Libros y libreros en Arequipa del siglo XIX

Cómo era el comercio del libro en la ciudad. Cuál era la relación contractual entre el autor, su obra y la librería. Cabe preguntarse lo mismo sobre la relación entre el autor y la imprenta donde se publicaba la obra.
Por Mario Rommel Arce Espinoza
En el circuito del libro se encuentran los agentes culturales encargados de su distribución. Ellos fueron los libreros, una parte importante del tráfico del libro que comenzaba con el autor, el texto, la imprenta y la obra. Un tema poco conocido en nuestro medio que apenas intentaré reseñar en el presente artículo.
Cabe precisar lo dicho por el historiador francés Roger Chartier en su obra titulada “El mundo como representación” (Barcelona, España, 1992): “Los autores no escriben libros: escriben textos que luego se convierten en objetos impresos”. En ese sentido, es preciso hacer algunos alcances sobre la imprenta en Arequipa.
De acuerdo a un dato proporcionado por el sociólogo y abogado Héctor Ballón Lozada, en su libro “Sociología de los medios de comunicación en Arequipa” (2016), fue el diputado por Arequipa a las Cortes de Cádiz, Mariano de Rivero y Besoaín, el primero en solicitar una imprenta para la ciudad, a fin de promover las luces y combatir el despotismo.
En otro dato suyo afirma que fue el prócer José María Corbacho el primero en introducir la imprenta en Arequipa, y que él mismo vendió al Ayuntamiento en 1821, la que, a su vez, encargó su uso a Jacinto Ibáñez.
La invención de la imprenta en el siglo XV significó para el humanismo la posibilidad de difundir las obras grecorromanas que durante el Medioevo habían sido soslayadas por los libros místicos. La imprenta también favoreció el crecimiento de la industria editorial, e hizo posible la lectura extensiva.
En el siglo XIX, la imprenta fue la mayor garantía de la libertad de pensamiento. El notable sociólogo arequipeño Mariano H. Cornejo en un artículo publicado en el “Almanaque de El Comercio”, para 1897, afirmaba que el porvenir vería en el siglo XIX como la época de la palabra. Dijo que grandes palabras habían hecho grandes cosas en América Latina. Es cierto, el discurso político fue revelador para insuflar las ideas de libertad, y también para sostener el sistema republicano. La prensa, por su parte, fue la institución social más importante para la época. La opinión pública se expresó a través de ella.
Los libros jugaron igualmente un papel trascendental. Como dice Robert Darnton, fueron el vehículo de las ideas revolucionarios en el siglo XVIII. En el siglo XIX fueron expresión de la cultura de su tiempo. Se expandió el circuito del libro con la aparición de las librerías. Antes el comercio del libro se hacía por encargo, previa licencia de la Iglesia y el Estado. Con la caída del Antiguo Régimen, el libro circula con menos limitaciones.
El librero era el agente cultural, un intermediario entre la oferta y la demanda de libros, que en vez de atender a sus propias preferencias, optaba por la opinión generalizada de sus clientes; por esa razón, “para un librero, el mejor libro es el libro que se vende”. Ese parecer fue recogido por el historiador Robert Darnton en un estudio sobre el librero Isaac-Pierre Rigaud, de Montpellier. Este librero, tras fusionarse con otro de apellido Pons, llegó a dominar el comercio de libros en Montpellier. Según Darnton, Rigaud leía mucho antes de decidirse por comprar un libro, hacía sondeos de opinión y revisaba catálogos. Sin embargo, había autores cuyo éxito de venta estaba garantizado. Ese fue el caso de Voltaire, cuyas obras tenían mucha demanda entre el público lector. Solo en ese caso el librero se decía a comprar varios ejemplares del libro en cuestión. Esta intención, de acuerdo a Darnton, “expresaba una corriente de volterianismo que se había difundido por doquier entre el público lector del Antiguo Régimen”.
La circulación del libro fue privilegio de una élite capaz de adquirirlos en el Antiguo Régimen. El costo del libro incluía el flete de importación, lo cual hacía que fuera más oneroso; y por tanto, que no estuvieran al alcance de las clases populares. Sin embargo, como bien precisó el hispanista francés Maxime Chevalier, “un pueblo del siglo XVII muy bien podía vivir sin libros. La agricultura, la artesanía se enseñaban sin apelar al libro; oralmente”.
