Arequipa

Todos tenemos secretos

1 de septiembre de 2019


En prisión uno puede toparse con gente de toda laya. Algunos mienten, otros simplemente esconden lo innombrable a su manera.

Por Orlando Mazeyra Guillén

A Nepomuceno el verbo prosperar siempre le resultó engañoso, fatuo. Él pensaba que así como prospera el albañil que da educación a sus hijos, también lo hace el diplomático cocainómano que elige no casarse para no tener a nadie que se le parezca. La prosperidad está revestida de contradicciones, tatuada con variables espectrales, casi oníricas. Y por eso Nepomuceno nunca se consideró un ciudadano próspero ni aspiró a serlo. Pocos como él son lo bastante desubicados como para pensar en la prosperidad sabiendo que los abraza algo tan pesado como una cadena perpetua.

En las mañanas leía a autores clásicos, por las tardes hacía un poco de ejercicio (caminatas, planchas y pesas), y cuando caía la noche miraba, a través de su jaula de acero, el color albo de la luna hasta conciliar el sueño.
Hasta hoy nadie sabe cuál fue la causa de su reclusión. Algunos comentan que mató a su esposa y, después, al amante de ella; pero otros reparan que tiene perfil de soltero. No falta quien se anime a decir que fue terrorista y que debe haber acribillado a cuando menos medio ciento de gentes en las serranías del país. Yo sigo creyendo que es inocente; no sé, tengo ese pálpito, como cuando, con solo mirarla, acerté acerca del cáncer terminal de mamá.

En verdad, me siento agraciado: a mí es al único al que le dirige la palabra. Me habla de cosas tan dispares como la prosperidad, la intolerancia y el psicoanálisis. A veces me cuenta historias acerca de su sabuelo, creo que fue alcalde de Lima.

—¿Tú por qué estás acá? —me preguntó el día que llegó.

—Burrier —le dije, sintiendo el asomo de la vergüenza—. Me pescaron sacando droga a Miami.

—¿Por cuánto lo hiciste?

—Por nada.

—¿Cómo que por nada? ¿Cuánto te iban a pagar?

—Nada —repetí—. Era para mi consumo personal.

—Estás hablando disparates.

—No le pediré que me crea. Además, qué gano yo contándole mis cosas.

—Por eso yo jamás contaré las mías —sentenció. Luego se frotó el rostro y se puso a caminar por el patio de nuestra cuadra.

Los demás reos siempre lo observaban con una mezcla de atracción y repulsa; algunos me han confesado que, en más de una ocasión, quisieron agarrarlo a trompadas hasta sentirlo clamar perdón, pero hay algo en él, tan inverificable y ponzoñoso, que los detiene hasta paralizarlos…, o hacerlos pensar en otra cosa.

—Algunos te quieren matar —le conté cuando ya tenía una semana en el penal.

—Es que saben que soy inocente —afirmó con suma frialdad—. Cuando alguien es inocente le tienen miedo, odio, rabia, ira… Los distintos no encajamos en ningún lado, ni siquiera en esta pocilga de hijos de puta.

—Yo no te tengo miedo, odio, rabia ni ira —le aclaré enfáticamente—. Es más: hasta siento un poco de pena por ti, pero, la verdad, no sé si serás inocente… ¿Inocente de qué?

—Todos los que no queremos prosperar somos inocentes: ¡yo soy inocente!

Cuando lo escucho hablar de su inocencia presiento que, acá, las palabras carecen de peso, no pasan de ser un saludo a la bandera. Es más: todos podemos ser inocentes o alegar inocencia sin pestañear un instante y, en cierto sentido, eso está bien. Lo miro mientras me sumerjo en este tipo de divagaciones y la energía que desprenden sus ojos me parten los pensamientos en dos. A veces quisiera abrazarlo y decirle que lo comprendo, que yo también quisiera estar libre, pero algo, que no podría definir (o que tengo miedo de contar por pudor), me ataja. Una barrera tácita, granítica, se alarga entre ambos cuando la libertad se cuela en nuestras conversaciones.

—¿Por qué lees tanto? —le pregunté el día anterior a su segundo intento de suicidio.

—Para salir de esta mierda —me dijo sin sacar los ojos de las páginas del libro.

—¿Volverás a intentarlo?

—Ya no —mintió mirándome de reojo; sabía muy bien que me refería al suicidio—. Estoy leyendo “Los miserables”. Me tomará al menos una semana terminar.

—¿Qué harías si esta mañana te diesen la libertad?

—No me preguntes cojudeces, Aladino de bodega.

—Yo iría a comprarte un par de novelas, las mejores que encuentre, ¿y tú?

—Iría a buscar a un cura y, si me atrevo, a un loquero…
Me quedé pensando en silencio y noté que él esperaba que nuestro diálogo prosiguiera lo antes posible. Le lancé la primera cosa que se me vino a la mente:

—¿Estás loco?

—Dicen que he matado a mi madre, ¿qué te parece?

—Que me estás mintiendo: tú nunca hablas de tus cosas.

—Eso lo aprendí de ella. La muy condenada nunca hablaba de nada, nunca se quejaba, le partían la crisma y la vejaban, pero ella no abría el hocico. De repente la maté por ser como era: una puta cualquiera que nunca pensó en la prosperidad.

—Te entiendo —alcancé a musitar atenazado por el miedo. Me alejé, despacio, tratando de aparentar ese sosiego que a los dos nos seguiría siendo esquivo. Tal vez era mejor dejarlo en paz, ya no insistir: podríamos terminar en aquel infierno de los que se quedan sin secretos.

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