El retrato de un país
Conversación en La Catedral es probablemente la novela más grande de la literatura peruana.

Por: Julio Armando Aguilar Quicaño.
Allá por 2023 pude cumplir uno de mis deseos literarios: leer Conversación en La Catedral, un libro que me había dejado intrigado desde muy chico por la famosa pregunta «¿En qué momento se jodió el Perú?». Corría el año 2009 y, en algunos comerciales de televisión, la frase se repetía con frecuencia. Aquella pregunta nunca abandonó mi cabeza y no hizo más que fomentar una curiosidad insaciable por querer leer esta novela.
Escrita por Mario Vargas Llosa y publicada en 1969 por la editorial Seix Barral, la obra está ambientada en la década del cincuenta, durante la dictadura de Manuel Odría, conocida como el Ochenio, un periodo de convulsión sociopolítica en nuestro país. Nos narra la historia de Santiago Zavala, un periodista de 33 años que trabaja en el diario La Crónica, un periódico de poca monta, haciendo editoriales sobre cualquier cosa. Al salir, mira la avenida Tacna sin amor y se pregunta: «¿En qué momento se había jodido el Perú?».
La pregunta da marcha a una de las ficciones más ricas y complejas de la literatura peruana, una de esas novelas que en algún punto nos trastocan el alma y nos hacen reflexionar sobre lo que significa ser peruano y estar jodido al mismo tiempo.
Recuerdo que la última vez que visité Lima fue en 2019, durante mi viaje de promoción. Entre las pocas actividades que pude hacer estando en la Ciudad de los Reyes fue recorrer los lugares que ambientan la historia. Fue gracias a la coordinación de nuestro guía, Amílcar, un viejecillo de no más de 60 años, y del experto en literatura Luis Rodríguez Pastor, quien ofrecía precisamente un recorrido especial por los 50 años de la publicación de la novela. De pronto, yo me hallaba, tal como Zavalita, caminando hacia la plaza San Martín, atravesando el Hotel Crillón, en donde un perro le lame los zapatos, y llegando al Bar Zela, en donde Santiago se reúne con Norwin, un colega periodista.
Siendo yo un adolescente de 17 años en aquel entonces, no lograba entender del todo que recorrer aquellos lugares, los mismos que recorre un personaje inexistente, era la mejor forma de comenzar a responderse esa pregunta que tantas y tantas veces no tiene respuesta. Las ficciones tienen eso: no solamente nos marcan en el terreno de la imaginación, sino que forman parte de nuestra experiencia de formas inexplicables; y, para mí, el hecho de hacer el recorrido algunos años antes de leer la novela fue como una pequeña probadita de algo mucho más grande.
Los lugares de Conversación en La Catedral se muestran tal cual uno se los imagina al leer la novela: la misma avenida Tacna, los mismos edificios desiguales y descoloridos, el mediodía gris e incluso los mismos lustrabotas y canillitas de esa primera página que releí, desde entonces, en incontables ocasiones.
Lo que ya no está es La Catedral, el viejo bar del título. Hoy no es más que una fachada ruinosa convertida en desmonte, pintada de color verdoso y con paredes tristes adornadas por grafitis que navegan entre la inocencia y la hostilidad. Ni rastro queda de aquel bar en donde Zavalita se sienta en una de las mesas a departir con Ambrosio, el antiguo chófer de su padre, don Fermín, y que se gana la vida en una perrera municipal matando perros a palazos.
Por ahí circulan fotografías de Mario Vargas Llosa tomadas en julio de 1969: posa allí, bajo la enseña del bar, frente a los portones gigantescos y bien pintados, en un contraste irónico con las ruinas de nuestros días. Entre mesas que ya no existen, Zavalita y Ambrosio pasan las horas distendidas entre vasos y botellas, sosteniendo una conversación que será la columna vertebral de toda la novela.
Es lo que el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez (2025) define como un árbol de casi 700 páginas (en mi caso, una edición de bolsillo de 340 páginas) del que surgen conversaciones como ramas. Esto es lo que hace a este clásico de la literatura peruana aún más interesante: la forma en que Vargas Llosa entrelaza distintas conversaciones, épocas y perspectivas, haciendo que los acontecimientos se desarrollen simultáneamente. Aunque este recurso puede dificultar la lectura, también permite abordar temas como el racismo, el clasismo y la corrupción desde distintos ángulos. De esta forma, la novela logra construir un retrato preciso y fiel del Perú de la época.
Conversación en La Catedral es probablemente la novela más grande de la literatura peruana, por delante de Un mundo para Julius, de su gran amigo Alfredo Bryce Echenique. Su grandeza es fácil de ver ahora, cuando el tiempo le ha dado el lugar que sin duda se merece, pero me gusta recordar que los buenos lectores lo vieron con claridad en el momento de su publicación. Cuando terminó de leerla, en diciembre de 1970, Álvaro Mutis, poeta colombiano, le escribió a nuestro Nobel: «Conversación en La Catedral ha sido para mí la primera NOVELA de nuestras patrias hispanoparlantes. Novela en el sentido en que lo son para mí La educación sentimental, Anna Karénina, Bleak House o Las ilusiones perdidas». Y luego: «Es el libro más tremendamente serio y definitivo que se ha escrito en nuestras tierras».
Y yo quiero decir que, personalmente, es para mí el libro más revelador que he leído en mis cortos años de vida, pues no hay mejor forma de explicar al Perú que desde la ficción más realista; pues, como dice el mismo Varguitas, la ficción encubre una verdad mucho más profunda. Una verdad que, a veces, solo la literatura puede revelar: la de un país que, pese al paso de los años, sigue buscando respuestas a las preguntas que lo persiguen desde siempre.
No estoy seguro de sí este clásico literario refleja lo que es nuestra sociedad hoy en día, aunque hay quienes consideran que es la novela peruana que mejor retrata nuestra realidad. Probablemente lo siga siendo, hoy a casi sesenta años de su publicación. Nunca sabremos en qué momento nos jodimos, pero quizás sí podamos disfrutar de un buen vaso de cerveza y un pan con chicharrón en algún bar de poca monta, lejos de ese ruido incesante, y sumergirnos en ese río de palabras que nos presenta esta obra maestra.




