Chullo: crónica de un torrente anunciado

La expansión urbana ya ocupa casi tres quintas partes de la cuenca.
Por: Arq. Juan Melgar Begazo, magíster en Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano.
El problema de Chullo no comienza en cauce de la torrentera. Comienza kilómetros arriba, en las laderas del Chachani. Antes de que una lluvia intensa alcance el canal urbano, el agua ya ha recorrido una extensa cuenca cuya superficie hemos transformado durante décadas. Allí está la causa que con frecuencia se omite.
La cuenca analizada tiene aproximadamente 2 713 hectáreas. En la condición reconstruida para 1980, unas 2 557 hectáreas —más del 94 %— conservaban cobertura natural, mientras cerca de 157 hectáreas correspondían a áreas agrícolas. No era un “terreno vacío”. Estas laderas mantenían vegetación adaptada a la aridez que amortiguaba el impacto de la lluvia, protegía el suelo y favorecía la infiltración y retención del agua.
La transformación fue acelerada. Hasta 2004 se habían incorporado a la urbanización unas 592 hectáreas; en 2010 ya eran 973 hectáreas y en 2025 alcanzaban 1 597 hectáreas: el 58,87 % de toda la cuenca.
Las imágenes históricas permiten observar el proceso con claridad. Primero desaparece la cobertura vegetal; luego llegan trochas, cortes, rellenos y lotizaciones que dejan grandes superficies desnudas. Finalmente aparecen viviendas, calles y superficies cada vez más compactadas o impermeables.
Pero existe una etapa particularmente crítica: mientras se habilitan nuevos terrenos, grandes extensiones de suelo removido quedan expuestas a la erosión. Cuando llueve, el agua no arrastra solamente agua. Arrastra tierra, arena, grava, piedras y lodo hacia las quebradas. INGEMMET ha documentado en Alto Cayma la presencia de materiales susceptibles de erosionarse y alimentar flujos de lodo durante precipitaciones intensas.
Después, cuando la urbanización se consolida, aparece un segundo efecto: disminuye la infiltración y aumenta la cantidad y velocidad del agua que las calles y superficies endurecidas conducen hacia los cauces.
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El cálculo hidrológico preliminar permite dimensionar este cambio. No se trata de comparar dos lluvias históricas distintas, sino de modelar cómo respondería la cuenca de 1980 y la de 2025 ante exactamente la misma precipitación: 30 milímetros en 24 horas.
Bajo esas condiciones, la cuenca reconstruida de 1980 produciría aproximadamente 27 160 metros cúbicos de escorrentía directa. En el escenario central correspondiente a 2025, esa misma lluvia produciría alrededor de 162 167 metros cúbicos.
Casi seis veces más agua superficial para una precipitación idéntica. La lluvia es el detonante; la transformación del suelo es el amplificador. Toda esa escorrentía termina concentrándose en la misma red de drenaje. Las numerosas quebradas que descienden desde la parte alta confluyen progresivamente hasta alimentar la torrentera de Chullo. Por eso es técnicamente insuficiente reducir el problema a una frase: “el canal es angosto”.
La infraestructura existente fue construida cuando la cuenca tenía condiciones muy distintas. Hoy recibe el aporte de una superficie mucho más urbanizada, erosionada y conectada hacia los cauces. Pretender solucionar el problema únicamente aumentando muros o ensanchando determinados sectores de la torrentera significa actuar sobre la consecuencia mientras continúa creciendo la causa.
La respuesta urgente debe comenzar cuenca arriba.
Primero, debe detenerse la expansión sobre las laderas naturales remanentes y evitar nuevas ocupaciones sobre cotas superiores sin una evaluación hidrológica integral. Segundo, es urgente recuperar cobertura vegetal nativa en terrenos removidos y todavía no consolidados. Reforestar y estabilizar estas superficies no es solamente una acción paisajística: significa recuperar parte de la capacidad del territorio para retener agua y proteger el suelo frente a la erosión. Tercero, deben controlarse las cárcavas y los puntos donde se está produciendo mayor erosión, incorporando sistemas de retención, sedimentación y laminación que permitan disminuir la velocidad del agua y capturar parte del material sólido antes de que llegue a las quebradas principales.
No necesariamente se requiere llenar toda la cuenca de muros de concreto. Hay que intervenir estratégicamente donde se genera el problema: retener, infiltrar, desviar controladamente y sedimentar antes de que el agua alcance la ciudad consolidada.
En una torrentera cuyo recorrido urbano está prácticamente confinado por la ciudad, pretender resolverlo todo ensanchando el cauce es actuar sobre la consecuencia mientras mantenemos activa la causa. Chullo nos está dando una advertencia inequívoca. El próximo desborde podrá ser provocado por una lluvia intensa, pero sus dimensiones dependerán también de lo que hemos hecho —y de lo que sigamos haciendo— kilómetros arriba.
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