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Diana la princesa del pueblo

Diana murió en París tras el accidente ocurrido en el túnel del Alma mientras era perseguida por fotógrafos.

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Diana la princesa del pueblo
Por: Julio Armando Aguilar Quicaño.

Diana Spencer, alguna vez el rostro más famoso de la monarquía británica, ocultaba una cara que muy pocos conocieron mucho antes de convertirse en la esposa del príncipe Carlos, hoy rey Carlos III.

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Fue una joven marcada por el abandono, una herida que nunca logró sanar del todo. A pesar de pertenecer a una de las familias aristocráticas más importantes del Reino Unido, creció dentro de un hogar frío y lleno de turbulencias. Sus padres, el vizconde de Althorp, John Spencer, y Frances Roche, no se amaban; su matrimonio había sido más una unión por conveniencia que por afecto.

En aquel ambiente, las discusiones eran constantes. Gran parte de ellas giraban en torno a la obsesión del vizconde por asegurar la continuidad del linaje familiar mediante un heredero varón. Aquella presión se hizo aún más intensa después de la muerte de su primer hijo varón, John, apenas unas horas después de nacer. Con el tiempo llegarían Sarah, Jane y Diana, mientras el esperado heredero no nacería hasta años más tarde con la llegada de Charles Spencer. Sin embargo, para entonces el matrimonio ya mostraba señales de un desgaste difícil de revertir.

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Finalmente, tras trece años de matrimonio, Frances tomó la decisión de abandonar a su familia para marcharse junto al empresario australiano Peter Shand Kydd. La noticia remeció a la aristocracia británica y el posterior proceso de divorcio terminó por profundizar el escándalo. Incluso Ruth Roche, madre de Frances y abuela materna de Diana, declaró en contra de su propia hija durante la disputa por la custodia de los niños, calificándola como una mujer inestable e incapaz de ejercer adecuadamente su papel como madre.

Para la sociedad británica fue un escándalo. Para Diana, en cambio, fue el día en que algo se quebró dentro suyo.

Años más tarde recordaría aquel momento con una imagen que jamás abandonó su memoria:

«Recuerdo ver a mi madre meter sus maletas en un auto. Yo estaba escondida detrás de la puerta y la oí marchar sobre la grava».

Aquella escena marcaría profundamente su infancia. Criada entre niñeras en la fría mansión de Althorp y viendo a su madre solo de manera esporádica, Diana nunca logró reconstruir por completo esa relación. Las diferencias entre ambas continuarían incluso durante la vida adulta de la futura princesa

Con el paso de los años, aquella niña reservada se convirtió en una joven tímida, pero también profundamente empática. Ella misma reconocería más adelante que los estudios nunca despertaron demasiado su interés. Prefería compartir tiempo con sus amigos, divertirse y, sobre todo, cuidar de otras personas. No por casualidad recibió un reconocimiento en el colegio por ser la alumna más generosa.

Al terminar sus estudios decidió llevar una vida sorprendentemente sencilla para alguien de su posición. Durante tres años compartió un departamento en Earls Court con otras tres jóvenes. En ese tiempo trabajó limpiando la casa de su hermana Sarah y, posteriormente, como asistente de profesora en la Young England School. Llevaba una vida discreta y anónima, muy lejos de imaginar que, en cuestión de meses, se convertiría en la mujer más observada del planeta.

Mientras Diana intentaba construir esa vida lejos de los reflectores, el Reino Unido atravesaba uno de los momentos más complejos de su historia reciente. Margaret Thatcher llevaba dos años como primera ministra y las consecuencias de la recesión, sumadas a las políticas económicas impulsadas por su gobierno, habían provocado un profundo malestar social. Ese clima de tensión terminaría estallando en abril de 1981 con los disturbios de Brixton, uno de los episodios de violencia urbana más importantes de la historia contemporánea británica.

En medio de aquel escenario de incertidumbre, una sociedad golpeada por la crisis parecía buscar algo a lo que aferrarse, una historia capaz de devolverle la ilusión de un futuro mejor. Sin embargo, ese cuento de hadas había comenzado a escribirse mucho antes, lejos de los salones del Palacio de Buckingham.

