Arequipa

La formación de lectores

15 de septiembre de 2019

Es importante contribuir a la formación de lectores, desde pequeños, con un entorno favorable en el hogar, con los bibliotecarios en la biblioteca pública, con los promotores de lectura en espacios no convencionales.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

¿Por qué es importante para una sociedad tener lectores activos? Así como la ciudadanía se afirma con el ejercicio de los derechos fundamentales y, en contrapartida, con el cumplimiento de los deberes ciudadanos, la condición de lector requiere que el Estado garantice el cumplimiento de los derechos culturales. Uno de ellos es el acceso al libro. Sin embargo, este derecho fundamental no está siendo atendido con prioridad. Es una deuda histórica en el país la falta de bibliotecas públicas. Y con ellas la oportunidad de un cambio en la sociedad. Y como consecuencia de ello, operar un cambio en la mentalidad de las personas, para combatir la ignorancia, desterrar el prejuicio, acabar con la mediocridad, ampliar el horizonte cultural, adquirir confianza y seguridad en nosotros mismos.

Todos sabemos que los índices de lectura en nuestro país son alarmantes. De acuerdo a una información de hace varios años, que posiblemente no haya variado demasiado, en el Perú se leía en promedio de 2 a 3 libros por año, mientras que en España eran 10 libros por año, una cifra todavía baja con relación a otros países europeos. Se advierte una problemática que no es de ahora, se remonta a mucho tiempo atrás, con el predominio de la cultura oral sobre la escrita, desde la época prehispánica. Sin embargo, para contrarrestar esa problemática, se han implementado desde el Estado una suerte de planes educativos orientados a promover el hábito de la lectura, como el conocido plan lector, partiendo de la base de que no hay hábito de lectura en nuestro país. De modo que la práctica de la lectura se ha convertido en los últimos tiempos en una obligación, en la que los propios lectores reconocen que no leen, pero saben que deberían de leer.

Esta situación ha conllevado a poner en práctica una serie de estrategias de lectura, a fin de “reconciliar” al lector con los libros, como bien precisa la antropóloga francesa Michèle Petit en su libro “Lecturas: del espacio íntimo al espacio público” (México: FCE, 2001).

A comienzos del presente siglo, en Francia, en opinión de Michèle Petit, se aprecia una falta de interés por la lectura de los libros; no obstante, que en Europa, con relación a América Latina, hay mejores índices de lectura. ¿Qué hizo posible la “epidemia lectora” en Europa durante el siglo XVIII? Esta pregunta cobra sentido si se compara la experiencia de aquella época con el presente en que se afirma, equivocadamente o no, que la imagen ha ganado al texto impreso. Es así que el escritor italiano Giovanni Sartori postuló la existencia del homo videns, para referirse a un nuevo tipo de conocimiento relacionado a las tecnologías de la información y la comunicación, por las cuales, el nativo del Internet reconoce a la herramienta tecnológica como su principal fuente de conocimiento, colocando al profesor de escuela en una situación difícil, frente al proceso de enseñanza-aprendizaje. Claro está que no se trata de competir con la tecnología, por el contrario, hay que convivir con ella, reconociendo ante todo su enorme potencialidad.

Y entonces la “epidemia lectora” del siglo XVIII fue la consecuencia de varios factores que hicieron posible el interés por la lectura. Sobre el particular, el historiador francés Roger Chartier estableció una diferencia entre la revolución del libro y la revolución de la lectura. En el primer caso, la imprenta hizo posible la mayor reproducción del libro, con largos tirajes, que solo en el siglo XVI llegaron a 20 millones de ejemplares en toda Europa. En el segundo caso, como sostiene Chartier en su libro “Las revoluciones de la cultura escrita” (Gedisa, 2000), era falso creer que, gracias a la imprenta, la lectura silenciosa sobrepasó a la lectura en voz alta. Ese paso ya se había producido entre los siglos VIII y XIII, a raíz del modelo escolástico que propuso una nueva dimensión del libro como instrumento. Ya, para entonces, se practicaba la lectura silenciosa de los ejemplares manuscritos, con fines de enseñanza superior.

Se dio la “epidemia lectora” por la profunda transformación de los periódicos; por el triunfo del formato pequeño de los libros (libro portátil), con un precio más económico; por la edición “pirata” de algunos libros; por la posibilidad de poder leerlos en las bibliotecas públicas y también en las sociedades de lectura.

Esta experiencia es reveladora del enorme interés por los libros, al punto de que leer se consideró un hábito peligroso, incluso para la salud. El hecho de permanecer inmóvil con el libro, leyéndolo en estado de máxima concentración, hizo pensar a los médicos de la época que no solo se atrofiaba el organismo por estar sentado largas horas frente al escritorio de trabajo, sino también se creía que alteraba la conciencia, poniendo en peligro la salud de la persona. Sin embargo, en opinión de Michèle Petit, también era un acto de resistencia contra la prohibición de leer. Se leía a escondidas, a media noche, en la soledad del gabinete de trabajo. Con el fin del antiguo régimen, la lectura se vuelve un acto más placentero. El lector es representado leyendo con más libertad en los espacios públicos. La iconografía de la época lo representa leyendo en el campo, por ejemplo. En cambio, hoy en día, se ha transitado de la resistencia a no leer a la obligatoriedad de la lectura. Cita, como ejemplo, las colecciones de literatura infantil, publicados con la finalidad de promover el hábito lector en los estudiantes. A propósito de lo cual, se pregunta la autora si no era contraproducente incentivar la lectura bajo mecanismos de control, que serían los planes de lectura en las escuelas, fijando metas anuales de lectura. Una vez más para complacer las estadísticas, en una sociedad que se preocupa más por la cantidad que por la calidad de contenidos.

