La cara oculta del nacimiento de la República: bandidos y caos

Durante los primeros años se registró un incremento exponencial de delitos.
Por: César Belan Alvarado, doctor en Historia.
«Dios no me haga morir aquí: esto no se puede habitar ya. Es un Babel el Perú, reducido a bandas de forajidos saqueadores. No se piensa ni se trata más que de robar: este es el patriotismo». Estas desoladoras palabras del obispo de Arequipa, José Sebastián de Goyeneche, escritas en 1835, reflejan la dramática realidad que vivió el sur peruano en los inicios de la República.
Mientras en la etapa virreinal la región gozaba de una fama excepcional de paz y tranquilidad, los primeros años republicanos presenciaron un incremento exponencial de los delitos contra la propiedad. Los datos son elocuentes: entre 1780 y 1824 se registraron 335 delitos; entre 1825 y 1845, la cifra se triplicó hasta alcanzar los 980 delitos, con los homicidios multiplicándose por ocho.
Existen dos factores clave detrás de esta explosión delictiva: la crisis económica derivada de las constantes guerras civiles y el quiebre del control social. La creación de Bolivia rompió el eje comercial con el Alto Perú, mientras que las levas forzadas arrancaban a los campesinos de sus tierras. Flora Tristán, célebre viajera, documentó cómo los reclutas preferían arrojarse a los precipicios antes que servir como soldados. Los caudillos militares impusieron cupos exorbitantes que arruinaron a las familias más pudientes.
En este contexto de anarquía, surgieron bandas organizadas de salteadores que operaban en todos los caminos que comunicaban Arequipa con el resto del país. Desde la ruta a Quilca hasta el peligroso «camino del volcán» hacia Cuzco, los viajeros eran asaltados con frecuencia por veteranos de guerra sin recursos.
La ciudad de Arequipa tampoco escapó a esta ola de violencia. Delincuentes se hacían pasar por policías para perpetrar sus robos, mientras los serenos arriesgaban sus vidas en enfrentamientos callejeros. Las víctimas no distinguían clases sociales: desde humildes campesinos hasta los aristocráticos Tristán y Goyeneche sufrieron asaltos.
La causa de este auge criminal también fue la desestructuración del Estado y la pérdida de los vínculos sociales tradicionales que contenía la violencia. La transición del virreinato a la república no logró consolidar un nuevo orden simbólico que reemplazara la lealtad al Rey, generando un vacío de autoridad que los caudillos llenaron con su demagogia y sus ejércitos.
La debilidad institucional y crisis económica fue la mecha que encendió esta explosión criminal, la cual solo comenzó a ceder con la consolidación republicana durante el segundo gobierno de Ramón Castilla en la década de 1850. Dos siglos después, en medio de nuevas crisis políticas, la historia parece ofrecer lecciones aún vigentes.

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