Unicornios y cocodrilos

También escribimos para escapar de una insoportable monotonía cargada de la cháchara cotidiana.
Por: Orlando Mazeyra G.
Él, después de contarle cómo le fue en el trabajo y de anunciarle lo que piensa hacer durante las vacaciones, le pregunta cómo duerme, cuáles son las dimensiones de su cama y si es que ya tiene sueño, pues es medianoche. Tiene curiosidad —ese vicio perpetuo que muchas veces gatilla la escritura de muchas de sus ficciones— por saber cómo es su habitación. Ese será apenas el punto de partida. «O la punta del iceberg», piensa recordando los cuentos de Hernest Hemingway (ese monstruo de la narrativa y la vida al que siempre vuelve).
«Mi cuarto es mi cuarto», alega ella muy cortante después de unos minutos.
«Veo que te esforzaste mucho para decirme que no», le responde él. Luego deja de chatear con ella, sale del WhatsApp y consulta su reloj. «Hay que hacerse el ofendido», piensa convencido recordando los consejos de su amigo Pantera. «No se irá a dormir sin mostrarme su habitación», se dice a sí mismo con firmeza.
A los pocos minutos ella por fin le responde. «Ya, acá tienes», le dice y le envía un peluche bastante extraño de color fucsia.
—¿Qué es eso?
—Un peluche, pues…
—Claro que sé que es un peluche. ¿Pero qué es? Es un…
—Un unicornio —le informa ella.
—Oye, flaca, no te vayas a molestar, ah. ¿Ya no estás bien grandecita como para creer en los unicornios?
—Eso a ti no te importa. Me pides fotos de mi cuarto para luego burlarte de mí. Eres un atorrante.
—Seguro tienes más, ¿no?
—¿Más qué?
—Peluches…
—Sí, pero no te los voy a mostrar. Además tengo un cocodrilo enorme que también uso como almohada porque es muy cómodo… ¡No, a ti ni de a balas te lo voy a mostrar!
—¿Por?
—Me lo regaló mi ex, es muy importante para mí. Me lo dio después de la primera tocada a la que me llevó.
—Ah, el guitarrista coquero te conquistó con un horrible cocodrilo. Yo pensé que al menos te había compuesto una canción…
—Sí me compuso una, es más… ¡No, mejor no! ¡Mierda! No sé por qué te conté todo si ya sabía que lo ibas a usar en mi contra. Pero, ten mucho cuidado conmigo, porque se te puede voltear la torta. Nunca te olvides de eso. Yo no soy una monguita como tú piensas, nada que ver: yo te puedo hacer mucho daño si me lo propongo…
—¿Cómo dices?
—Todos esos mensajes con doble sentido, esas charlas nocturnas. Tus mensajes faltosos… mi habitación, el baño, la ropa interior, mi gimnasio… Este chat es una bomba de tiempo.
—Pues, hazla explotar. Vamos a ver quién queda más magullado.
—Y todavía te pones más atrevido.
—¿Crees que soy un congresista gilazo que pisa el palito?
—No, tú eres peor que ese congresista cochino.
—Oye, en el gimnasio al que vas todas las noches te miran ¿o no?
—Sí.
—¿Y te piden permiso para hacerlo?
—No. Claro que no. Algunos son unos descarados, por eso los miro con mucho asquito…
—Yo, a diferencia de ellos, sí te pido permiso y sólo veo aquello que tú me dejas ver.
—Pero eres muy insistente.
—Ahora sólo falta que me digas acosador.
—Ya no jodas, tengo sueño. Me voy a dormir porque tengo que levantarme temprano.
—Sí, descansa. Pero antes hazme un favor…
—¿Cuál?
—Tómate una foto con el cocodrilo que te regaló tu ex… Trata de salir coqueta, piensa que yo soy él y voy a componerte una canción de amor, de esas ‘cortavenas’ que tanto te deben de gustar…
—¡Eres un perro!
—Oye, flaca, no insultes a los perros. Puedo usar este chat en tu contra…
Al poco rato, cuando él se ya se había dado por vencido, le llegó una fotografía de la chica con el cocodrilo de marras. Ella agregó algo: «No soy una tonta. Respétame, por favor, porque estoy compartiendo contigo lo más privado e importante para mí, ¿entiendes?». Él cerró los ojos y se echó a dormir sin responderle. Asomó una historia de talante fantástico: con unicornios que hacían el amor desmesuradamente con cocodrilos. Alguien tocaba la guitarra. Era Hemingway que le decía: ¡imbécil!, ponte de una vez a escribir.
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