El viejo del acordeón

Muchas veces ignoramos la vida interior de las personas. O peor aún: los subestimamos y nos perdemos revelaciones valiosas.
Por Orlando Mazeyra Guillén
Desde que tengo memoria, en esa vieja calle mollendina de los veranos de mi infancia y juventud, había un anciano que todas las tardes tocaba el acordeón y vendía vistosos aviones hechos con cartones reciclados. Se llamaba Francisco y era muy flaco e inextricable. El sol le había tostado la piel por completo.
Decían de él que había viajado por buena parte del mundo y que no era peruano. ¿Dónde había nacido aquel tipo? Poco importaba a la hora de escucharlo tocar ese hermoso instrumento musical que lucía muy bien conservado. Lo más extraño de todo es que no aceptaba propinas, aplausos ni dádivas. Uno tenía que comprarle los aviones por una cifra que, luego de un tira y afloja, fuera lo suficientemente aceptable. Yo le pude comprar uno de los avioncitos que se me hizo trizas cuando intenté hacerlo volar de una manera insólita como si fuera una cometa.
—Estos no son de los que vuelan — me dijo él cuando, al día siguiente del desastre, le informé que me sentía un niño estafado por un vejete.
—Entonces no son aviones —le reclamé de mala gana—, pues para serlo tienen que volar.
—Son aviones de los que se miran nomás.
—Así no hay chiste.
—Chiste es lo que intentaste hacer con él, muchacho.
¿Por qué recuerdo ahora al viejo Francisco? Pues porque, cuando crecí y él terminó de hacerse viejo, me contó que su verdadero oficio era la escritura. Sí, por las noches antes de dormir escribía relatos que luego fotocopiaba y compartía con pocos (y privilegiados) lectores. Quizá fue el primer escritor —anónimo y soterrado— que conocí en mi vida.
Francisco decía que el acordeón le ayudaba a darle ritmo —musicalidad— a sus escritos. Por otra parte, los aviones constituían apenas un divertimento que le hacía recordar a su padre, un piloto que presumiblemente falleció en un accidente aéreo del que nunca quiso soltar prenda (o acaso sí en alguna de sus historias, lamentablemente no pude leer todos sus relatos).
—Veo que siempre andas con libros —me dijo el viejo Francisco una tarde de verano de los años noventa.
—Los leo en la playa para no aburrirme —le conté mostrándole la portada—. Este es de Maupassant. Son cuentos.
—¿Ya has leído a Poe y a Chéjov? —me preguntó.
—Sí.
—¿Entonces te gustan los cuentos?
—Muchísimo, señor.
—Yo he escrito algunos.
—¿Usted escribe? —pregunté desconfiado.
—Sí. ¿Te sorprende tanto?
Lo miré de arriba abajo antes de responderle:
—Disculpe pero pensé que no había terminado el colegio.
—Y no lo terminé —me anunció con un destello de orgullo—. Para ser escritor no hace falta terminar el colegio… apenas necesitas aprender a leer y escribir.
—¿Y quién le enseñó a leer y escribir?
—Mi madre.
—¿En dónde?
—Eso ya lo conté en uno de mis relatos. ¿Te gustaría leerlo?
—Sí.
—Te lo daré con una sola condición.
—¿Cuál?
—No se lo podrás contar a nadie. Lo lees y me lo devuelves. Tampoco me dirás nada sobre él. Guárdate tus comentarios para siempre porque no me interesan en absoluto.
—¿Eso hace con todos sus lectores?
—Sí —afirmó esbozando una sonrisa—. Es la única manera de llevar la fiesta en paz.
—Está bien —le dije—. Entonces mañana paso como a esta hora para que me dé su cuento.
Al día siguiente me entregó las fotocopias y no me cobró por ellas.
—Ya sabes —me advirtió el anciano—. Es sólo para ti.
—No se preocupe, señor Francisco.
El cuento sobre un niño que aprende a leer y escribir con el concurso de su madre en las playas de un puerto innominado fue deslumbrante. Incluso dudé de su autoría, tengo que reconocerlo, porque realmente quedé maravillado con esa mujer que dibujaba las letras en la arena todas las mañanas… A través de mi vida (y precisamente debido a la escritura de relatos) he roto todas las promesas que hice. Todas. Menos ésta. A nadie le conté la historia del señor del acordeón y de los aviones que no volaban. Este verano, arrancando enero, ya no lo encontré en la vetusta calle mollendina. Dicen que murió en diciembre. No lo creo: las personas extraordinarias como él nunca mueren.
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