Un hombre pequeño que llegó a las cumbres

En la montaña, en donde no existe el susurrar del gentío, en donde el sonido del viento y de la respiración propia se escuchan fuerte y al punto de contabilizar cada uno de los momentos de la aspiración y la expiración, en la cima de todo, en donde el frío y el sol son crueles anfitriones, Arcadio Mamani, un hombre que nació a 3 mil 350 metros sobre el nivel del mar, en Achoma, logró entender el secreto de la vida.
Por: Roy Cobarrubia V.
Hace 60 años en una de esas tareas caseras y cotidianas de familia se encontró cara a cara con la muerte. Medía menos de un metro y sabía que bajo la roca en donde se había refugiado muy pronto terminaría por ser cubierto por la nieve, ese elemento frío, hermoso, asesino. Temblaba y no sabía si su cuerpo seguía siendo suyo.
A los seis años de edad y en tierras cayllominas aprendió que la distancia y la lejanía son palabras que no tienen sentido, si es que hay que trabajar, si es que hay que cumplir con una tarea.
La tierra comenzó a cubrirse de un color blanquecino, luego comenzó a subir por sus pies, por sus rodillas y entonces tomó la decisión, vivir. Arcadio, su nombre no fue un deseo o un referente familiar, fue un nombre de almanaque. El 12 de enero de 1953, y en una escena supuesta, su padre se acercó a un calendario pegado en la pared, y leyó las letras pequeñas bajo el enorme número de color azul. En tiempos en donde los días eran especiales, en donde se creía que creer era una imposición dijo en voz alta: “San Arcadio, mártir patrono de Osuna, durante las cruentas persecuciones de Diocleciano, él se llamará Arcadio”.
Hoy, el hombre sencillo, de manos ásperas, sonrisa amable, de cabellos canos y largos, amarrados por una coleta desconoce que su calificativo, fuera de ser un nombre del almanaque se refiere a “Arcadia”, que según la mitología griega, se refiere al dios de la naturaleza y patrono de los pastores.
Ese niño, observó las montañas blancas y comenzó a caminar, le dolía los pies y las piernas, sentía como si unos cuchillos penetraran su carne lentamente. Cada paso, cada abrazo a su cuerpo en un afán de que una de sus manos, a punto de cortarse, no suelte la lliclla en donde llevaba el alimento a los hombres de la estancia, le pesaba más y más, un peso de una pena, de un pago a la maldad que un niño no había cometido, y eso era imposible a los seis años. De noche observó una luz, y siguió caminando, no abrió la boca para llamar a nadie, solo ingresó como un ánima entre la oscuridad, había sobrevivido. Hoy Arcadio cuenta su primera experiencia de caminar por los andes como una anécdota, y dice que mientras su cuerpo se descongelaba al lado de un fogón se preguntaba el qué lo salvó. Hoy lo sabe, el instinto.
El hombre de altura, de pasos cortos y firmes no sabe a cuántas montañas ha logrado subir, lo ha hecho tantas veces como subir al transporte público, claro que la experiencia de caminar por esos senderos son momentos especiales, únicos, pero tan habituales que la matemática no tiene espacio. El hombre de mirada fija, que piensa sus respuestas y sonríe de un pasado que recuerda con cariño, llegó a Arequipa para terminar sus estudios primarios y luego postular e ingresar en tres oportunidades a la Universidad Nacional de San Agustín, en años en donde los procesos de admisión eran un reto por demás y casi imposible.
Mecánica de Producción, Ingeniería Civil y Educación no terminaron por enamorarlo. “La montaña te llama, la naturaleza es atracción total”, dice sentado en el Salón Consistorial de la Municipalidad Provincial de Arequipa con una casaca térmica encima, un polo blanco, un jean y un par de zapatillas para escalar.
En 1974, un joven Arcadio ingresó por destino, por casualidad o porque quizás todo confabuló para ello a la Gran Fraternidad Universal (GFU), un grupo de estudio dedicado a la ciencia, el arte y la filosofía, un grupo en donde el perfeccionamiento, lo intelectual y la reeducación espiritual de la raza humana son elementales para entender el mundo.
