Arequipa

Un abrigo para el corazón

8 de septiembre de 2019


La única nieta de la prole por fin llegó a Arequipa y su propia madre explica por qué le puso Sara

Por Orlando Mazeyra Guillén

Un miércoles por la mañana, la nieta por fin llegó a la ciudad.
La abuela me cuenta que, apenas la divisó en el aeropuerto Alfredo Rodríguez Ballón, la niña le sonreía. «Ella me recuerda», afirma convencida: «claro que me recuerda, si yo, después de tu hermana, soy la primera que la cargó en el hospital. Ella sabe muy bien que soy su abuela».

—Pero, mamá, apenas tiene seis meses.

—No importa. Ella sabe que soy su abuela —insiste ella—. Si ya hablara me diría: te quiero, abuelita.

—¿Qué sientes, mamá?

—Que le tengo que dar todo mi amor. La miro y me olvido de todos los problemas. No te puedo explicar con palabras esta satisfacción, tú tendrías que estar dentro de mi cuerpo… ¡Mira nomás cómo a ti también te sonríe! ¿No te das cuenta? Ella sabe que somos su familia.

En efecto, ya en casa, la niña nos sonríe como si nos conociera. Beso su frente y tomo por primera vez una de sus pequeñas manos. Es bella y frágil. No entiendo muchas cosas. Siempre he sido una montaña de incertidumbres (y esto tiene que ver con ausencia de fe). Sin embargo, al mirar a la niña entiendo que una nueva vida es un milagro. Un regalo de Dios o de los Dioses. Un presente de alguien demasiado generoso que te quiere poner a prueba para un reto mayor.

Mi hermana está lista para el reto (o parece estarlo). Además tiene una fe sin fisuras, como la mayoría de mis familiares.

Mi tía Rosario me lo deja en claro:

—Esta niña está aquí gracias a Dios. Él me escuchó.

—¿A ti?

—Sí, yo tantas noches me las he pasado rezándole rosarios a la Virgen de Guadalupe. Yo le decía: si tú, en tu inmensa sabiduría, crees que debe ser madre. Mándale una chiquita.

—¿Ya sabías que iba a ser mujer, tía?

—Sí —afirma resoluta—. Nos la ha mandado la Lupita.

—Tía, creo que ves muchos capítulos de «La rosa de Guadalupe» —le digo con un tono burlón—. Mejor ponte a leer libros. Si quieres yo te presto uno.

—Mira, no me interesa lo que tú pienses. Yo sé todo lo que he hecho para que tu hermana sea feliz. Lo que piensen los demás me llega altamente.
Dejo de incordiar a mi tía porque mi madre está en la cocina preparando el biberón y nuestra perrita Martina aprovecha la oportunidad para aproximarse a la niña. Le lame el rostro y la criatura la abraza. Juega con su blanco pelo y le toma las orejas mientras Martina la huele con fruición para reconocerla (o algo por el estilo). Todos permanecemos en silencio.

Finalmente posa con delicadeza una de su patas sobre la mano de la bebita.

Y el regalo de los dioses pega grito de júbilo.

Todos aplaudimos. Y, curiosa, mamá vuelve deprisa.

—¿Qué ha pasado?

—Nada, nada —le digo—. La niña sigue sonriendo.

—Es que mi nieta es una muñeca, ¡carajo!

Mi madre no quiere que la mascota se acerque a su nieta: «tiene muchos microbios», alega. Así que es mejor que no se entere. Hay que guardar el secreto. De lo que sí se enterará es de por qué su hija mayor la llamó Sara.

Mi hermana se lo hace saber con sus propias palabras. Son las que vienen a continuación. En pocas palabras: la recién nacida es un abrigo para el corazón.

***

«Y se llama Sara, que significa princesa. Pero no una princesa de un cuento de hadas, sino la princesa que ha venido desde el cielo para traer mucho amor y felicidad sin límites a todos, porque es así.

Gracias, David, por ser mi amigo, mi compañero de la vida, mi cómplice, por nunca soltar mi mano, por ser mi amor, y TODO aquello que significas para mí, y que no terminaría de escribirlo. Estoy completamente convencida de que escogí al mejor padre para nuestra hija; porque, aunque suene cursi, creo que naciste para ser padre y me lo demuestras cada día con Alonso y ahora con la pequeña Sara. Gracias, mi amado (eso significa tu nombre, David), y eso significas también para mí, gracias por estar siempre a mi lado y darme todo el amor del mundo y por haber puesto a Alonso en mi vida —el hermano mayor de Sara—, quien me ha enseñado muchas cosas con su cariño, bondad y nobleza.

Y se llama Sara, como mi madre: su abuela. Esa mujer que lo ha dado y da todo por sus hijos.

Y se llama Sara porque cada vez que pronuncio su nombre, la llamo también a ella, a mi madre, porque quiero que su nombre perdure en mi vida con mi hija; y porque es el homenaje que te hago a ti, mamá: ¡gracias por la vida! ¡Gracias por tu entrega absoluta, desprendimiento y sacrificio! Gracias por ser la mejor madre del mundo, gracias por tu amor. Ahora, que tengo una hija, es cuando por fin te entiendo, mamita.

No puedo olvidar a aquellas personas que estuvieron a mi lado todo este tiempo, física y espiritualmente. Así como tampoco olvidaré a las personas que con sólo coger el teléfono estuvieron y están allí, ¡siempre! Gracias por sus oraciones, por su cariño y amistad. Gracias a mis hermanos, los quiero con todo mi corazón, no saben cuánto. Gracias, papá, por todos tus consejos: te quiero mucho.

Tía Rosario, mi querida «Matía», gracias por estar siempre a mi lado desde que era pequeña. Tú sabes todo lo que te quiero.

Y se llama Sara porque Dios nos hizo ese regalo, el mejor regalo del mundo.

Te pido, Señor, me guíes, ilumines y protejas en este camino que ahora me toca seguir. Protege también a mi familia y amigos.

¡Gracias, Dios, por tu infinito amor siempre!».

Compartir


Leer comentarios