Los santos inquilinos
13 de agosto de 2017

Entre tinajas y alambiques yacían abandonados cuales mudos testigos de años de historia, júbilos y desgracias de un valle pujante ubicado en el desierto arequipeño. Los inquilinos inesperados llegaron a Vítor siglos antes de los actuales propietarios, asentándose en las haciendas vitivinícolas para fortalecer la religión católica.
Por: Mariela Zuni M.
Ataviados con sus elegantes trajes de terciopelo, seda y encajes, arribaron a nuestro país provenientes de Europa. Cruzaron el mar al interior de celdas de madera recubiertos con sumo cuidado. A diferencia de los esclavos llegados agonizantes en las galeras de los barcos españoles, estos personajes eran objetos de devoción y preservarlos intactos era vital para el propósito de los colonizadores.
La corona española consideró urgente la evangelización de los indígenas peruanos, no únicamente por la salvación de las almas, sino también con el hecho de que los convertidos podían tributar como súbditos de España. Durante el siglo XVI se logró bautizar a gran parte de los nativos de la costa y de la sierra peruana, y para facilitar su evangelización se recurrió a las representaciones de Cristo y la Virgen.
En los escritos de Ricardo Palma contenidos en sus Tradiciones Peruanas, se da cuenta de la llegada de varios bustos o efigies de santos al valle de Vítor. “Entonces los arrieros a lomo de mula trasladaban los cajones en que iban las imágenes, escapándose un animal que fue a dar con la carga en el puerta del templo de San Francisco de Arequipa. Los frailes abrieron por curiosidad el cajón y quedaron maravillados al encontrar a un San Francisco primorosamente tallado, y como carecían de imagen del patrón decidieron quedarse con él”, aunque su destino era Cusco.
Iniciada la colonia los valles fueron parte de las primeras instalaciones de vid a fin de producir vino para el consumo diario de los españoles, y era infaltable en la celebración de la misa. La aclimatación de la vid en Vítor hizo su producción abundante, convirtiéndose en un lugar estratégico para los españoles.
De acuerdo a los documentos históricos, en 1565, se creó el corregimiento de Vítor. Tenía en servicio 11 curas, nueve frailes y dos clérigos, reseña el libro «Vítor: viñas y bodegas» de la escritora Luz Vilca Mamani.
Cuatro frailes de la orden de Santo Domingo de Guzmán se encargaban de la evangelización y adoctrinamiento de los naturales de la Chimba (Cayma, Yanahuara y Antiquilla), Paucarpata, Chiguata y Tiabaya.
Un fraile mercedario de las haciendas del valle de Vítor, otro en el pueblo de Chule y el valle de Tambo, además de tener el control del valle de Ilo del corregimiento de Arica. Otro clérigo mercedario para Characato y un franciscano en Pocsi y Mollebaya.
El vino y la religión estuvieron siempre relacionados, incluso las tinajas que se elaboraban en Vítor llevaban los nombres de santos (San Agustín, San Cristóbal o San Gabriel), inscritos con el año y los sellos de las familias que los mandaban a hacer.
Denis Pinto, propietario de la Bodega Vieja, cuenta que el valle de Vítor fue prácticamente tomado por los sacerdotes jesuitas. Ellos hacían la producción de vino y utilizaban a los artesanos nativos para que elaboren las tinajas, pero estas eran de poca capacidad.
A mediados del siglo XVI la producción de la uva creció y se pidió a la corona española enviar un experto alfarero. Es así que Pedro Sánchez Albo fue delegado para enseñar la elaboración de las tinajas, incluso se dice que la más antigua, que data de 1550, salió de Vítor y hoy se encuentra en La Recoleta.
Sánchez tuvo como primer discípulo a Mateo Atiquipa y después más artesanos se volvieron expertos en la fabricación de las tinajas de hasta 3 mil litros de vino, una de estas se encuentra intacta en Bodega Vieja.
Con la erupción del volcán Huaynaputina en 1600, todo se sumió en las tinieblas por la caída de las cenizas, paralizando la producción de vino por dos años. Es así que los españoles buscan nuevos horizontes y llegan a Ica, donde el vino se preservaba en botijas instaladas bajo tierra.
El vino y el aguardiente también abastecían a Cusco y era exportado a las minas del altiplano en Postosí. Incluso las tazmías refieren que el brandy arequipeño, producido en los alambiques de cobre, se comercializó en Ica, licor que ahora se conoce como pisco.
Las bodegas de Vítor fueron destruidas por el terremoto del 13 de agosto de 1868, cuyo epicentro fue las costas de Arica, uno de los más fuertes que han abatido a la ciudad de Arequipa en toda su historia.
Muchas de las tinajas de barro cocido se destruyeron, otros hacendados decidieron abandonar sus tierras, por los que las bodegas fueron también saqueadas o vendidas a nuevos propietarios.
Igual que las vasijas las imágenes de los santos que protegían las bodegas quedaron abandonadas entre las ruinas. Tal es así que hace más de 40 años don Santiago Chura compró una chacra en el sector de Huachipa, grande fue su sorpresa al encontrar en un cuartito derruido un Santo Sepulcro intacto, junto a la Virgen Dolorosa.
El Cristo Yacente está colocado en una urna de vidrio acolchada con cojines de seda blanca. La actual propietaria, Catalina Ayala viuda de Chura, conserva la efigie en una pequeña capilla, donde también han sido dejadas por vecinos otras vírgenes y santos que llevan aun sus ropas de terciopelo y encajes.
Silveria Quispe de Cornejo enciende una vela por cada santito, «son milagrosos», dice. Como fiel devota reza por la salud de su familia y prosperidad de las tierras que le dan de comer.
Por su parte, don Jaime Valencia de la bodega El Socabón, manifiesta que al adquirir la propiedad, su padre Agapito Valencia encontró la imagen de una Virgen joven, que cargaba en la mano izquierda a un niño, mientras que la otra palma la tenía abierta. Dicha estatuilla fue trasladada a Arequipa para su refacción.
También, entre los cultivos de Vítor se aprecia una enorme bodega en ruinas, la cual perteneció a los padres jesuitas, religiosos inquilinos que tras el terremoto abandonaron dichas tierras. Las tinajas están expuestas a la intemperie al igual que las construcciones de sillar, piedras y barro derruidas.
Esta es solo una parte de la riqueza de un valle que surge en la unión de los ríos Yura y Chili. Con la mezcla de culturas florece como la vid y el aguardiente arequipeño, esencia de una tierra pujante que se levantó de las ruinas con el impulso de las familias que hoy se empecinan en mantener su historia y costumbres vivas.
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