Entrevistas

“Sin ser chovinista, siempre he tenido muy clara mi arequipeñidad”

5 de febrero de 2021
María Teresa Ruiz Rosas nació en Arequipa, el año de 1956.

PREMIO NACIONAL DE LITERATURA 2020

Por: Wilfredo Herencia

Nacida en Arequipa, Teresa Ruiz Rosas (1956) es una escritora que ha logrado, a pulso y contracorriente, una obra narrativa de respeto, que le permitió obtener el Premio Nacional de Literatura 2020 con su novela Estación delirio, otorgado por el Ministerio de Cultura. “Por explorar subjetividades femeninas cosmopolitas y las conexiones entre la amistad, la locura y el arte. Además, por su lenguaje sugerente y denso en significados. Una obra entre Arequipa y el mundo, que continúa desarrollando con solvencia la propuesta de la autora de visibilizar realidades opresivas para las mujeres”, son las razones de este lauro.

Desde Barcelona, España, donde reside por el momento, Teresa tuvo la gentileza de responder nuestro cuestionario.

  • Vienes de una familia de poetas, pienso en tu padre y tu hermano, con reconocimiento en el oficio. Con este antecedente, ¿cómo así que llegaste a la narrativa?

Yo empecé escribiendo poesía, incluso obtuve, en 1974, el Premio Enrique Huaco que otorgaba la ANEA de Arequipa por un conjunto de poemas, pero al cabo de un tiempo me di cuenta que quería contar cosas más allá de expresar mis sentimientos o ideas. De modo que comencé a escribir cuentos con bastante naturalidad y después novelas. Admiro mucho la obra de mi padre y de Alonso, que releo siempre con gusto.

  • ¿Cómo fueron tus inicios de narradora? ¿Alguna anécdota de aquellos días?

El primer cuento, “Dios te salve”, lo escribí en Arequipa en 1975; iba mucho en bicicleta y se me cayó en la calle la carpeta que llevaba sujeta en el portaequipajes. Recorrí de nuevo la ruta pero nunca la encontré, me dio pena. Cuando ya estaba en Budapest, volví a escribir “Dios te salve” en 1977. De regreso en Arequipa, en el año 86, mi padre me animó a que lo enviase a una convocatoria del Instituto Goethe de Lima, organizada por José Adolph. El cuento se publicó y me pagaron un honorario de 25 dólares… Más adelante, se ha llegado a publicar en 5 antologías y se ha traducido al alemán y publicado en 2 antologías más…

  • ¿Qué autores influyeron en tu obra inicial? ¿A qué escritor tendrías que dar las gracias?

Creo que es un poco arrogante hablar uno mismo de influencias, más aún de los grandes autores que había tenido la suerte de leer. Las gracias: a mi padre, que me enseñó a leer a los 4 años y a poetizar la vida, a mi tío Pedro Roger Cateriano, también poeta, que creyó en mí como narradora desde mis 16 años, a Edmundo de los Ríos, que con su amistad me permitió descubrir el fondo de un alma de novelista; y pocos años después, en Barcelona, a Cristina Fernández Cubas y Enrique Vila-Matas, quienes también con su amistad, me dieron las claves para entender lo que implica esa apuesta de vida que es escribir ficciones.

  • Debutas con un libro de cuentos, El desván, que, a decir de Jorge Cortejo Polar, es un espléndido abanico de notables narraciones breves. Qué te trajo, ¿qué significó este primer libro?

Un primer libro es una fiesta inaugural para cualquier escritor. Oswaldo Chanove fue quien, para mi suerte, me dio el impulso para darle la forma de libro, casi como un desafío. Lo presenté en Arequipa, Cusco y Lima y circuló entre mis amigos. El mismo año, 1989, vine a Europa y al año siguiente, un editor argentino afincado en Zúrich, Rubén Gallucci, lo reeditó, lo cual duplicó mi alegría y me permitió dar algunas lecturas en Suiza y Alemania.

  • El crítico dice que, con El desván, sorprendes por tu capacidad de enhebrar erotismo, epístolas románticas, diálogos infantiles e irónicos o discursos religiosos. ¿Cómo lo hiciste?

Me dejé guiar, después de probar opciones, por lo que quería contar en cada historia; los temas, las anécdotas, por sus circunstancias y personajes, casi diría que exigen una determinada forma de ser narradas.

