Arequipa

Leer y reflexionar

27 de octubre de 2019

Leer debe ser un acto de reflexión para crear un pensamiento propio, pero que siempre será tributario de los autores favoritos del lector.

Por: Mario Rommel Arce Espinoza

Mediodía de hoy sábado, sentado frente al computador, mientras observo la calle desde mi ubicación, sobrecogido pienso en la enorme potencialidad del Internet. Hace horas que estoy navegando por el Google y no termino de saciar mi curiosidad en la búsqueda de información. En este punto, recuerdo lo dicho por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788 – 1860) acerca del deseo de leer sin límites. Ese frenesí por la lectura tiene como justificación la necesidad de ampliar los conocimientos a través de los libros. El libro se convierte, así, en un aliado en nuestro proceso de formación. Sin embargo, en un ensayo de Schopenhauer titulado “Pensar por sí mismo”, sostiene que hay riesgos de ser un lector impenitente, porque pasamos a depender del pensamiento de otros autores, sin que haya la posibilidad de pensar por sí mismo.

El erudito es una persona que conoce mucho de muchos temas, es lo que coloquialmente se conoce como una biblioteca andante. Todos sabemos que no se trata solamente de saber mucho. Se requiere procesar ese conocimiento para discernir una opinión propia, un punto de vista personal que sea el resultado de intensas lecturas, pero también de un proceso de maduración de las ideas, hasta elaborar un pensamiento propio.
El acto de reflexión entraña un ejercicio de maduración de las ideas, luego de asimilar el conocimiento por medio de los libros, nos disponemos a pensar sobre aquello que hemos leído.

La reflexión propone hacer un análisis crítico de aquello que leemos para interpretar su contenido. O mejor dicho, leer con método. Habría que diferenciar entre la captura de datos y otro ejercicio más ambicioso y productivo, que sería plantear el contexto textual del libro. Esto quiere decir, reconocer el universo mental en que fue concebida y producida la obra. Esto es muy importante para comprender los alcances de la publicación.

La lectura del tiempo se hace también a través de los libros; por medio de ellos se puede tener una aproximación a la mentalidad de una época. Este período de tiempo, generalmente es acotado por un acontecimiento político o militar. Sin embargo, lo cronológico es solo referencial para precisar momentos relevantes en la historia. No implica necesariamente que a partir de un año determinado por un acontecimiento histórico se hayan producido cambios integrales. En mi opinión, es una falsa lectura del tiempo histórico. Se requiere la concurrencia de otros elementos, como el factor libro, por ejemplo, para contextualizarlo.

La historia de las mentalidades es una corriente historiográfica que estudia las ideas predominantes en un tiempo determinado. También es la forma en que una sociedad piensa el tiempo. Uno de sus cultores fue el historiador francés George Duby (1919 – 1996). En su libro “El caballero, la mujer y el cura” (Taurus 2013) reconstruye la mentalidad del período medieval o llamado también de la cristiandad, para entender sobre qué bases ideológicas o de pensamiento se justificó la existencia del matrimonio religioso. Otro notable historiador francés Georges Lefebvre (1874 – 1959) en su estudio sobre la Revolución francesa se ocupó del miedo como un sentimiento colectivo que aterrorizó a la sociedad francesa de ese tiempo, pero también cundió un sentimiento de esperanza por el éxito de un movimiento social, que a pesar de ser revolucionario, con una determinada dosis de idealismo, también tuvo muestras de realismo. Como, por ejemplo, no atentar contra la propiedad privada o tampoco desconocer el sentimiento religioso del pueblo francés.

Al margen de estas disquisiciones sobre el contexto del libro, una preocupación recurrente de filósofos y escritores ha sido la práctica de la lectura. El teólogo y filósofo español Jaime Balmes (1810 – 1848), en su “Curso de Filosofía Elemental” (París 1848), aconsejaba leer lo necesario. Según él, no era recomendable leer mucho, proponía en cambio calidad de lectura. Solo que en su caso había un prejuicio, consistente en desestimar los libros que se desviaban de la recta moral. Hay, entonces, una limitación a la lectura por razones ideológicas y morales, que era la mentalidad propia de aquella época. Y en épocas posteriores también, ya sea por razones ideológicas y religiosas. Todavía recuerdo, como testimonio de la mentalidad de una época, que en mi entorno familiar estaba prohibido leer libros comunistas.

