Arequipa

Mujeres lectoras en el siglo XIX

7 de julio de 2019

Las mujeres lectoras fueron consideradas peligrosas en el siglo XIX. Se sospechaba de la bulimia intelectual de las mujeres, y se creía que las novelas atentaban contra la conservación del hogar.

Por Mario Rommel Arce Espinoza

Tiene razón el filósofo francés Paul Ricoeur cuando afirma que a la historia se le complica la partida por el predominio de la memoria en la representación del pasado. Quiere decir que el imaginario social tiene una idea formada de la historia con relación a hechos y personajes. Y en estas apreciaciones, hay mucho de subjetividad y carga emocional, como también de prejuicio ante determinados hechos históricos, que generalmente llevan a realizar valoraciones apresuradas y adelantar juicios de opinión. Y si bien no necesariamente responden a la verdad posible; sin embargo, pesan más en el inconsciente colectivo de las personas que el trabajo de difusión histórica desde la academia.

Se cree, por ejemplo, equivocadamente, que el rol de la mujer en la historia estuvo limitado únicamente a las actividades domésticas. La historia de género en los últimos tiempos ha merecido estudios especializados, recuperando la memoria y el papel que jugó la mujer en la economía, la política y en la literatura. Así, por ejemplo, Roger Chartier se ocupa de la relación de la mujer y la lectura. El historiador francés sostuvo en la conferencia titulada: “Escuchar a los muertos con los ojos”, dictada en el Colegio de Francia en el 2007, que la aparición del códice en la Edad Media trajo consigo cambios en las prácticas culturales relacionadas a la lectura del libro.

Según Chartier, una de esas conquistas fue la lectura silenciosa. El libro que era objeto de lujo pasó a ser un instrumento para el estudio en las universidades. En el siglo de las luces, el códice creó las condiciones para el fenómeno de la “epidemia lectora” en Alemania y Francia. Y en el siglo XIX, como consecuencia de la mayor circulación del libro, aparecieron nuevos lectores, como los artesanos, los obreros, los campesinos, las mujeres y los niños.

Se sabe que, en los siglos XVII y XVIII, en la alta sociedad europea, hubo mujeres ilustradas que incursionaron en la actividad literaria. Tal fue el caso de Anne-Louise Germaine Necker (París, 1766 – 1817), más conocida como madame de Staël, por su primer esposo, Eric Magnus, barón de Staël-Holstein. Desde niña participó en el salón literario de su madre, codeándose con lo más selecto de la política y la filosofía en Europa. También participó en política, al punto de ser declarada enemiga de Napoleón, siendo exiliada por el emperador francés. A su salón invitaba a las mentes más brillantes de su época. Allí se incubaron las nuevas ideas del sistema político francés. Sin duda, fue un espacio importante en el proceso revolucionario.

Madame de Staël escribió un libro fundacional para la historia de la literatura europea en el siglo XIX, publicado en francés, en 1800, bajo el título “De la literatura, considerada en sus relaciones con las instituciones sociales”. Hay una edición traducida al castellano, publicada en París, en 1829.

Esta obra es considerada como el primer ensayo que describe el panorama intelectual de la Europa Moderna. Es un estudio comparado de la literatura occidental. Casualmente, publicado en 1800, en el paso del siglo de las luces al romanticismo. Pero lo más significativo fue que la autora propuso, como tema de estudio, que el escritor y su obra deben comprenderse en su situación histórica.

En la introducción, la autora planteó el propósito de su estudio: “Hay en lengua francesa tratados sobre el arte y de escribir y sobre los principios del gusto que no dejan nada que desear, pero me parece que no se han analizado suficientemente las causas morales y políticas que modifican el espíritu de la literatura”.

El ensayo de madame de Staël analiza el aporte de la literatura italiana, francesa y alemana a través del tiempo, llegando a la siguiente conclusión: “La única superioridad de los escritores de los últimos siglos sobre los antiguos, en las obras de imaginación, es el talento de expresar una sensibilidad más delicada, de variar las situaciones y genios con el conocimiento del corazón humano”.

Esta obra intelectual pone en evidencia el alto nivel cultural de algunas mujeres en la época de la ilustración francesa. El caso de madame de Staël no fue la excepción. Hubo un fuerte movimiento intelectual de mujeres lectoras que en el siglo XIX generaron la preocupación de ciertos sectores sociales. Cuenta la historiadora francesa Michelle Perrot en su libro “Historia de las alcobas” (México: FCE, 2011) que la bulimia intelectual de las mujeres fue vista con extrema preocupación por clérigos y moralistas que no concebían el entusiasmo de las mujeres por los libros, sobre todo de literatura. Así lo dijo: “(…) temían los efectos de las novelas en su empleo del tiempo, en sus nervios y en su imaginación”. En ese tiempo se creía que las novelas ejercían una influencia negativa en las mujeres. En general, por un sector de la sociedad, las novelas fueron objeto de cuestionamiento.