Las primeras líneas de esa historia se remontan a 1977, cuando una Diana de apenas 16 años conoció al príncipe Carlos, que por entonces rondaba los 29, durante una visita del heredero a la finca de Althorp para participar en una jornada de caza de faisanes. Sin embargo, Carlos no había acudido para verla. Por aquel entonces mantenía una relación con Lady Sarah Spencer, la hermana mayor de Diana.

Aquel encuentro pasó prácticamente inadvertido. Diana era una adolescente tímida y el príncipe seguía concentrado en su romance con Sarah. Nadie podía imaginar que aquella joven, casi una espectadora de la historia, terminaría ocupando el lugar que cambiaría para siempre el destino de la monarquía británica.

Sin embargo, la relación entre Carlos y Sarah no tardó en deteriorarse. Todo terminó de precipitarse cuando Lady Sarah declaró en una entrevista que nunca se casaría con él, «así fuera un basurero o el rey de Inglaterra». La frase no tardó en llegar a oídos del príncipe.

Días más tarde, cuando Carlos leyó el artículo, reaccionó diciéndole a Sarah que acababa de hacer «algo increíblemente estúpido». Aquellas palabras marcaron el final de una relación que ya atravesaba un momento delicado.

Aunque Sarah no pareció darle demasiada importancia a la ruptura, para la futura princesa de Gales aquel episodio terminaría cambiando el rumbo de su vida.

Días después de la ruptura con Sarah, la vida de Diana continuó prácticamente igual. Siguió trabajando, compartiendo un departamento en Earls Court y manteniéndose lejos de los focos. Sin embargo, el destino volvería a cruzar su camino con el del heredero al trono.

Corría el verano de 1980 cuando Diana fue invitada a pasar unos días en Sussex junto a un grupo de amigos. Entre los invitados también se encontraba el príncipe Carlos. Hacía varios años que no se veían desde aquel primer encuentro en Althorp y, esta vez, las circunstancias eran muy distintas.

Carlos atravesaba uno de los momentos más difíciles de su vida. Un año antes había perdido a su tío abuelo, Lord Mountbatten, asesinado por el Ejército Republicano Irlandés Provisional, una muerte que lo había afectado profundamente.

Años después, Diana recordaría cómo comenzó aquella reunión:

«Unos amigos me pidieron que me quedara con ellos en Sussex y me dijeron: "El príncipe de Gales va a estar". Pensé que no lo había visto en años...».

Durante la barbacoa, ambos terminaron sentados sobre un fardo de paja. Carlos hablaba sin parar. Recordaba a Lord Mountbatten, reflexionaba sobre su matrimonio y dejaba entrever la profunda soledad que sentía. Diana lo escuchaba con atención. Hasta que, en un momento de la conversación, decidió decirle lo que percibía.

«Le dije: "Se ve usted muy solo"».

Aquellas palabras parecieron sorprender al príncipe. Según recordaría la propia Diana, Carlos reaccionó de inmediato: se abalanzó sobre ella y comenzó a besarla.

Diana se sentía halagada, pero al mismo tiempo desconcertada. Según contaría años después, el príncipe no era precisamente coherente en sus habilidades de cortejo. Solía llamarla por teléfono durante horas y, de pronto, desaparecía durante un par de semanas sin volver a comunicarse con ella. Aun así, la relación continuó avanzando. Antes de contraer matrimonio, la pareja apenas salió en unas trece ocasiones.

Finalmente, el 24 de febrero de 1981 llegó el anuncio oficial del compromiso. Durante la presentación ante la prensa en el castillo de Balmoral, un periodista les preguntó si estaban enamorados. Diana respondió con un rotundo «sí». Carlos, en cambio, añadió una frase que con el paso de los años adquiriría un significado muy distinto: «Lo que signifique estar enamorados».

Para Diana, aquella había sido «una pregunta gruesa hecha por alguien ridículo y ordinario». Sin embargo, la respuesta de su futuro esposo la dejó completamente perpleja.

A pesar de las dificultades, Diana encontró en sus hijos una razón para mantenerse en pie. El 21 de junio de 1982 nació el príncipe Guillermo y, dos años después, el 15 de septiembre de 1984, nació el príncipe Enrique.