Esta afirmación de Chevalier sitúa el libro en un contexto en que había elevadas tasas de analfabetismo, y la mayoría de la población vivía en el campo dedicada a las labores agrícolas.
De acuerdo al censo nacional de 1876, el 80% de la población vivía en el campo. Un indicador que evidencia un limitado mercado para la venta de libros. Una hipótesis para validar en posteriores investigaciones.
La aparición de la imprenta, en nuestro medio, permitió la difusión de documentos de orden político, literario y científico. Así, por ejemplo, la Imprenta del Gobierno publicó folletos y periódicos de circulación local, como “El Republicano” (a partir de 1825) o la “Gaceta de Arequipa” (1835). Por ese mismo medio, se publicó el estudio de Juan de Dios Salazar, socio de la Academia Lauretana, sobre “El hombre moral dentro del hombre físico” (1831). Y así varias publicaciones que vieron la luz a través de otras imprentas como la de los hermanos Ibáñez.
El propio Francisco Ibáñez Delgado, director-fundador de la imprenta y el periódico “La Bolsa” (1860), ofreció en su diario la venta de su libro “Tradiciones de mi tierra, escritas en ratos de ocio” (1884), que se podía encontrar en las librerías del señor José María Farfán y el Arca de Noé, a un sol cada ejemplar. Se anotaba, además, que “quedan pocos ejemplares”.
Cuál era la relación contractual entre el autor, su obra y la librería. Cabe preguntarse lo mismo sobre la relación entre el autor y la imprenta donde se publicaba la obra. Cuánta inversión económica suponía la impresión de un libro en aquella época, en Arequipa. Cuál era el tiraje de esas obras literarias para la venta. Cuánta era la demanda en Arequipa de ese tipo de obras.
Hay varias interrogantes al respecto. Como hasta el momento no se dispone de un catálogo de libros que estuvieron a la venta en las librerías de la ciudad del siglo XIX, un medio indirecto para poder precisar las obras que circularon, en aquella época, sería la revisión de los inventarios de libros de las bibliotecas personales. Otra tarea igualmente compleja, ya que no se conservan muchas bibliotecas personales, sobre todo del siglo XIX. La biblioteca de Andrés Meneses (Tiabaya, 1842 – Arequipa, 1924) es una de esas pocas bibliotecas personales que pude consultar a raíz de mi libro dedicado al decano fundador del Colegio de Abogados de Arequipa. Se halla especializada en obras de derecho, pero también cuenta con obras de otras materias. Por ejemplo, el “Diccionario universal del Derecho español constituido, por Don Patricio de la Escosura” (Madrid, 1853) fue adquirido en la librería de José María Farfán, que quedaba en la calle del Teatro, hoy General Morán. Allí mismo el abogado y médico Andrés Meneses compró el “Nuevo Diccionario de la lengua castellana” (París, 1875). Así lo prueba el ex libris de la librería en el interior del libro.
Otra fuente para conocer la oferta de libros fue la publicidad en las revistas que por entonces circulaban en la ciudad. En “La Aurora”, publicación literaria quincenal, correspondiente al 30 de septiembre de 1886, apareció una propaganda de la librería de Justo Germán Meneses, que quedaba en la calle san Francisco Nº 32. Allí figura la relación de libros que estaban a la venta: “En este nuevo establecimiento, se encontrarán constantemente magníficas obras científicas en los ramos de Jurisprudencia, Medicina, Teología, Literatura, Historia natural, etc., escritas y publicadas en los últimos años hasta 1884. Novelas por autores clásicos y distinguidos. Textos de enseñanza para primero, segundo y tercer grado”.
En otra publicidad de la librería “Arca de Noé”, que se ubicaba en la calle Jerusalén, números 15 y 18, se decía: “(…) acaba de recibir un buen surtido de libros, tanto de piedad, y Liturgia, como Literatura y Ciencias. Recomendamos el nuevo Diccionario y la gramática por la real Academia Española, últimas ediciones”. Y agregaba como estrategia de marketing lo siguiente: “Libros de textos para la enseñanza, por mayor, los más baratos, los más útiles para aprender todos los ramos de la Ciencia (…) Precios sin competencia”.
Desde la elaboración del texto por el autor, hasta la producción de la obra en la imprenta, y su posterior comercialización en las librerías, pasando por su ubicación física en la biblioteca; la industria editorial, en nuestro medio, es un tema que los historiadores del libro tenemos como tarea pendiente de realizar.
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