Como ejemplo de investigación citaré a Bernardo Subercaseaux en su “Historia del libro en Chile” (Editorial Andrés Bello, 1993). Allí menciona que el gran pedagogo argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811 – 1888) defendió con entereza la novela-folletín, que se publicaba por entregas en los periódicos de Chile a mediados del siglo XIX. Algunos sectores de la sociedad chilena de aquel tiempo, pensaban que la novela era un género peligroso para la conservación del hogar. Sobre el tema, Sarmiento citaba algunos lugares comunes: “las novelas corrompen las costumbres y exaltan las pasiones”.

Contra ese pensamiento conservador y ultramontano, incluso proveniente de algunos sectores laicos, Sarmiento opuso la idea de que los libros de literatura cumplían una función civilizadora. Gracias a Alejandro Dumas, Honorato de Balzac y muchos autores más, se había promovido la lectura en América del Sur. “Yo, en cambio, decía Sarmiento, absuelvo de toda culpa (a las novelas) hasta a las malas pues ellas nos han enseñado a leer y han sido, en consecuencia útiles y serviciales al cultivo de la inteligencia”.

Como afirma Bernardo Subercaseaux, “en Sarmiento priman las consideraciones prácticas sobre las ideológicas o morales”. En esta materia, en particular, el pensamiento de Sarmiento estuvo a contracorriente de su tiempo. De hecho, el también escritor argentino estableció una diferencia entre el libro-entretención y el libro de carácter formativo (“útil o moral”). En ambos casos, Sarmiento siguió creyendo que el libro había contribuido a fortalecer el hábito de la lectura. De esta manera, Sarmiento atribuyó al libro una función especial en la formación de las personas. Sobre todo, en una realidad, como la latinoamericana del siglo XIX, en que la lectura continuaba siendo un privilegio de pocas personas, a pesar de la democratización del libro desde la invención de la imprenta en el siglo XV.

Al respecto, mencionaremos que la difusión del libro, por la mayor cantidad de ejemplares producidos, permitió el nacimiento del autor como tal, que antes del siglo XV vivió del mecenazgo, y que a partir de entonces cobró auge el derecho de autor sobre sus obras. Ese fue el caso de Alejandro Dumas, autor de “El Conde de Montecristo”, novela con la que ganó mucho dinero. Se afirma que compró una casa de campo cerca de París. Como autor de otra novela igualmente célebre: “Los tres mosqueteros”, se hizo de un gran prestigio que halagaba la vanidad del escritor. Su biógrafo, Henri Troyat, cuenta que Dumas fue acusado de crear una fábrica de novelas, conocida por sus críticos, como la Casa Dumas y Cía.

Como ya se dijo, fueron estas obras y autores los que enseñaron a leer a muchas personas en el siglo XIX, que a su vez dieron origen a una nueva generación de escritores y escritoras, tanto en Europa como en América Latina. Solo como ejemplo citaré a las escritoras peruanas Mercedes Cabello de Carbonera, Clorinda Matto de Turner y María Nieves y Bustamante.
Como sostiene Francesca Denegri en su libro “El abanico y la cigarrera: la primera generación de mujeres ilustradas en el Perú 1860-1895” (Lima: IEP, 2004), las escritoras peruanas de la segunda mitad del siglo XIX formaron un grupo de “literatas” que afianzaron la “feminización” de la literatura peruana decimonónica.

Una gran lectora, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, fue la novelista, periodista, guionista, libretista y artista de revistas y cabaré francesa Sidonie-Gabrielle Colette (1873 – 1954). Sus autores favoritos en lengua francesa, releídos una y otra vez, eran Balzac y sobre todo Marcel Proust. Leía con tanto afán que requería de espacios diferentes, dependiendo de la naturaleza del libro. Refiriéndose a ella, Michelle Perrot señala que de niña se deleitaba leyendo “Los miserables”. A lo cual agrega el escritor argentino Alberto Manguel en su libro “Una historia de la lectura” (Almadía 2011), que para Colette el dormitorio era el mejor lugar para leer a Víctor Hugo. Y agrega que si quería leer la “Historia de Francia” de Jules Michelet, buscaba comodidad en el sillón de su padre.

Leer y escribir no fue una práctica ajena a las mujeres que sobresalieron en poesía y literatura, el propio epistolario dio cuenta de ello. Es otra fuente que en los últimos tiempos está siendo bastante valorada en la historia de las mentalidades.

 

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