  • Tu incursión en la novela fue con El copista, un libro que fue finalista en un concurso importante como el Herralde. ¿Te fue muy difícil cambiar de técnica toda vez tenías que construir una historia más compleja y largo aliento?

«Eso es lo único que les importa, ese vértigo de la belleza».

En España, ser finalista no es estar en la lista de seleccionados como se cree y afirma a veces en el Perú, sino que equivale a un segundo premio y la publicación de la novela, en este caso en la Editorial Anagrama. Por lo tanto, para mí fue la feliz confirmación de que no me había equivocado al decidir ser escritora.

El copista está estructurada en dos largas cartas desde perspectivas distintas y un prólogo ficticio, ya había construido un relato solo a base de cartas, “Protocolo”, que publiqué en El desván, y que más adelante amplié y volví a publicar con el título de “El retrato te ha deslumbrado”. 

En El copista tuve muy presente la película de Akira Kurosawa, Rashomon, en la que cuatro personajes cuentan sus versiones, todas diferentes, de la misma historia, todas legítimas, es lo que intenté hacer. Las categorías de “difícil” o “fácil” creo que no son exactas para describir mi trabajo. Me encanta el proceso de la escritura, lo disfruto en cada línea, y por eso no lo veo como algo difícil, justamente la complejidad es la gracia del juego, lo divertido y regocijante es resolverla a través de una estética válida para la ficción.

  • Se ha comentado que El copista es una novela original e inteligente, que, entre el esperpento erótico y social, su historia es un apasionante recorrido por los vericuetos de la vanidad y la pasión. ¿Cómo diste vida a este insólito triángulo amoroso? ¿Qué te inspiró?

El copista es, en primer lugar, una ficción, que escribí en Friburgo de Brisgovia después de haber vuelto a vivir en el Perú tres intensos años. En medio había estado toda una década en Europa, mi mirada hacia el Perú era otra, podía acercar y alejar todo como hace un fotógrafo con un zoom. Entonces, en el momento de la escritura, se cristalizaron muchos elementos que dieron pie a la invención. El punto de partida fue que conocí a un copista de partituras y me asombró que existiera ese oficio tan específico, singular y refinado.

  • Siguiendo el recorrido por tu obra encontramos que tiempo después a la publicación de tu primera novela sorprendes, en 1999, con otro premio importante, el Juan Rulfo, con el cuento Detrás de la calle Toledo. ¿Qué había detrás de esa calle?

Es una calle dentro de la ciudadela que es el Convento de Santa Catalina, que he recorrido muchas veces. Me asombraron (siempre hay algo que me asombra en la génesis de lo que escribo) esas celdas diminutas donde las monjas de clausura debían expiar sus culpas, sentí claustrofobia al probar de sentarme en una. El resto es ficción, y fusión a partir de tres casos que conocí de cerca de mujeres burladas y que me indignaron profundamente, por eso ideé un crimen perfecto, sin sangre, que les hiciera justicia. Y de paso a muchas más; por desgracia aún es un tema recurrente.

  • Dice Julio Cortázar, que escribir un cuento es como tomar una foto, y una novela como hacer cine. Con galardones en cuento y novela, ya una escritora madura en edad, ¿dónde te sientes mejor, haciendo fotos o cine?

Insisto, depende del tema. Hay situaciones que necesitan una foto, una instantánea, nada más. Y saber captar ese preciso instante que las revela plenamente también es un arte. En el cine hay diferentes metrajes, y ahora se vive el apogeo de las series. Yo diría más bien que un buen cuento o relato equivale a una película de mediano o largo metraje y una novela a una serie. En la práctica, tanto películas como series suelen ser a menudo adaptaciones de cuentos o novelas.

Hija del poeta José Ruiz Rosas y de la actriz Teresa Cateriano.

  • La falaz posteridad es tu segunda novela que públicas casi 12 años después de la primera. Es la historia de la amistad de dos mujeres, Dora Bakarel y Silvia Olazábal. Es una novela que acentúa tu inclinación a novelar historias ligadas al arte. La primera con la música y esta segunda con el cine. Esto es una mera coincidencia o es algo escrito adrede. ¿Puedes detallar?

