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Olmedo, el peruano que conquistó el tenis mundial

21 de marzo de 2026
DUQUESA DE YORK LE ENTREGÓ WIMBLEDON.

El mejor tenista peruano de la historia.

El 24 de marzo de 1936 nació en Arequipa Alejandro Olmedo, el mejor tenista peruano de todos los tiempos. Tras ganar la Copa Davis y Wimbledon, se convirtió en número uno del mundo, pero en su país no se le conoce. El autor de este artículo anuncia la publicación, tras un arduo trabajo de investigación de su libro Alejandro Olmedo. El Cacique, hijo del volcán.

Por: Álvaro Mejía Salvatierra (*).

La historia de Alejandro Olmedo es el testimonio de que el talento, impulsado por una voluntad inquebrantable, puede conquistar cualquier cima. Su vida comenzó al pie del volcán Misti. Su padre, Salvador Olmedo, un modesto cuidador de las canchas del Club Internacional Arequipa, observando con extrema atención los movimientos de un entrenador inglés, aprendió los secretos del deporte blanco de manera tan asombrosa que pronto se convirtió él mismo en el entrenador de los socios del club. Esos secretos se los transmitió al pequeño Alejandro.

En ese entorno de polvo de ladrillo, la destreza técnica del muchacho creció. Su talento era excepcional; a los catorce años ya derrotaba sin contratiempos a los socios mayores de la institución. La Federación Peruana de Tenis, encabezada por Jorge Harten, lo tuvo rápidamente en su radar. Para formalizar ese dominio, el club convocó la Copa Wisden, permitiendo la participación de no socios. Alejandro no desaprovechó la oportunidad y se coronó campeón absoluto a los 14 años.

Este rotundo triunfo resonó en la capital. Harten vio en el arequipeño a un diamante en bruto y decidió traerlo a Lima. De un día para otro, Olmedo pasó de la modestia a residir en una lujosa vivienda, fue matriculado en el colegio Santo Tomás de Aquino y fue nombrado socio honorario del centenario Club Terrazas. Allí, un entrenador norteamericano pulió sus golpes y, al ver sus habilidades desbordantes, comprendió que el medio local le quedaría pequeño. Harten organizó una colecta, reunieron 700 dólares, y a fines de 1954, provisto de un pasaje en barco y sabiendo apenas unas diez palabras en inglés, Olmedo zarpó hacia lo desconocido.

El trayecto hacia la gloria estuvo lleno de sacrificios. Llegó a Cuba, tomó un vuelo hacia Miami y, desde allí, atravesó el inmenso país de costa a costa hasta aterrizar en California. El inicio fue hostil. Tuvo que trabajar duramente para ganarse la vida y entrenar en parques públicos para no perder su nivel competitivo. Logró ingresar al Modesto College, donde su superioridad fue tan aplastante frente a todos sus rivales que el entrenador de la Universidad del Sur de California (USC) le abrió las puertas.

En esas rigurosas canchas universitarias californianas su temple forjó el mito. Sus rivales, que inicialmente lo llamaban «Inca» o «Indian», fueron sistemáticamente derrotados por su letal juego de red, pasando a bautizarlo con absoluto respeto y temor reverencial como “The Chief” («El Cacique»). Demostrando su jerarquía, él se coronó campeón nacional universitario en 1956 y 1958 (en 1957 no participó).

Ese último año, aunque seguía siendo peruano, Olmedo fue convocado por la selección de Estados Unidos, que buscaba desesperadamente recuperar la Copa Davis de manos de los tenistas australianos, que llevaban casi cinco años monopolizando la competición.  Perry Jones, capitán del equipo norteamericano, se había ceñido estrictamente al reglamento: cualquier extranjero con tres de residencia y cuyo país no compitiera en la Davis podía representar al país que lo acogía -el Perú recién participaría diez años después-. Olmedo era el arma secreta de Jones.

Se desató un escándalo en la prensa norteamericana: ¿un peruano? Para disminuirlo moralmente, los australianos lo llamaron mercenario. Pero en una gesta épica en Brisbane, Alejandro ganó sus dos partidos de singles y contribuyó decisivamente a la victoria en dobles. El 31 de diciembre de 1958, cuando ganó su segundo punto en singles y el público exigió que hablase, él dijo que representaba con orgullo a dos banderas. Unas semanas después, de forma individual, Alejandro campeonó en el Abierto de Australia.

En ese momento de gloria, en los primeros meses de 1959 y como antesala a su mayor conquista, el «Cacique» regresó al Perú desatando una locura sin precedentes. Despertando un fervor nacional indescriptible, el gobierno de Manuel Prado Ugarteche le otorgó los Laureles Deportivos —logro que solo había alcanzado Edwin Vásquez, campeón olímpico de tiro en 1948—. Y su tierra, Arequipa, se paralizó por completo para recibir a su hijo predilecto con honores de héroe: multitudes abarrotaron las calles, fue ovacionado por miles en el Estadio Melgar y homenajeado en su entrañable Club Internacional.

Impulsado por el clamor de su patria, meses después viajó a Londres y conquistó la catedral del tenis, Wimbledon, consolidándose como el número 1 del mundo. Lo verdaderamente extraordinario de este ascenso vertiginoso es el profundo arraigo de nuestro campeón. A pesar de saborear el éxito en la élite mundial y reinar en el imperio californiano, se mantuvo firme en su identidad y solo se nacionalizó estadounidense en 1999 por estrictas razones de seguridad social. Incomprensiblemente, con el paso de las décadas, su figura ha caído en el olvido.

Rescatar esa memoria es una obligación. Fue precisamente el doctor Aníbal Pepper, su «hermano de arcilla» y amigo de la infancia, quien, con su entusiasmo contagioso y la generosa entrega de su archivo fotográfico íntimo, me impulsó a emprender la redacción de este libro. Ha llegado el momento de devolverle al país la historia completa del ídolo que nos enseñó que no existen barreras imposibles cuando se tiene la destreza y el corazón de un Cacique.

(*) Corresponsal de la revista Miami Gol Deportes.

 

PORTADA DEL LIBRO.

 

OLMEDO LLENÓ LA PLAZA DE ARMAS DE AREQUIPA.

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