Mejor tener un ingreso a no tener nada

Por Carlos J. Ylla Quenaya
Escribo desde el cansancio y la impotencia. Mi vista se degrada frente al brillo de una pantalla. ¿Cómo podría saber que en mi primer año como profesor no vería a mis estudiantes? Acepté el empleo por querer experimentar el difícil rol del educador dentro de una escuela convencional, ya que hasta ese momento había enseñado en proyectos de educación barrial que manejan una dinámica distinta. Mi trabajo sería con los dos últimos grados de primaria y toda secundaria. Me prometieron un contrato que hasta ahora no firmo y creo que será así por mucho, pero hubo un acuerdo verbal sobre mi estipendio, acuerdo que se modificó más adelante por la crisis.
Asistí dos días al colegio, me presenté a mis estudiantes y noté rápidamente que la institución era pequeña. La secundaria no se divide en 5 grados sino en 3 niveles, esto debido a la poca cantidad del alumnado y los salones aún no se encontraban en condiciones para empezar las labores, por lo que nos pidieron que ayudemos a trasladar carpetas y algunos materiales para habilitar las clases.
La noticia del virus nos tomó de sorpresa, se cancelaron las labores a nivel nacional y lo que iba a ser mi primera experiencia en las aulas se suspendería por el momento. La preocupación en el rostro de mis colegas era contagiosa, atiné a mostrarme empático, a pesar que no sentía lo mismo. En sus rostros veía padres y madres de familia dependientes del sueldo del colegio, que quizá verían en esta decisión el inicio de un escenario extremadamente difícil.
Regresé a casa con una sonrisa en el rostro, sobre todo por la anécdota y lo risible de mi mala suerte. Fueron pasando las semanas, sin un contrato, sin una llamada, me consideraba casi un desempleado hasta que decidí tomar la iniciativa. Llamé a la directora y me comentó que por lo pronto enviaríamos sesiones sencillas a los estudiantes hasta que haya una normativa para los particulares. “Somos un colegio pequeño, estoy intentando no perder a ningún padre de familia, pero no quieren pagar las pensiones” dijo ella. Escuché y entendí. Es cierto, sabía por comentarios en casa y en mi entorno más cercano que muchos padres y madres no estarían dispuestos a pagar una pensión por un servicio que “no equivale a las clases presenciales”.
Después de un mes tuve que recoger material. Hasta ese momento enviaba sesiones basadas en mi propuesta educativa, pero el gobierno inició oficialmente las clases virtuales y de ahora en adelante debería ajustarme al currículo escolar.
Fui al colegio y conversé con la directora, a quien no veía desde hace un mes aproximadamente. Me entregó el material y conversamos sobre mi sueldo. Como lo esperaba, ofrecía pagarme menos de la mitad de lo acordado en el último apretón de manos. Entre las razones estaba la reducción de la mensualidad a la mitad y el traslado de varios estudiantes a colegios nacionales. Insistí en recibir por lo menos el 50% del sueldo establecido antes de empezar el año escolar. Accedió. “Mejor tener un ingreso a no tener nada” pensé. Posteriormente, me ofreció enseñar un curso más, ya que el otro profesor no estaría dispuesto a cobrar tan poco por su trabajo. Acepté, bajo la misma premisa.
Me despedí de ella y caminé rumbo a casa. En el camino me di cuenta que enseñaría dos cursos subdivididos en tres cada uno por la mitad de un sueldo mínimo. Sin duda, soy un pésimo negociador. No me quejo y me repito a mí mismo “mejor tener un ingreso a no tener nada”.
Ahora doy clases dos veces a la semana según el horario, sin embargo, preparar cada una de las sesiones, corregir, evaluar y acompañar a cada estudiante en las dudas que tengan, ocupa casi toda mi semana. El colegio no tiene plataforma virtual, así que trabajamos mediante guasap, mi celular no deja de sonar. Entiendo que la realidad de cada estudiante es distinta, por ello, a algunos les resulta menos sufrible la educación virtual, ya que papá, mamá o algún miembro de la familia, se da el tiempo de acompañar su aprendizaje; mientras otros no tienen la misma suerte.
Cuando empezó la cuarentena tenía un horario de escritura, lecturas y cursos que avanzar para aprovechar el confinamiento; me estaba yendo bastante bien. Hoy, me es imposible, el trabajo ocupa la mayor parte de mi día. Hace unas semanas mi celular se malogró, dejó de prender y con el sueldo que percibo no podía comprarme otro. Los reclamos de los papás y mamás por no responder sus dudas no se hicieron esperar. Por fortuna conseguí uno a préstamo.
La semana pasada, recién conocí a todos mis estudiantes, tuvimos exposición y tuve que hacer videollamada con ellos, como solo algunos tienen computadora lo más accesible era utilizar el guasap. Recuerdo que estuve desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde sentado frente al celular, satisfactorio por ver su esfuerzo, pero extenuante también.
Tuve casos distintos, les cuento dos. Una adolescente de segundo de secundaria no pudo conectarse, la cuarentena la atrapó en Cajamarca y no tenía como hacerlo, pero ese no era el principal problema. Ella escucha a través de un implante coclear y lamentablemente su batería se terminó. Su papá ha hecho el pedido a Estados Unidos ya que en nuestro país se agotaron, no obstante, por el cierre de fronteras aún no se la envían.
Tengo a otros estudiantes que son hermanos y están en el campo, debido a que sus padres fueron despedidos de sus empleos en la ciudad, no les funciona el internet y no tienen material para estudiar. He optado por pedirles videos de resúmenes de lo que entienden del material que envío, junto a dudas que se les presenten.
Sumado a todo esto, el último jueves el internet dejó de funcionar en mi casa, Movistar aún no viene a solucionar el problema y no tengo como conectarme. Desde hace un año vivo con mi padre, no pago por comida, alquiler ni tampoco el internet, por eso el poco dinero que recibo me alcanza para hacer pagos relacionados a la universidad y apoyar un poco a mi familia. Si esta pandemia se hubiera presentado hace un par de años, estoy seguro que no me alcanzaría. Con solo pagar el alquiler se esfumaría mi sueldo. Estoy en una posición “cómoda” de alguna u otra forma. No pretendo que se tome este testimonio como un mero desahogo del autor, este es la muestra de lo complicado que es afrontar esta situación siendo docente, porque estoy seguro que tengo a más de un colega atravesando circunstancias muy parecidas e incluso peores, pero ellos y ellas no tienen el espacio para poder divulgar su sentir.
Enseñar virtualmente no es lo mismo que hacerlo a nivel presencial, eso ténganlo por seguro, pero permítanme decir que este tipo de enseñanza no es para nada ligera. Me tiene frente a la computadora más de lo que es saludable. Me duelen los ojos, si un archivo no se manda, viene el estrés, hay que esperar hasta que se envíe para recién descansar y automáticamente aparecen mensajes de padres, madres y adolescentes que tienen dudas o reclamos. A eso hay que añadir la poca preparación del MINEDU para enfrentar esta pandemia. Se apegó a la consigna de la mayoría de sectores: “la crisis la pagan los más vulnerables”.
Bueno, aquí seguimos, sin internet, sin dormir y con un sueldo mísero. Lo que se vive es excepcional de eso no hay duda, pero con un sistema educativo poco interesado en la misma educación y sus protagonistas, esto se hace cada día más difícil.
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