Nosotros no estamos lejos de esa otra realidad, aquí también se han impreso colecciones de literatura infantil y juvenil, con el objetivo de promover la lectura entre los estudiantes. Suponemos que en estos últimos años se ha revertido el desinterés por los libros y la lectura. Me consta que en muchos colegios de la región se han leído ese tipo de colecciones, dentro del plan lector. Y que, sin duda, responde a una política pública trazada desde el Misterio de Educación. En mi opinión, es necesario el plan lector para acercar a los estudiantes a la literatura. El Gobierno Regional, con el apoyo de la empresa privada, cuando era presidente Juan Manuel Guillén Benavides, se publicaron dos colecciones muy valiosas por su contenido de literatura regional, que fueron distribuidos en las escuelas públicas de las ocho provincias de la región. Desde entonces no se ha visto una experiencia similar a nivel nacional, que se ocupe de la literatura regional en poesía, cuento y narrativa.

Ya que, hoy, hablamos de formación de lectores, es necesario destacar la publicación de ambas colecciones: biblioteca infantil y juvenil de Arequipa, por lo que representan para la iniciación de la lectura en los niños y jóvenes.

Justamente, Michèle Petit reconoce que en la actualidad la lectura es percibida como una necesidad, pero de una manera que más bien muestra cierto grado de impaciencia. Desde el discurso oficial, se afirma que los jóvenes no leen, que cada vez leen menos, ¿cómo hacer para que lean? Es otra pregunta que evidencia la angustia del Estado, en sus diversos niveles, por mejores los índices de comprensión lectora y fomentar el hábito de la lectura. Al respecto, se han diseñado diversas estrategias encaminadas a promover la lectura.

Según Michèle Petit, no hay que hacer demagogia con la lectura, se requiere adoptar acciones concretas, como el papel que cumpliría el “iniciador” de la lectura, recomendando buenos libros, una especie de mediador entre el libro y el lector. Tal vez ocurra de manera casual, valorando la importancia del libro en la formación de las personas, con las palabras precisas que sintonicen con los requerimientos del potencial lector. Como dice Petit, “(…) puede ser un bibliotecario o un trabajador social el que va a dar a otra persona la ocasión de tener un contacto directo con los libros y de manipularlos”. Y agrega: “Y también va a encontrar las palabras para legitimar el deseo de leer, e incluso para revelar ese deseo”.

En ese sentido, las lecturas compartidas es una estrategia para la formación de lectores, pensando en los más pequeños. La bibliotecaria francesa Geneviève Patte refiere en su libro “Déjenlos leer. Los niños y las bibliotecas” (México: FCE, 2008) que “el papel esencial de la biblioteca es poner al alcance de los niños todo el conocimiento posible y ayudarlos a que se apropien de él (…)”. De qué manera, por medio de las lecturas compartidas con los adultos. Al respecto, dice: “Las lecturas compartidas entre varios, gracias a los comentarios, a los intercambios, a las exclamaciones a que dan lugar, ponen de manifiesto los detalles compensadores del texto y de la imagen”. Quiere decir que los niños y los adultos comparten sus vivencias sobre el texto leído. Ninguno de los dos es un agente pasivo de la lectura; por el contrario, en ambos la recepción del contenido del libro produce cambios. En otras palabras, con la lectura compartida se motiva a los niños a leer. De esta manera, opera la formación de los pequeños lectores, que en compañía de jóvenes o adultos descubren el universo de los libros, viviendo juntos la experiencia de la lectura.

Es lo mismo que sostiene Michèle Petit cuando afirma que los iniciadores de libros acercan a los niños a los textos escritos, de un modo amigable, pacífico, tan solo de motivación, para que sea el mismo niño quien descubra la aventura del conocimiento, a partir de los libros.
Los iniciadores de libros tienen amplia vocación de servicio, promoviendo la lectura, pero también hay algo más de parte de ellos, como ha dicho Petit, al “transmitir sus pasiones, sus curiosidades, y cuestionar su profesión, y su propia relación con los libros, sin desconocer sus miedos”.

Sin caer en la obligatoriedad de la lectura, que puede producir un efecto pernicioso, se debe motivar a leer, formando a los lectores desde pequeños, en el entorno familiar, con los promotores de lectura en la biblioteca infantil, con los bibliotecarios en la biblioteca itinerante, y cualquier otra estrategia encaminada a sentar las bases sólidas para un desarrollo sostenible en el tiempo, en base a la persona humana.

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