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Desafiar a Dios

Julio Armando Aguilar Quicaño explora tensiones internas que acompañaron aquella conquista mundialista.

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Desafiar a Dios

Por: Julio Armando Aguilar Quicaño.

Junio de 1986. La Selección Argentina, de la mano de Carlos Bilardo y con la magia de Diego Armando Maradona, conquistó la gloria al proclamarse campeona del mundo por segunda vez en su historia. Aquella final frente a la Alemania de Karl-Heinz Rummenigge y Andreas Brehme terminó 3 a 2, y quedó grabada como una de las más épicas y míticas en los anales del fútbol mundial.

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Ese campeonato hizo justicia a una gesta mundialista envuelta en heroísmo, picardía y polémica. Un trayecto cuyo punto cumbre fue la victoria ante Inglaterra: la tarde en que Maradona pareció explicar a todo un país con esos dos goles que lo colocaron al nivel de San Martín y, tal vez, a compartir altares con Cristo.

Sin embargo, detrás del brillo del trofeo y de las mieles de la conquista, se esconde una trama secreta relatada desde la intimidad del vestuario. Quizá muchos no lo sepan, pero existe un solo futbolista en la historia argentina que ostenta el título de bicampeón del mundo: Daniel Alberto Passarella. Capitán y referente en 1978, el Kaiser también formó parte de la nómina en México 1986, aunque una extraña seguidilla de dolencias físicas y una soterrada lucha de egos le impidieron disputar un solo minuto en esa gesta.

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Para entender el origen de la rivalidad entre dos de los referentes más grandes del fútbol de aquel país, es necesario remontarse al año 1983, poco después de que Carlos Salvador Bilardo se hiciera cargo del seleccionado argentino. Concretamente, fue un 2 de marzo cuando el Narigón se reunió con Diego en Barcelona, España. Aquel encuentro tuvo lugar en uno de los hoteles más conocidos de la Ciudad Condal.

En un momento dado, tras una breve caminata y una conversación de por medio en los alrededores del hotel, Bilardo le entregó la cinta de capitán a Maradona, dando a entender que el Pelusa sería el gran estandarte de la era bilardista en la Albiceleste. El técnico consumó el acto sin consulta previa a ningún otro integrante de aquel plantel. Por ello, el mismo Passarella, quien hasta ese preciso instante era el capitán, se enteró de la noticia a través de la prensa deportiva días después. Como era de esperarse, el Kaiser sintió aquella decisión como una traición y una burla a su trayectoria por parte de Maradona y del propio Bilardo. A decir verdad, a Passarella nunca le cayó bien Diego: lo respetaba como jugador, pero había aspectos de su personalidad que no le terminaban de cerrar del todo.

Tiempo después, tras la agónica clasificación al Mundial del 86 en el estadio de River frente a la selección peruana —con aquel icónico gol de Ricardo Gareca (curiosamente, el hombre que décadas más tarde nos conduciría al Mundial de Rusia)—, comenzó a sonar con fuerza el rumor de un intento de golpe de estado para destituir a Carlos Salvador Bilardo. Ante tal panorama, Julio Humberto Grondona, por entonces presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), tomó la drástica decisión de mandar a los dirigidos por Bilardo a disputar una serie de partidos amistosos a mediados de mayo de ese año.

En medio de esa gira, lejos del ruido local, se produjo un decisivo cónclave en la habitación de un hotel en Barranquilla. Sucedió el 14 de mayo, justo una noche después de un opaco encuentro disputado frente al Junior de Barranquilla, cuya pobre actuación del combinado argentino terminó en un magro empate 1 a 1.

Sobre aquella reunión, el reconocido periodista deportivo Ernesto Cherquis Bialo sintetizó la hermeticidad del momento y el tono de las declaraciones posteriores:

«Sobre ese cónclave de Barranquilla no trascendieron mayores detalles porque el pacto fue: "Lo que se habla aquí muere aquí". Las frases del día siguiente fueron obvias: "Era necesario que nos juntáramos para aclarar algunas cosas". "Fue un encuentro muy positivo porque hablamos todos y disipamos todas las dudas". Borghi dijo que fue la más importante de todas las reuniones habidas hasta la fecha —no precisó las anteriores— y Giusti la calificó como "extraordinaria e imprescindible"».

