Historias de COVID-19

Relatos surgidos en la cuarentena.
Por: Orlando Mazeyra Guillén
Carlos López Mamani es un estudiante polifacético de la Universidad La Salle que, aparte de ser un gran lector, tiene mucha sensibilidad: es solidario con sus compañeros y trata de apoyar a todos en la medida de sus posibilidades. También escribe. Durante este semestre, a raíz de un trabajo que le dejé —nunca falta a clases y siempre saca las mejores calificaciones—, se le ocurrió un cuento llamado “Hamilton” que vale la pena compartir con los lectores. Suelo molestarlo, de vez en cuando, recordándole que perdió un libro que le presté. Después de leer su historia creo que ya está perdonado. O, digo mejor, disculpado. Seguramente llegarán más (y mejores) cuentos. Todo está, literalmente, en sus manos.
HAMILTON
El señor Dante Álvarez acudía por octava vez a la bodega de la esquina para comprar sus cigarrillos Hamilton. Los compraba de dos en dos y esta vez, para no molestar a doña Lula, la dueña de la tienda, fue dispuesto a comprar seis de golpe.
Se encontraba con gorro y, al llegar, se lo bajó un poco para evitar que doña Lula viera sus ojos rojos por haber llorado.
—¡Vecina! ¡vecinita! —exclamó el señor Dante desde la puerta de la tienda.
—Ay, vecino —dijo un poco apenada y agitada la mujer, que se secaba las manos, todavía con espuma, en su mandil—, estaba lavando unos harapos de los chicos. Ni sé dónde he dejado mi tapaboca…
—No se preocupe, vecinita. Venía por un parcito de cigarritos más —dijo olvidando que en realidad venía por seis.
—Mucho está fumando, vecino, si me permite decírselo. ¿Qué dirá doña Catalina? —comentó y para cerrar el asunto y volver al lavado de la ropa, preguntó rápidamente—: Hamilton, ¿no?
—Fumo porque ya no sé qué más hacer, vecina. El COVID-19 está arrasando con todo: estoy calato, ya no me queda casi nada de mis ahorritos y ni salir a trabajar puedo… Sí, unos Hamilton; en todo caso que sean seis, para ya no estar molestándola.
—Listo, seis serán entonces.
Doña Lula por dentro se sentía apenada por no poder aconsejar a su vecino taxista. La situación realmente estaba complicándose cada vez más. Ella se percató de los ojos llorosos del señor Dante mientras recibía el dinero de los cigarros. Cuando se despidieron ella veía al techo en un estado reflexivo.
—Ay, Señor, ayúdanos por favor— exclamó exhalando un suspiro mientras colocaba las monedas en la caja.
Como eran vecinos adyacentes podía escucharse las vociferaciones de doña Catalina, la esposa de Dante, añadido al llanto fortísimo de su pequeña hija Zoe. Luego de muchas expresiones de reclamo y desazón se oyó cuando el taxi era encendido con mucha deprisa.
—¡Sí, huye! ¿Qué más puedes hacer! ¡Lárgate! —gritaba doña Catalina, casi afónica y totalmente indignada.
El taxi blanco de Dante arrancó de inmediato. Por la ventana delantera y de manera tenue salía el humo de su cigarro. Solo se alejó unas cuadras. Al estacionarse, golpeó el timón con violencia. Fumaba ávidamente y las lágrimas que caían por su rostro aumentaban cada vez más, conjuntamente con la secreción nasal que le impedían expirar por completo su Hamilton.
Antes de salir del auto, con la mano derecha se secó las lágrimas y se sonó la nariz con un pañuelo; con la izquierda todavía sostenía la mitad del cigarrillo. Giró hacia los lados y para atrás. No había nadie. Decidió salir, la puerta estaba dura y tenía un truco para abrirse. Se demoró unos segundos por emplear solo una mano. Salió del carro, tiró la puerta con una fuerza descomunal y se apoyó en ella.
—Así que… coronavirus…—se dijo a sí mismo con un gesto irónico mirando hacia arriba. Aspiró su Hamilton y expulsó lentamente el humo. Luego comenzó a reírse… una risa tan intensa que, por un momento, lo hizo olvidarse de todo.
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