La lectura cotidiana

La imprenta permitió la democratización del libro, pero también contribuyó a expandir la cultura impresa, a través del periódico y el libro de texto.
Por Mario Rommel Arce Espinoza
Uno de los hechos más trascendentes de la revolución francesa fue la aparición de la opinión pública. A través de los medios de comunicación escrito, se puso de manifiesto la opinión pública ilustrada de los redactores del periódico. En el editorial se expresó la opinión del medio, que también fue la expresión de un sector social.
Fue a través de la prensa escrita que se promovió el debate político, después de proclamadas las independencias en los países de la región. En el caso del Perú, Arequipa vivió un proceso de politización en las primeras décadas de vida republicana, como consecuencia de la cultura escrita, con la aparición de los primeros periódicos de circulación local. En ese sentido, la imprenta jugó un papel importante en la consolidación de la cultura escrita.
Según el abogado y sociólogo arequipeño Héctor Ballón Lozada, el primero que planteó la idea de contar con una imprenta en la ciudad fue Mariano de Rivero y Besoaín. En su propuesta, el diputado arequipeño a las Cortes de Cádiz sostuvo, en 1812, la necesidad de adquirir una imprenta para garantizar el progreso de la ciudad. En su libro “Sociología de los medios de comunicación en Arequipa” (2016), Ballón Lozada afirma que el prócer José María Corbacho fue el primero en introducir la imprenta en nuestra ciudad, que, a su vez, vendió al Ayuntamiento Constitucional, por cuyo intermedio entregó al impresor Jacinto Ibáñez.
La lectura cotidiana se produjo por medio de los textos impresos, como los periódicos que comenzaron a circular en Arequipa a partir de 1825. El primero de ellos se llamó “La primavera de Arequipa o mañanas de su independencia”, otro que le siguió fue “El Republicano”, desde 1825 hasta 1855. En el intermedio hubo otras publicaciones efímeras, eventuales, de corta existencia. Sin embargo, todas ellas contribuyeron al debate político, a la difusión de las ideas, y a orientar la opinión pública popular. A lo cual, agregaría que posibilitaron la formación de lectores, promoviendo el hábito de la lectura en el siglo XIX.
Así como la aparición de la imprenta en el siglo XV permitió la democratización del libro, y la consiguiente expansión del conocimiento impreso; la imprenta en nuestra ciudad hizo posible la instalación de la república de las letras, porque garantizó la circulación del libro, con la presencia de impresores, autores, librerías (“El Arca de Noé”, “Minerva”), una biblioteca pública (a partir de 1878) y lectores en proceso de formación. A partir de entonces, la prensa en el siglo XIX se acrecienta con publicaciones periódicas como “El Republicano” (periódico oficial), “La Bolsa” (1860 – 1915), “El Deber” (1890 – 1965) y “El Pueblo” (desde 1905), al igual que se publican revistas literarias en la segunda mitad del siglo XIX, como órganos de difusión del “Club Literario” y del “Centro Artístico”, entre otros. Se publicaron, igualmente, libros, folletos, devocionarios, almanaques, etc.
La relevancia de estos impresos, ha dicho Paula Alonso en el libro “Construcciones impresas” (Fondo de Cultura Económica de Argentina, 2003), no solo radicó en que contribuyeron a crear estados de opinión, sino que también hicieron posible reproducir y construir imágenes de la sociedad. Por su parte, el historiador William Acree, en su libro “La lectura cotidiana. Cultura impresa e identidad colectiva en el Río de La Plata, 1780 – 1910” (Buenos Aires: Prometeo Libros, 2013), propuso dos categorías instrumentales para comprender el enlace de lo impreso con la esfera pública y la política: cultura impresa y lectura cotidiana. En ambos casos, el periódico, para el gran público, y el libro de texto, para los escolares, fueron formas cotidianas de sociabilidad y aprendizaje.
La propia sociedad es una construcción imaginada por los autores y sus libros, para establecer peculiaridades que diferencian a una comunidad de otra. La república de las letras, por ejemplo, para el caso de Arequipa, comprendería los siglos XIX y XX. Este periodo abarcaría el estudio de la comunidad letrada de Arequipa, forjada en base a la introducción de la imprenta en la ciudad, que permitió la expansión de la cultura escrita en una sociedad en proceso de formación de lectores. En ese sentido, el periódico ayudó a la lectura cotidiana, haciendo posible compartir la noticia en las conversaciones de sobremesa, en las reuniones sociales y en cualquier otro espacio de socialización. Ese fue el caso de las sociedades literarias y la picantería. En ambos lugares se puso de manifiesto el intercambio de ideas. Más adelante, se sumaron también los cafés, otro mentidero donde se formó la opinión pública.
