Recuerdos de José Ruiz Rosas

El homenaje póstumo al poeta José Ruiz Rosas
Por: Willard Díaz
UNO
Era muy joven, nada más sabía de la vida, sino que me gustaba leer. Mi familia quiso hacer de mi un médico, o al menos un químico farmacéutico. Cuando ingresé, a las dos carreras, me fue obsequiado un fondo para libros. Compre gruesos tratados de Química orgánica e inorgánica, pero ya estaba escrito que abandonaría las ciencias para dedicarme a los ponzoñosos sueños que vienen en frascos de letras. ¿Qué hacer con mis intransitados libros? Se me ocurrió canjearlos por otros, se me ocurrió que en la Librería Trilce podía hacer un buen negocio.
El dueño salió a recibirme, y le propuse el canje. Revisó mi legado y me dijo que escogiera lo que quisiera, y que veríamos. Bajé tres libros de una colección maravillosa, aún los tengo: “Fedón” de Platón, “Gran Ética” de Aristóteles, y “Discurso del método” de Descartes. Al salir, el señor, un hombre mayor, de barba y terno arrugado, me obsequió un delgado poemario impreso en papel periódico, a mimeógrafo. Supe que él era un poeta.
DOS
Me llevo mal con los poetas, ya lo he dicho. Son seres hipersensibles, la mayoría artistas manqué, celosos y recelosos, rencorosos y a menudo cursis. Me gustaría que fuera cierta la frase de un amigo filósofo: “Lo bueno de la poesía es que la mala poesía no existe”, pero la verdad es que la maleza abunda.
“Hay solo un modo de reconocer un buen libro de poesía —dije a mis alumnos—: cuando abres el libro salta de las páginas un destello que te ciega. Si no brota, déjalo”. De modo que tengo muy pocos libros de poesía: Quasimodo, Trakl, Stefan George, Vallejo, Kavafis, Varela, Chanove, Rilke, Stevens y uno que otro más.
Y tengo los libros de José Ruiz Rosas, hasta el penúltimo. Todos me los obsequió con cariñosas dedicatorias que no sé desentrañar.
TRES
Cuando en 2004 estuvo en mis manos la posibilidad de formular el Balotario de Ingreso a la Universidad Nacional de San Agustín no dudé en incluir un poema de José Ruiz Rosas en la sección de Poesía arequipeña. Se llama “Yo tengo un sol opaco en la mirada”, y cientos de postulantes han debido leerlo durante unos diez años, hasta que alguien lo retiró.
¿De qué trata el poema? De muchas cosas, de nada, de la visión poética. Léanlo.
CUATRO
“Yo tengo un sol opaco”
Yo tengo un sol opaco en la mirada
puesto a secarse allí como una estopa
y me ciega de veras, porque abundan
marginadas estrella en los párpados
que concurren a diario entre la sombra,
leve delito de la luz, que cuaja
en pretéritas lágrimas de infancia
y, durecidas pústulas, legañas
estorban todo el porvenir del ámbito,
miran apenas huellas, más por tacto,
más por olfato que por fiel vislumbre.Yo tengo el ojo así, túrbido y tenue,
pegado al microscopio, sin los ágiles
desplazamientos de húmedos microbios
atender, con la voz puesta de bruces
convertida en silencio desde el tiempo,
desde las hóspitas cavernas, desde
la pelambre aterida, desde el rayo
divinizado, desde el árbol mágico.Yo tengo el tímpano más bien ligero,
el martillo en metal endurecido
como un desnudo afán de lluvias, como
un onanista enfermo en resonancias,
acuclillado caracol, dormido
estribo en los galopes de la noche,
oído en tajo al sol y a las tinieblas
como hendida raíz de intermitencias
resonando en porqués y cuándos, ecos
de los ecos que moran en el aire,
de lo que respiramos, convencidos
de asegurar las ondas sin estrépitos,
las paredes abiertas por las técnicas
trayéndonos mensajes y leyéndonos
en alta voz las cosas más distantes,
ah laberinto al que retorna Dédalo
como herida paloma, eterno caos
que vuelve al punto umbilical ya seco.Yo tengo el tacto ardido, porque toca
alguna vez la yema el frasco ajeno,
la mejilla pueril que riega el ojo,
la piel de la mujer, plena de esencias,
la insensata moneda que acaricio
en veces, yermo símbolo palpable,
y esta verdad ambiente en que ambulamos
del catre, de la mesa, de la ropa,
hasta llegar al más purificado
papel, página en blanco del poema,
margen desgarratriz de lo sensorio,
sutil profanación, cosa en las cosas,
eléctrico y sensual presentimiento
en claros eslabones y ataduras,
en diligentes florescencias náuticas
al azar controladas por cronógrafos,
entre la estricta realidad sumerso
con instantáneas fugas palpebrales.Yo tengo, cual tú tienes tan sin duda,
este incómodo espejo en vano huero,
este acústico umbral siempre horadado,
esta sepulta cárcel transeúnte
caminados al cielo, en los compases
de qué mefisto ingenio calculados.