Para Diana, la maternidad significaba algo más profundo que una obligación dentro de la Corona. Era la posibilidad de ofrecer aquello que ella misma había extrañado durante su infancia: una madre presente, una familia cercana y un hogar donde el afecto estuviera por encima de las apariencias.

Por eso decidió involucrarse de una manera poco habitual para la realeza de aquel tiempo. Quería que sus hijos conocieran una vida más cercana a la realidad, lejos de la distancia que durante generaciones había acompañado a los herederos del trono.

Pero ni Guillermo ni Enrique pudieron evitar el final de un matrimonio que llevaba años deteriorándose. Las diferencias entre Carlos y Diana se hicieron cada vez más evidentes hasta que, en 1992, ambos anunciaron su separación.

Cuatro años después, el divorcio puso punto final a una relación que había comenzado con una boda que parecía sacada de un cuento, pero que terminó convirtiéndose en una de las mayores crisis de la monarquía británica del siglo XX.

Liberada de muchas de las restricciones que había tenido como princesa de Gales, Diana comenzó a construir una imagen propia. Su vida ya no estaba definida únicamente por su matrimonio ni por su posición dentro de la familia real.

Encontró en las causas sociales una nueva forma de conectar con el mundo. Sus visitas a enfermos de VIH, su lucha contra el rechazo que sufrían quienes padecían aquella enfermedad y su campaña contra las minas antipersona transformaron la percepción que millones de personas tenían sobre ella.

En 1995 decidió contar su versión de la historia en una entrevista concedida al periodista Martin Bashir para el programa Panorama de la BBC. Frente a las cámaras pronunció una frase que resumía la profunda crisis de su matrimonio:

«Éramos tres en este matrimonio, así que estaba un poco concurrido».

Aquellas palabras sacudieron a la familia real británica y expusieron públicamente una crisis que durante años había intentado mantenerse en privado. Tiempo después, una investigación revelaría que Bashir había utilizado documentos falsificados y métodos engañosos para obtener aquella entrevista.

Diana parecía haber encontrado finalmente un camino propio. Ya no era únicamente la joven de veinte años que había cruzado la Catedral de San Pablo bajo la mirada de millones de personas; era una mujer con una voz propia y una influencia que rompió  los protocolos de la monarquía.

Pero ese nuevo capítulo sería breve. El 31 de agosto de 1997, Diana murió en París tras el accidente ocurrido en el túnel del Alma mientras era perseguida por fotógrafos. Tenía 36 años.

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Las horas posteriores al accidente transformaron a Londres en un escenario de duelo. Las puertas del Palacio de Kensington se cubrieron de flores, cartas y velas dejadas por miles de personas, mientras la familia real permanecía en Balmoral, Escocia, guardando un silencio que muchos interpretaron como indiferencia.

En medio de esa conmoción, el recién elegido primer ministro, Tony Blair, la llamó ante las cámaras «la Princesa del Pueblo», una expresión que terminaría definiendo su legado. La reina Isabel II regresó a Londres y ofreció un mensaje televisado en el que rindió homenaje a Diana, destacando que «nunca perdió su capacidad de sonreír y reír, ni de inspirar a otros con su calidez y amabilidad».

El funeral de Estado, celebrado el 6 de septiembre de 1997 en la Abadía de Westminster, quedó grabado en la memoria  a través de dos imágenes de un profundo dolor  Guillermo y Enrique, de apenas quince y doce años, caminando con la cabeza baja detrás del féretro de su madre,bajo la mirada atenta de dos mil quinientos millones de espectadores en todo el mundo. Sobre el ataúd, una pequeña tarjeta blanca con una sola palabra manuscrita resumía la tragedia privada detrás del duelo global: «Mummy».

Durante el servicio, la música y las palabras sirvieron como el último testamento de su vida. Elton John interpretó una versión adaptada de Candle in the Wind, cuyas líneas son el retrato de su existencia 

«Me parece que viviste tu vida como una vela en el viento, sin saber nunca a quién aferrarse, cuando la lluvia arreciaba».

A casi tres décadas de su partida, Diana sigue ocupando un lugar único en la memoria colectiva. Su historia recuerda que, detrás de la princesa admirada por millones, existió una mujer que hizo de la empatía y la cercanía su mayor legado.


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