El reconocido sociólogo Benedict Anderson, en su libro “Comunidades imaginadas” (FCE, 1993), se ocupa del tema con enorme profundidad, para sostener que los miembros de una comunidad, sin conocerse entre ellos, se consideran parte de ella, porque comparten ideales comunes. En esa línea de pensamiento, Arequipa en el siglo XIX fue cuna de revoluciones. La comunidad imaginada de Arequipa, por obra de los autores, fue el caudillo colectivo, la ciudad de las barricadas, que al toque de campanas el poblador preguntaba por quién combatir, y que a diferencia de Lima, no cerraba las puertas de sus casas cuando se trataba de una rebelión cívica.
Este discurso histórico tiene como fuente impresa los periódicos, que exhiben las posturas políticas en conflicto, durante las primeras décadas de vida republicana. Así, por ejemplo, la “Gaceta del Gobierno” de Lima, en su edición del miércoles 15 de julio de 1835, refiriéndose a la intervención del ejército boliviana en el Perú, dijo: “La brusca invasión del general Santa Cruz a pretexto de evitar la anarquía, y restituir el imperio de la paz y de las leyes en el Perú, es el atentado más escandaloso que puede presentarse en la historia de América pues que él envuelve un ataque directo de todos los principios en que se apoya la existencia política nacional”. En contraposición, el periódico “El Yanacocha”, que en Arequipa editaba el Deán Juan Gualberto Valdivia, en su edición del sábado 20 de febrero de 1836, justificó el fusilamiento del general Felipe Santiago Salaverry, diciendo que “todo exigía un sacrificio doloroso pero inevitable”, para finalmente establecer la Confederación Perú-boliviana.
Un mismo hecho apreciado desde dos perspectivas diferentes. La versión del vencedor juzgaba como inevitable la muerte del general Salaverry, mientras que la causa nacionalista consideraba a Santa Cruz como un invasor.
El filósofo de la historia, Walter Benjamin, representante de la Escuela de Francfort, en una de sus tesis expuso la historia de los vencedores sobre los vencidos. En su opinión, la historia debe trascender a vencidos y vencedores. A propósito de lo cual, sostuvo que el hecho histórico del vencedor parece agotado en el tiempo, en cambio, para el vencido queda abierta la posibilidad de lo que pudo ser.
La lectura cotidiana del periódico contribuyó a la formación de lectores en Arequipa, una ciudad en acelerado proceso de politización en la primera mitad del siglo XIX, con una atingencia de los historiadores Henri-Jean Martin y Lucien Febvre, aplicable a nuestro caso. Ambos autores, citados por Benedict Anderson, sostuvieron que la imprenta se estableció en los Estados Unidos cuando los impresores encontraron una nueva fuente de ingreso: el periódico.
El impresor-periodista fue una figura clave en la sociabilidad de la noticia y la difusión de las ideas. Un ejemplo en Arequipa fue el impresor-periodista Francisco Ibáñez Delgado, propietario fundador del diario “La Bolsa” y también de la imprenta del mismo nombre, ubicada en la actual calle Rivero (antes Pumacahua y Guañamarca). En la imprenta de Ibáñez se publicaron varias obras fundacionales de la literatura arequipeña, con contenido histórico, como la novela “Jorge o el hijo del pueblo” de María Nieves y Bustamante, aparecida en dos tomos, en 1892.
Igualmente, las publicaciones que en aquella época salieron a la luz, por medio de la imprenta, contribuyeron a forjar la imagen del caudillo colectivo de Arequipa. Esta construcción del imaginario social, forjado a través de los libros, fue el hecho más significativo de este periodo de la república de las letras.
Otro factor importante en la lectura cotidiana fue el libro de texto para escolares. La intención del Estado, a fines del siglo XIX, era disponer de un texto que permita conocer los hechos históricos más importantes en la construcción del imaginario social, utilizando para ello el discurso histórico. Estos libros fueron ilustrados con imágenes, a fin de fortalecer los episodios históricos más relevantes, con el uso de un lenguaje visual, haciendo más fácil para el estudiante asimilar los conocimientos impartidos en el aula del saber.
Esta experiencia también se vivió en Argentina, a fines del siglo XIX. Lo propio ocurrió en el Perú, pero a comienzos del siglo XX. En el “Boletín de Instrucción Pública”, órgano del Ministerio del ramo, impreso en Lima, en setiembre de 1908, se publicó el artículo titulado “El niño necesita el libro” de María Teresa Carrillo, maestra normal en Argentina. Allí propuso que los niños de primer grado tuvieran un libro de enseñanza para reforzar los conocimientos adquiridos, cuando esté afuera del salón de clases. En las vacaciones, por ejemplo, el estudiante fiaba a su memoria lo aprendido durante el año escolar. En cambio, contando con el libro, el niño podría leer, releer y repasar los textos aprendidos con anterioridad.
Esta propuesta de lectura cotidiana, a través del libro de texto, no solo se proponía afianzar el conocimiento sino también reforzar la identidad colectiva de una sociedad imaginada por los autores y sus obras.
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