En los años setenta del siglo XX, y como consecuencia de la llamada guerra fría que polarizó al mundo en dos tendencias ideológicas (liberalismo y socialismo/comunismo), se creía en el imaginario social que el comunismo era una amenaza para el país. Los libros marxistas eran trapo rojo, estaban estigmatizados como perniciosos. Se mencionaba que esas ideas iban en contra de la propiedad privada. Y que más bien proponían la propiedad comunitaria.

A modo de digresión anotaré que la propiedad privada ha sido un tema de máximo interés por los especialistas en derecho, filósofos, políticos y escritores. Y también una preocupación constante de los gobiernos no alineados a las ideas estatistas. Desde el escritor y filósofo inglés Jeremías Bentham (1748 – 1832), en sus “Tratados de legislación civil y penal” (Burdeos 1829, tomo 2), se postuló la idea de la propiedad como derecho positivo, es decir, que la existencia de la propiedad era obra de la ley. Por lo tanto, no era un derecho natural, como postulaban otras corrientes de opinión. Esta afirmación era contraria a la propiedad como derecho natural. Según la cual, la ley no había creado la propiedad, que ya existía desde los primeros tiempos, cuando el hombre se apropia de las cosas por ocupación, y por otros modos de adquisición de dominio.

Este debate sobre si la propiedad era creación de la ley o de derecho natural, preexistente a la ley, ocupó la atención de los especialistas en el siglo XIX. Así, por ejemplo, el historiador y político francés Luis Adolfo Thiers (1797 – 1877) en su libro “De la propiedad” (traducida al castellano por C. Fernández, publicado en Madrid en 1848), sostuvo que el trabajo era el fundamento de la propiedad. En el siglo XX, frente a la amenaza comunista en la sociedad peruana, el arzobispo de Arequipa, Leonardo José Rodríguez Ballón, publicó una “Carta Pastoral” (1961), con motivo de la segunda semana social del Perú, bajo el título “El Derecho de Propiedad”, donde afirmó que “la propiedad privada es querida por Dios”. Y así lo sostuvo “ante la descarada acción proselitista del comunismo ateo”. No es casualidad que por esos años se creara en Arequipa la Universidad Católica de Santa María, como una alternativa a la Universidad de San Agustín, que por entonces estaba politizada, y donde también predominaban las ideas comunistas en la comunidad universitaria.

Volviendo a lo nuestro, parece ser que en los tiempos que vivimos no hay espacio para la reflexión. El acelerado ritmo de vida de hoy, deja poco tiempo para pensar en las cosas trascendentes. Lo vertiginoso del tiempo aleja a las personas de las cosas realmente importantes. Leer es una buena práctica, para ampliar el horizonte cultural y potenciar a las personas, brindándoles confianza en sí mismas.

Si bien Schopenhauer afirmó que leer por leer era una práctica poco productiva, si no iba acompañada de la reflexión de lo leído, es cierto también que leer requiere poner en práctica una serie de técnicas para hacerla más provechosa, como hacer anotaciones marginales en el libro propio, o también elaborar fichas con información mínima, pero relevante del tema tratado. Es una manera de organizar la información de los libros consultados y procesar los conocimientos adquiridos, para pasar de la condición de lector a la de autor.

Schopenhauer tiene razón cuando sostiene que debe haber espacio para la reflexión, y así poder forjar nuestro propio pensamiento. “Es preciso (decía) no leer demasiado, a fin de que el espíritu no se habitúe al sucedáneo, y no deje la cosa misma, es decir, a fin de que no se acostumbre a los senderos ya hechos, y que la frecuencia de un pensamiento extraño no le aleje del suyo”. Pese a lo dicho, soy de opinión que la lectura no tiene límites, ni menos el acceso a la información, hoy en día por medios físicos y virtuales, como yo y muchas personas que navegan por la Internet, tenemos la posibilidad de leer libros digitalizados, artículos validados, videos de contenido educativo y cultural. Aquí opera una discriminación de la información en sentido positivo, para seleccionar los textos que sean de nuestro interés.

Asimismo, creo que el pensamiento no necesariamente es un sucedáneo del conocimiento contenido en los libros. Es, más bien, una consecuencia del proceso constructivo del conocimiento. El lector debe forjar su propio pensamiento, teniendo como base inevitablemente a los autores que ha leído a lo largo de su vida. El lector entrenado está preparado, si fuera necesario, para tomar distancia de los autores que ha leído, en la medida que extrapola el conocimiento de los autores y los suyos, creando un nuevo conocimiento.

En la originalidad y la innovación está la diferencia de cualquier emprendimiento académico, pero cualquier obra siempre será tributaria de los autores favoritos del lector.

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