La cárcel en Arequipa donde había que pagar por estar preso

Historias insólitas de la Arequipa virreinal.
Por: Doctor César Belan Alvarado.
Una mañana de 1797, las autoridades de Moquegua inspeccionaron la cárcel de la villa tras las reiteradas quejas de los presos. El panorama era alarmante: el techo amenazaba con desplomarse, sostenido prácticamente por una sola pared, mientras que los candados estaban tan deteriorados que apenas cumplían su función. Los reos corrían el riesgo de morir aplastados por el edificio. La escena parece lejana, pero también resulta inquietantemente familiar. La historia de las cárceles del sur peruano virreinal permite observar cómo los problemas penitenciarios permanecen sin solución desde hace 300 años. Han cambiado las leyes y las instituciones, pero las carencias continúan presentes. La cárcel en Arequipa (que funcionaba junto al cabildo, hoy Portal de la Municipalidad) resaltaba por el hacinamiento, falta de higiene y enfermedades eran la regla.
Sin embargo, hay diferencias importantes. Por ejemplo, hoy la cárcel constituye una pena que tiene como objeto la “resocialización y readaptación del preso”. En el mundo colonial el discurso era menos hipócrita. La cárcel no era considerada un castigo. Su función principal consistía en custodiar a los acusados mientras se desarrollaba el proceso. Las verdaderas penas eran otras: los trabajos forzados, los azotes, el destierro o la muerte.
Otro aspecto que es diferente es la cuestión de la subsistencia de los presos. Actualmente el Estado tiene la obligación formal de proporcionar alimentación a los internos. En el virreinato, por el contrario, cada encarcelado debía procurarse su propio sustento. Quienes tenían familiares podían recibir alimentos desde el exterior; quienes disponían de recursos económicos podían comprarlos. Los más pobres dependían de la caridad de particulares, de instituciones religiosas o de donaciones testamentarias.

Quizá la práctica más sorprendente era el llamado “carcelaje”. Los presos debían pagar por permanecer encarcelados. El cobro incluía el uso de la celda, el alojamiento y el uso de agua. En otras palabras, la prisión funcionaba parcialmente como una posada obligatoria cuyos huéspedes no tenían posibilidad de marcharse. Aunque la legislación regulaba este sistema y establecía excepciones para los pobres, los abusos eran frecuentes para los pobres. Las fugas, como en nuestro tiempo, constituían otro problema permanente. La precariedad de los edificios y la falta de recursos como grilletes y cepos hacía que los presos más avezados siempre se escaparan.
La historia de la cárcel de Arequipa muestra que cambiaron las normas, pero permanecieron los problemas sobre la pésima capacidad de administración del Estado y el desprecio por la dignidad humana. Eso no ha cambiado en 200 años de República.
Texto basado en dos artículos del autor sobre la Real Cárcel de Arequipa. https://dadun.unav.edu/server/api/core/bitstreams/92ef5790-7ad7-4918-bb06-dd625240bff5/content, y https://revistas.icanh.gov.co/index.php/fh/article/view/863.
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