Los que no envejecen en el trabajo

Por: Edith Choque Sandoval, gerente general de Pro Avance.
Hay una palabra en inglés que no termina de encontrar su equivalente en español: perennial. En botánica, describe a las plantas que no mueren con el invierno, que vuelven cada temporada sin necesidad de resembrarse. En el mundo laboral, describe algo que estamos viendo crecer en nuestra región sin haberle puesto todavía un nombre preciso. No hablo de edad, sino de la actitud ante lo que cambia.
Durante años, el debate sobre talento en las empresas quedó atrapado en una guerra de etiquetas: “millennials” contra “boomers”, nativos digitales contra los que «todavía imprimen los correos». Es una discusión que entretiene, pero no sirve. Lo que sí importa, y lo que las organizaciones empiezan a entender a golpe de realidad, es algo más simple y más difícil a la vez: la disposición genuina a aprender cuando ya tienes algo que perder.
Eso es lo que hace difícil ser un perennial. No es la curiosidad del que empieza, que no tiene mucho que defender. Es la curiosidad del que lleva quince años haciendo algo bien y aun así pregunta si hay una forma mejor de hacerlo.
Los datos acompañan esta intuición. El Foro Económico Mundial estima que para este año el 42 % de las competencias laborales básicas habrán rotado. El INEI reportó en 2025 que la participación de trabajadores mayores de 45 años en servicios tecnológicos en el sur urbano creció 15 % respecto al quinquenio anterior. Eso no es una estadística menor: desmonta el prejuicio de que la tecnología pertenece a los jóvenes y el juicio a los mayores. Los mejores equipos, según Deloitte Perú, combinan ambas cosas y son 30 % más innovadores que los que no lo hacen.
Pero más allá de los porcentajes, lo que me parece interesante es el cambio de conversación que esto exige dentro de las empresas. La pregunta ya no es cuántos años tiene alguien, sino qué tan rápido aprende y qué tan dispuesto está a enseñar lo que sabe. Son dos movimientos distintos y los dos son necesarios.
Para los que gestionan equipos hoy, la tarea concreta es esta: revisar si su organización premia la experiencia que se actualiza o solo la que se acumula. Hay una diferencia enorme entre alguien que tiene veinte años de experiencia y alguien que tiene un año de experiencia repetido veinte veces. El primero es un activo que crece. El segundo es un riesgo que se vuelve invisible.
Arequipa tiene una economía que creció empujada por sectores que exigen precisamente esa combinación: criterio para lo complejo y agilidad para lo nuevo. Ignorar el talento por un prejuicio de edad es un lujo que ya no nos podemos permitir.
El futuro no le pertenece a ninguna generación en particular. Le pertenece a quienes, sin importar cuándo nacieron, siguen teniendo hambre de lo que viene.
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