(Tomado de Poesía reunida, Editorial UNSA, 1998)
CINCO
Hace unos diez años Diego Rondón, estudiante de diseño y artista gráfico, me pidió que presentara su revista gótica “El Drak”, en el Cultural. Acepté por supuesto, aunque lo mío no son los cómics y menos los oscuros monstruos de la nueva generación.
La noche del estreno estábamos en la mesa Juan Carlos Valdivia, yo, y el joven autor. Pero lo verdaderamente interesante pasaba en la sala: en las primeras filas estaban sentados el doctor Lozada, el doctor Carpio, el sociólogo e historiador Héctor Ballón, y en medio de ellos atento José Ruiz Rosas. Más atrás venían los familiares de Rondón, y al fondo sus amigos y compañeros, bulliciosos adolescentes con cara de fiesta. Y no se veía rastros de la “brecha generacional” qué más tarde alegraría a los del nuevo siglo.
Quiero decir que don Pepe era buen amigo de todo el mundo, un poeta amable en los dos sentidos de la palabra; el último, quizás.
SEIS
Una vez quise hacer una antología de poesía arequipeña de las últimas décadas. Cuando me faltó material me recomendaron pedir ayuda a José Ruiz Rosas. En efecto, fui a su casa de la calle Villalba. Después que le expliqué mi problema me hizo esperar media hora mientras buscaba en su biblioteca recóndita; volvió con un montón inmenso de libros, revistas, plaquetas y hojas sueltas que puso sobre la mesa. Qué manera de atesorar, pensé.
Creo que ese día desistí de mi propósito.
SIETE
La última vez que lo vi bajaba por el Portal de San Agustín. Fui a saludarlo, y me dijo con voz grave por debajo de su intensa barba:
—Hola amigo Willard. He leído su mfff sbssssddj djjjssssldddbsssd jffffsdbs, y me parece que ssssdjjjjjdef, con un ddddpppsdfg. Felicitaciones.
—Sí, gracias, don Pepe— contesté, y me acerqué a abrazarlo.
Lo he querido tanto.
OCHO, un post.
En 1984 ganó su más importante premio internacional, quizás su mayor desafío poético, el del Taller Coreográfico de la Universidad Nacional Autónoma de Méjico, «Elogio de la danza» es una belleza total, la poesía se ciñe al cuerpo y sigue a la música a lo largo de todo el libro. Don Pepe vino a mí y me pidió permiso para que esta fotografía, que le tomé cuando era Director del INC, ilustrara los créditos del libro. La foto original era más abierta, estaba sereno frente a la ventana. Yo fui a visitarlo porque era un placer hablar con él a solas. Tras despedirme, cuando salía, volví la vista y él estaba allí lleno de matices, donde siempre estará, recibiendo la luz de frente.
DATO
Los restos mortales José Ruiz Rosas llegaron anoche a Arequipa y serán velados en el Museo Histórico Municipal de la Plaza San Francisco desde las 09:00 horas hasta las 14:00 en que se realizará su sepelio en el cementerio Parque la Esperanza en Cerro Colorado.
Los cuatro hijos y la esposa del fallecido llegaron con él desde la capital.
Recibirá despedida de autoridades, admiradores y amigos.
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