Siempre hay una mezcla de coincidencias con intenciones, por supuesto. Todas las artes auténticas y logradas me fascinan en la medida en que son la expresión más elevada de nosotros mismos que los humanos podemos ofrecer a nuestros semejantes. Esta afinidad me ha llevado a conocer de cerca a algunos protagonistas de los diferentes mundos de las artes o a empaparme de sus historias de vida. Y así surgen las necesidades de reivindicar o mitificar, según…

  • Tu tercera novela, La mujer cambiada, trae al recuerdo una parte de nuestra triste historia, la violencia política de los años ’90. ¿Qué te motivó escribirlo? ¿Se alimenta de un hecho real? ¿Cuán cerca estuviste del conflicto?

En esos cuatro años en que volví a residir en Arequipa, del 85 al 89, fui descubriendo cómo antiguos compañeros de universidad, y también conocidos en Lima, se habían decantado por apoyar y hasta participar en la lucha armada. Me entristeció y confundió mucho. Yo soy pacifista por convicción, desde los 17 años, cuando escribí una carta abierta al presidente Velasco pidiendo el indulto para un condenado, estoy en contra de la pena de muerte. Al empezar el nuevo siglo, un coronel retirado me contó el hecho real que aparece en La mujer cambiada, con el propósito de que no cayese en el olvido. Yo creé esa metáfora de la cirugía plástica para operar el “miedo”, el “terror”, también porque me chocaba mucho (otra vez el asombro) ver en cada viaje cómo había mujeres preocupadas por someterse a cirugías estéticas mientras el Perú se desangraba.

  • Se dice que la gran novela de aquellos años de violencia aún está por escribirse. No aparece aún nuestro Tolstoi que escriba “La guerra y la paz”. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación? ¿De lo ya escrito, hay algún autor o libro que te haya gustado o llamado tu atención?

Si hace apenas tres años que ha salido nuestra “Guerra y paz” sobre los Túpac Amaru, me refiero a la grandiosa novela de Omar Aramayo, creo que tendremos aún que esperar. Aproximaciones episódicas han salido muchas, en buena hora, también en cuento, hay incluso una saturación de parte de los lectores como he podido comprobar, algo que me sorprende, pero una novela monumental à la Tolstói sobre aquellas dos terribles décadas todavía no ha sido publicada. Quizás alguien la esté escribiendo.

  • ¿Has pensado la posibilidad de que esta novela pueda ser llevado al cine, alguna vez? ¿Consideras que su lenguaje es cinematográfico?

Sí, me lo han dicho de tanto en tanto. Modestamente, considero que su lenguaje es literario, y que un cineasta que se enamore de la novela podría hacer una magnífica adaptación para el cine.

  • Con tu cuarta novela, Nada que declarar, reafirmas una constante en los personajes principales de tu narrativa: la mujer. ¿Esta presencia femenina es adrede?

Al ser yo mujer, creo conocer los mecanismos de la condición femenina, lo cual me ha permitido tomar mayor conciencia de la vulnerabilidad de las mujeres en situación de desventaja en cualquier plano o ámbito, y en consecuencia de solidarizarme con quienes sufren abuso del tipo que sea en vista de que todavía vivimos en una sociedad patriarcal.

  • Nada que declarar nos lleva a recordar la condición de la mujer sometida al machismo y sus depravaciones, al negocio carnal y el abuso. Pero esto no tiene fronteras, igual sucede aquí con las mujeres provincianas traídas con mil y vil engaños a la urbe. ¿Crees que algún día acabe esto? ¿Qué tendría que suceder?

No tiene fronteras porque quienes lucran de ello están en todas partes. No renuncio al optimismo y confío en que esto acabe algún día. ¿Qué tendría que suceder? Muy simple y no me cansaré de repetirlo: que los hombres entiendan de una vez por todas que “ir de putas” es una aberración que atenta contra la dignidad humana; que una relación sexual es un acto hermoso y vital cuya genuinidad desaparece apenas se convierte en una transacción comercial. Y que es un grave delito cuando las víctimas son menores de edad y han sido forzadas a ello.

  • Estación delirio es tu última novela y la que te llevó a obtener el Premio Nacional de Literatura 2020. Según el jurado o el Ministerio de Cultura es una “obra entre Arequipa y el mundo”, ¿qué significa Arequipa en tu vida y en tu oficio de escritora?

