LA NOCHE QUE CONOCÍ A «PATATO»

Por Orlando Mazeyra G.
En el libro «Patato: el goleador humilde que miraba al frente», del periodista Jorge Malpartida Tabuchi, Eduardo «Patato» Márquez, quizá ganado por la nostalgia y anhelando volver a aquellos años de gloria futbolística, le pide a su interlocutor que le haga llegar un mensaje a los hinchas. ¿Qué nos pide? «Me gustaría que siempre que me vean por la calle me pasen la voz, que nunca me olviden, porque a veces sucede eso con los futbolistas, pasa el tiempo y ya nadie te conoce».
Y como el gran «Patato» desea que lo recuerden quiero evocar la primera vez que lo vi en vivo y en directo. No fue en un estadio, pues yo nací en 1980 cuando él ya se había retirado de Melgar para trabajar en una minera y así tener mejores ingresos.
Claro que yo lo conocía: lo había visto en las fotos, vetustos recortes de periódicos y a través de las redes sociales. Aquella noche que traigo a colación fue hermosa y —vaya coincidencia— el rival que vencimos es el mismo que tenemos hoy al frente: Universitario de Deportes.
Sábado 26 de setiembre del año 2015. Roberto Challe había tomado, una vez más, el mando del club crema que llegaba a Arequipa invicto y en alza —aunque inflado como siempre por los medios deportivos de Lima—, amenazando con aguarnos la fiesta del centenario. Melgar no había perdido ningún partido en Arequipa. Había ansiedad, quizá un poco de temor por parte del hincha, pues el título en los cien años del club no se nos podía ir de las manos. Y no se nos fue. Dimos un paso enorme ganando con goles de dos extranjeros que armaron una sociedad irrepetible: Omar Fernández Frasica y Bernardo Cuesta. Primero, anotó el colombiano; y luego el argentino. Los hinchas cremas habían armado pancartas para burlarse de Melgar por sus cien años, se creyeron ganadores sin jugar el partido y, para sorpresa de ellos, se fueron por las patas de los caballos.
Yo, aquella noche, salía eufórico del estadio de la UNSA y me moría de hambre. Quería comer cualquier cosa que se asemejara a una «gallina». Sí, una gallina. En la avenida Dolores pude por fin divisar una pollería. Ni bien puse un pie dentro del establecimiento, reconocí a «Patato» sonriendo a sus anchas. Al parecer él había decidido hacer lo mismo con su familia: comer un rico pollo a la brasa luego de ganarle con autoridad a Universitario.
Mi timidez casi me impide aproximarme. No quería importunarlo. Me acerqué a su mesa despacio y, haciendo acopio de valor, le hice la pregunta de rigor, por si acaso, pues uno nunca sabe:
—Usted es Patato, ¿no es cierto?
Uno de sus familiares, quizá un nieto o uno de sus hijos, me dijo orgulloso:
—Claro que sí, es Patato Márquez, ídolo del Melgar.
A él, esto que narro a vuelapluma, le debe de haber pasado incontables veces, tantas que quizá no se imagina el valor sentimental que tiene para un hincha rojinegro. Por eso todavía recuerdo mi emoción cuando le pedí permiso para sentarme en su mesa, apenas un instante, e inmortalizar aquel encuentro.
—¡Claro! —me dijo de buena gana y me senté a su lado.
Cuando uno de sus familiares estaba listo para fotografiarnos justo llegaron todas las piernas de pollo que habían pedido y a él se le ocurrió hacernos la instantánea con las piernas de pollo a la brasa:
«¡Qué buena foto! Creo que aquel fue el pollo a la brasa con sabor a gallina que más he disfrutado en toda mi vida».
—Hoy hemos comido gallina —me dijo y celebramos la ocurrencia.
¡Qué buena foto! Creo que aquel fue el pollo a la brasa con sabor a gallina que más que disfrutado en toda mi vida.
Toda esta historia gloriosa del club más importante del fútbol arequipeño no hubiera podido erigirse sin el concurso de aquel muchacho despabilado que primero fue alcanzabolas y luego se transformó en el ariete del equipo. Acá encuentro un notorio parecido con la biografía de otro deportista arequipeño de excepción: Alejandro Olmedo, el tenista arequipeño más grande la historia y el único peruano en ganar torneos de Grand Slam. Olmedo, al igual que Márquez, se inició como alcanzabolas: mirando, aprendiendo, escudriñando; es decir, anotando mentalmente para luego replicar y mejorar, pulir aquel juego que por entonces ejecutaban. Uno como alcanzabolas en el club Internacional; y otro como recogepelotas en el estadio Melgar.