“Siempre busqué respuestas, a qué, a todo. Explicarlo sería difícil, pero yo sé las respuestas”, dice en una filosofía adoptada y hecha suya de tiempos pasados.
Arcadio, en un momento de espiritualidad, ve el Misti sentado desde una roca asentada en una de las zonas altas de Cayma. El hombre de cuerpo menudo se ha levantado muy temprano, se amarró las zapatillas a ciegas y en la oscuridad de su casa, en Alto Selva Alegre, salió a correr hasta llegar a esa piedra. Con el susurro de la bocina y la música inexplicable de la ciudad viajando por el viento mira la cima del volcán.
Esa misma noche, se vuelve a poner sus zapatillas, un buzo, un polo, un abrigo, una mochila, y una linterna, son tiempos de juventud, avezado y sin medición al miedo cierra la puerta de su casa y se dirige al Misti. La acción es estúpida, hoy ya sabio, él no le recomendaría a nadie que realice tal cosa.
Ha sido un viaje de unas horas y sin conocer el camino, por puro instinto ha llegado a la cima del Misti y observa una cruz de metal, un elemento colocado hace 119 años. “Uno aprende de los errores”, expresa mientras cuenta su historia.
Se arrodilló, sentía el sudor en su cuerpo, y las gotas parecían congelarse en su cuerpo como pequeños hielos. El piso era una pátina de iceberg, alzó un brazo y tocó con la mano derecha el metal de la cruz. “Sí, lo puedes creer, me quedé pegado”, dice mientras ríe.
El novel alpinista se quedó adherido y su mano se entumecía cada vez más. En el calor de la habitación municipal, dice que lo salvó su aliento porque fue lo que utilizó para literalmente despegar sus dedos y luego su rodilla que quedó pegada al suelo, según dice, esa noche hizo 1001 cosas para regresar a la ciudad. El regreso fue difícil, cayó, resbaló y casi muere desnucado, pero terminó por regresar, por pagar el precio de la inexperiencia.
Después de la inexperiencia volvió a subir al volcán, esta vez de día y con equipos adecuados. Subía con una intención espiritual y con un grupo de amigos y miembros de la GFU.
Años después, el Club de Andinismo realizaría un llamado a los jóvenes de Arequipa para ser guías en Huaraz, y de todos los que participaron escogieron a tres, entre ellos, Arcadio.
Dos años de formación, guía profesional, y un día como le ha ocurrido desde siempre le llaman y le dicen que un tal Johan Reinhard, busca guías para un documental, un segundo viaje al Ampato, y él acepta. Es un contrato eterno, que aún dura, y que se mantiene a través del tiempo, Arcadio se vuelve en una especie de amuleto. En el hombre clave.
En una de esas tantas expediciones, Reinhard suda, se le ve la cara de preocupación, y en un castellano “mascado” le dice a Arcadio, su amigo, que no sabe qué hacer que la expedición en el Pichu Pichu parece que será un fracaso, no encuentran nada, no hay elementos, momias. La Discovery Channel ha destinado dinero, un presupuesto para el común de personas millonario. Arcadio se acerca, le toca el hombro y le dice: “Yo voy a encontrar lo que quiere, en unos 10 minutos”. El americano lo mira fijamente, pero le cree, sale del lugar, una especie de cueva y le da un pico. “Pasaron los 10 minutos y pasó, encontré una momia”, dice Arcadio. El evento casi sobrenatural le valió a Arcadio para acompañar hasta hoy a Reinhard en cada una de sus expediciones.
Arcadio tiene 66 años de edad, dos hijos: Juan, un guía profesional y Sergio, un joven que se le ha dado por ser profesor y médico a la misma vez. El padre de dos hombres, aún tiene la salud de un toro, y sube y baja cada vez que le da la gana a la montaña, allí se encuentra totalmente vivo, total, en la ciudad allí solo “medio vive”. Arcadio no sabe qué será de su futuro, no piensa en la muerte, pero ha hecho suficiente en todo este tiempo para convertirse en un hombre de culto, y lo suficiente para reconocer. Él solo dice: “Lo que tenga que pasar”.
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