Arequipa son mis primeros 19 años más aquellos 4 que he mencionado, más de un tercio de mi vida, mis orígenes por el lado materno, familiares y amistades entrañables que para mi dicha conservo. Cuanto más tiempo pasa y más la revisito, más nítidos los incontables recuerdos de toda clase, como en un calidoscopio, y que acaban por colarse en mis ficciones. Sin ser chovinista, siempre he tenido muy clara mi “arequipeñidad”, que me enorgullece naturalmente.

  • Como que este premio ayuda a descubrir y reivindicar a una escritora mayor, con una obra sólida, en un medio más dado a ensalzar y revelar a narradores varones. ¿Te has sentido, en algún momento, postergada o marginada por la crítica local?

Desde luego, y en más de un momento. Sin embargo, prefiero recordar con gratitud a muchos otros compatriotas que sí se ocuparon de mi obra en algún momento para presentarla o le dieron espacio en diferentes medios y lugares: Jorge Cornejo Polar, Mariela Sala, Luis Nieto Degregori, Antonio Cisneros, María Elena Cornejo, Tito Cáceres, Virginia Rosas, Giovanna Pollarolo, José Rosas Ribeyro, Ricardo González Vigil, Pedro Cornejo Guinassi, Óscar Malca, Teresina Muñoz Nájar, Miguel Barreda, Dalmacia Ruiz Rosas, Cecilia Valenzuela, Jimmy Carrillo, José Luis Ayala, Giancarlo Stagnaro, Charly Caballero, Carlos Calderón Fajardo, Enrique Planas, Luis Freire, Andrea Querol, Maritza Villavicencio, César Gutiérrez, Mabel Cáceres, Jorge Nájar, Carlos Sotomayor, Gabriel Ruiz Ortega, Rocío Ferreyra, Alonso Rabí, Pablo O’Brien, Gabriela Wiener, José Carlos Yrigoyen, Patricia Salas O’Brien… y si alguno no me viene ahora a la memoria no es intencionado, estoy hablando de tres décadas…

Antología de cuentos desde 1985 al 2016.

  • Me parece que hay muy pocos novelistas mujeres en el país. Tal vez la poesía ha podido reclutar voces muy interesantes y trascendentes, pienso en Blanca Varela, Carmen Ollé, la mítica María Emilio Cortejo y tantas otras. ¿A qué atribuye esto?

Carmen Ollé, desde su novela corta Por qué hacen tanto ruido de 1992, ha seguido cultivando la novela, también de más largo aliento como Las dos caras del deseo. Y después de ella hay toda una lista que empieza con Patricia de Souza. Sí que hay voces, hay que saber encontrarlas, en parte no han sido tan promocionadas como las voces masculinas en las décadas anteriores es lo que creo, otra característica de la sociedad patriarcal… Y en la actualidad hay una serie de estupendas colegas que producen novela.

  • Justo estos días se recuerda a José María Arguedas y los 110 años de su nacimiento. ¿Cuál es tu valoración del autor de Todas las sangres? ¿Qué significa para las letras peruanas? ¿Ejerció alguna influencia en tu vocación o tu obra?

Arguedas me conmueve siempre porque sus novelas son profundamente peruanas, quiero decir que se siente en ellas el Perú profundo en su complejidad, su belleza, dolor, sus atrocidades y contradicciones. Tema aparte es la sexualidad en su literatura, hay un excelente ensayo de Francesca Denegri y Rocío Silva Santisteban sobre ello. Como escritora, me interesa y me inspira mucho el lenguaje de Arguedas, su enorme libertad de registros, su mestizaje lingüístico en una palabra.

  • Si tuvieras que recomendar o dar una lección sobre el arte de escribir una novela a un grupo de jóvenes, ¿qué les dirías?

Que lean literatura de calidad con devoción. Que escriban con modestia y placer. Que no muestren sus textos hasta no tener terminada una primera versión. Que no estén tan pendientes de publicar como de escribir lo mejor que puedan, que revisen y corrijan hasta quedar enteramente satisfechos. Que no se guíen por las modas, sino por lo que sientan que tienen que decir. Y que sigan leyendo, leyendo…

Ronald Mito, creador de cómics en quechua

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