Así fue germinando la carrera de Eduardo Márquez, a quien muchos recuerdan como un jugador renegón dentro del terreno de juego, pues no le gustaba perder (acá encuentro otra similitud: ¿qué delantero renegón tenemos al que nunca le gusta perder? Nuestro capitán, Bernardo Cuesta). Y es precisamente el capitán de aquellos años, Armando Palacios, quien recuerda a Patato como alguien con dos personalidades: una dentro del terreno de juego y otra, la contracara, fuera de él.
El propio Palacios hace una comparación que viene de perillas: Patato dentro de la cancha era un ganador nato con la actitud y el coraje de Cristiano Ronaldo. Sin embargo, cuando acababa el partido, él cambiaba el chip y se transformaba en un humilde mortal, una mansa paloma a la espera de un nuevo partido (un nuevo portero al cual había que batir).
La gente que ignora la biografía de Patato Márquez se sorprenderá cuando sepa que Melgar lo compró al club Estrella Mistiana a cambio de un juego de sillas y una mesa. Eran otros tiempos, se jugaba por amor a la camiseta. A propósito de esto, creo que vale la pena subrayar lo que mi maestro, Benigno Pérez Valverde (campeón nacional en 1981), confesó en una entrevista: él como profesor de educación física en el colegio La Salle ganaba más que como jugador de Melgar.
—¡Nosotros jugábamos por amor a Arequipa y a Melgar! —afirmaba orgulloso.
Con Patato ocurría lo mismo. Me dirán romántico, pero es preciso rescatar a la gente que ama a su tierra y antepone el cariño por los colores del club antes que el culto al dinero. Sobre todo sabiendo que muchos futbolistas de élite ganan cantidades de dinero que resultan «obscenas» en palabras de Marcelo Bielsa.
El recientemente desaparecido y eximio arequipeñista Juan Guillermo Carpio Muñoz sentenciaba que había tres formas formidables de arequipeñizar al foráneo y también de generar espíritu de pertenencia en el arequipeño. El historiador hablaba del FBC Melgar, de la picantería mistiana y de las famosas peleas de toros.
Como arequipeño inflo el pecho cuando veo al cerebral Joel Sánchez construir paredes o hacer centros precisos que se convierten en gol; y también cuando Paolo Fuentes, aguerrido defensor rojinegro, se barre y recupera el balón. ¡Son arequipeños! Tan arequipeños como Patato, aquel mítico goleador al que no vi ni siquiera por registro fílmico pero que enfrentó al considerado por muchos expertos en la materia el más grande portero de la historia del fútbol argentino: Amadeo Raúl Carrizo, quien no supo aceptar el gol que le marcó Patato y, a pesar de que los argentinos vencieron, arguyó que fue por el mal estado del campo de juego que no pudo dejar su valla invicta.
Mi padre y mi abuelo sí tuvieron el privilegio de disfrutarlo. Y siempre me narraban, quizá cayendo en el exceso, los golazos de Patato. Él mismo reconoce en las páginas del libro de Malpartida que exageran: «Cuando me narran mis goles, goles que ya no recuerdo, les pregunto si en verdad están hablando de mí». Y siempre estaremos hablando de él porque a través de Cuesta, Joel Sánchez o Paolo Fuentes su recuerdo y su legado permanecen más vivos que nunca. Pues, como reza el himno de Arequipa: siempre tendremos juventudes que renueven laureles de ayer.
Ojalá hoy nos encontremos de nuevo —en una pollería, en las tribunas del estadio, o donde el destino lo quiera —, don Eduardo. Eso sí, luego de aplaudir otra victoria de Melgar. Gracias por todo lo que le dio a esa camiseta rojinegra que lo hacía (y lo sigue haciendo) sentirse más orgulloso que el mismo Misti. Y gracias también a mi abuelo que, con esa vocación pedagógica que era congénita en él, le enseñó a mi padre que un arequipeño que se precie de serlo deberá amar los colores de Melgar. ¡La lección fue aprendida!
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