Es una locura decir lo que voy a decir, pero uno siempre escuchó que desafiar a Dios es una de las pocas cosas imperdonables que puede cometer el ser humano. Herejía le llaman. ¿Quién en su sano juicio se atrevería a desafiar a Dios? Algunos hablan de un ángel que osó cuestionar la divinidad sin pensar que aquella rebelión terminaría en un estrepitoso fracaso.

Después está Daniel Alberto Passarella, cuya rebelión tuvo un mediano éxito. Fue en una conversación sostenida en plena concentración mundialista, en las instalaciones del Club América de México, apenas unas semanas después de la primera reunión en Colombia en donde se inició todo.

En esa reunión se encontraron dos bandos: uno liderado por Diego Maradona, secundado por jugadores como Óscar Ruggeri o Sergio el Checho Batista; del otro lado se hallaba Passarella, acompañado por figuras de la talla de Jorge Valdano. Era de conocimiento general entre los jugadores que Maradona ya era un consumidor habitual de sustancias alucinógenas, así que era cuestión de tiempo para que en aquel mítico cónclave fuera un tema a tratar.

La tensión era tanta que se podía cortar con un cuchillo. El intercambio de palabras se fue desarrollando hasta que, en un determinado momento, el Kaiser miró a los ojos a Maradona y le dijo:

«Si vos jugás como sabés, somos campeones del mundo; si vos no te drogás, somos campeones del mundo; si vos te cuidás y entrenás a muerte como todos nosotros, somos campeones del mundo... ¿Entendiste, pibe? Dependemos de vos». Y remató: «Y si no lo hacés, te cago a trompadas».

Maradona, después de oír lo que Passarella le dijo, decidió responder:

«¿Vos me venís a apurar? Sos un botón (soplón) y un mentiroso. Entonces también hablemos sobre vos, que sos un mal tipo y un mal amigo».

En medio de ese cruce de palabras, Maradona sacó a relucir una serie de escándalos amorosos de quien fuera capitán del combinado argentino entre 1978 y 1982.

A partir de ese incidente, todo se rompió entre ambos referentes. Nunca más se pudo recomponer la relación entre Maradona y Passarella. Después de eso vino el tema de la intoxicación alimentaria, por la cual el entorno del ídolo de River responsabilizó tanto a Maradona como al Narigón de conspirar en su contra para que no jugara ni un solo partido del certamen mundialista. Aunque, como dato curioso, cabe mencionar la famosa fotografía que salió en la portada del diario El Gráfico, donde se ve a Maradona y a Passarella posar juntos y sonrientes con un sombrero de charro a modo de desestimar cualquier rumor de mala convivencia. El mismo Diego Maradona reconoce esto en su libro autobiográfico Yo soy el Diego de la gente.

El Kaiser Passarella fue el único jugador —y uno de los pocos hombres— que se atrevió a desafiar a «Dios», a pesar de pagar el precio de no jugar un Mundial.

Años más tarde, en 1995, tras la trágica muerte del hijo mayor de Passarella en un accidente de tránsito, Maradona intentó un acercamiento aprovechando el delicado momento. Le pidió a su agente que hablara con Daniel para ir a darle el pésame, a lo que Passarella se negó, cerrando la puerta a todo contacto al responder que «mejor no viniera». Al parecer, de alguna forma, el Barrilete Cósmico sintió cierta culpa por haberle aceptado la capitanía a Bilardo.

Diego murió lleno de voces y de colores; de heridas y de dolores. Y en su breve paso hacia la eternidad, no pudo reconciliarse con el único jugador de toda su carrera que, en un último gesto de admiración, lo amenazó con cagarlo a trompadas.

Referencias:

Maradona, D. A. (2006). Yo soy el Diego (R. Arcuchi & E. Cherquis Bialo, Reals.). Editorial Planeta.


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