a la gente. Y, por otro lado, ¿quién te ha dicho a ti que yo quiero hacer otro tipo de periodismo? Es más, ¿quién eres tú para decirme qué foto debo poner o no en mi revista? Carajo, no orines fuera de tu tiesto.

—Sólo le digo lo que pienso, ¿o no tengo ese derecho?

—¡Ahora me vas a dar clases de periodismo, compadre! Escuchen todos —y levantó la voz para que lo oyera toda la redacción—: acá, este ingenierito provinciano me quiere enseñar a dirigir una revista… ¿Tú sabes lo mejor que tiene Arequipa?

—Son tantas cosas —le respondió—, difícil elegir una sola…

—Mira tú, characato, lo mejor que tiene Arequipa es el letrero en la carretera que dice: “A Lima” —y luego pegó una risotada estentórea.

—Ese chiste, aparte de malo, es muy viejo. Y si no me respeta a mí, ¿cómo va a respetar a la gente que entrevisto?

—Mazeyra, estás loco —le dijo—. No te lo digo por joderte porque me caes bien. Pero estás locazo: eres ingeniero de sistemas y, en vez de programar, estás a cargo de Culturales. Díganme si no está loco como Abimael o Vladimiro Montesinos, que los escucho a todos. ¡Hablen o callen para siempre!

—En todo caso —y se dio una pausa antes de proseguir—, más loco estará usted. Porque fue su idea dejarme a cargo de la sección cultural de su revista. Usted sí que es un loco de los que ya no hay, don Orestes.

El director se quedó en silencio mientras, contrariado, veía cómo la redacción celebraba hasta con aplausos. Luego se fue a su oficina. Y la entrevista salió con las fotos que, por supuesto, eligió el director. La actriz no tardó en enviar una carta a don Orestes.

«Mira —le dijo satisfecho como si se tratara de un triunfo—: me ha mandado una cartita y ahí dice que no tienes palabra, que eres un pobre diablo, que la has engañado. La hembrita te odia. ¿Alguna vez una flaca ha dicho tantas cosas feas de ti?».

—Sí —asintió desalentado—, y por eso estoy aquí… hablando con usted.

De inmediato, salió de la redacción. Se echó a andar por una avenida de Jesús María. Encendió un cigarrillo y se puso a fumar con urgencia: «no tienes palabra, pobre diablo»… Llegó al hotel Jet y miró las losetas. Se desnudó y se dirigió a la ducha: mientras se enjabonaba el cuerpo pensó en Micaela, en ese cuerpo lejano que ya nunca más tocaría y se sintió peor que una puta de Vargas Llosa.

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