El crooner de la voz angelical
Jeff Buckley dejó un legado profundo, cuya voz parece cantar desde un lugar situado entre lo real y lo efímero.

Aquella madrugada del 29 de mayo de 1997, Memphis arrastraba ese típico aire denso de los últimos días de primavera. Una humedad inconfundible emanaba del río Misisipi, anunciando la llegada del verano entre el olor a tierra mojada y un manto silencioso de nubes grisáceas que se extendía sobre el cielo.
Scottie, como llamaban en su niñez a aquel joven desgarbado y de hombros caídos, bebía una cerveza a orillas del Wolf River. Con total despreocupación, cantaba «Whole Lotta Love», de Led Zeppelin, acompañado por un parlante que dejaba escapar la música sobre el sonido constante del agua.
Nada parecía alterar aquel paisaje apacible, hasta que una idea repentina atravesó su mente como un relámpago. Había decidido que quería nadar vestido. Con su ya clásico polo blanco y unos pantalones negros, se adentró en el río sin advertir la aproximación de una embarcación, cuya estela terminó arrastrándolo hacia las profundidades.
Tenía treinta años. Aquella mañana tenía previsto comenzar los ensayos de lo que habría sido My Sweetheart the Drunk, su segundo álbum. Era un día tranquilo y común, uno de esos que transcurren sin dejar ninguna señal de que están a punto de convertirse en un recuerdo. Sin embargo, Jeff nunca llegó a comenzar aquellos ensayos.
Permaneció desaparecido durante casi una semana, mientras la policía lo buscaba a lo largo y ancho del Wolf River. Hasta que el 4 de junio, un pasajero a bordo de una embarcación logró divisar un cuerpo flotando cerca de Beale Street. Era aquel muchacho que había encandilado al mundo con su interpretación de «Hallelujah», de Leonard Cohen, y que había sido capaz de arrancarle nuevos matices a la soledad de «I Know It’s Over», de The Smiths.
Tenía un talento innato para la música y una sensibilidad pocas veces vista, algo que parecía correrle por las venas. Su padre fue un reconocido cantante de música folk, Tim Buckley, quien abandonó a Jeff cinco meses antes de su nacimiento. Nunca compartieron momentos significativos; solo llegaron a encontrarse una vez, cuando el pequeño Jeffrey tenía ocho años, unas pocas semanas antes de la muerte de Tim por una sobredosis. Jeff solía responder con cierto desdén cuando le preguntaban por aquella ausencia: «Lo único que heredé de él tal vez son las personas que lo recuerdan».
Buckley se vio influenciado por el rock californiano desde una edad muy temprana. A los catorce años solía hacer versiones de The Police durante actuaciones escolares. A los dieciocho años se graduó del Musicians Institute de California. Su carrera musical dio un vuelco importante en 1991 cuando, convocado para un concierto en homenaje a su padre, viajó a Nueva York para presentarse en la iglesia St. Ann. Tras aquel recital decidió instalarse en East Village y, muy pronto, la pizarra desgastada del club Sin-é, un diminuto café de St. Marks Place, comenzó a anunciar su nombre.
Entre 1991 y 1992, cada lunes por la noche, aquel chico de ojos color marrón licoroso se subía al escenario del Sin-é con su inseparable guitarra eléctrica, una Fender Telecaster que daba vida a composiciones propias llenas de ensoñación y a versiones que oscilaban entre Led Zeppelin y Edith Piaf. El hombre cuya voz parecía un lamento angelical solía dejar la música de lado en algunas ocasiones para dar paso a su faceta más cómica, con monólogos repletos de ingenio.
Según testimonios de la época, Buckley poseía un humor avispado y una actitud desenfadada, rasgos que también se reflejaban en sus composiciones. Aquellas cualidades llamaron la atención de importantes disqueras, cuyos ejecutivos muy pronto comenzaron a estacionar sus limusinas en la puerta del café para verlo actuar. En aquel pequeño escenario del Bajo Manhattan comenzaba a construirse, casi sin que nadie lo advirtiera, la trayectoria de un músico que todavía no había publicado un solo álbum.
Un año después, en 1993, firmó su primer contrato discográfico con Columbia Records. Se encontraba preparando las grabaciones de su álbum debut, Grace. En ese período haría un pequeño intervalo para regresar al lugar que lo vio nacer como músico, aquel café del Bajo Manhattan, y ofrecer dos noches de concierto que serían grabadas y lanzadas en diciembre de ese mismo año como un EP de cuatro canciones. Live at Sin-é sería su carta de presentación en el mundo musical.
Luego se encerró en el estudio en compañía del bajista Mick Grondahl, el baterista Matt Johnson y el productor Andy Wallace. Juntos fueron dando forma a su primer disco. Grabaron siete canciones, entre ellas la que da nombre al álbum, «Grace», «Last Goodbye» y «So Real». El guitarrista Michael Tighe ayudaría a coescribir esta última canción y se sumaría como miembro permanente de la banda.
Grace vio la luz el 23 de agosto de 1994 y enseguida ocupó los estantes de las principales tiendas de discos en Estados Unidos. Contenía diez canciones que combinaban la esencia del rock alternativo con texturas melódicas de gospel y jazz. Ese mismo año, Jeff emprendería una gira por Europa, comenzando en la ciudad de Dublín.
Aunque el álbum no tuvo una gran acogida inicial entre el público estadounidense, en Francia sería recibido de una manera muy diferente. El 13 de abril de 1995, France Culture decidió otorgarle el Grand Prix International du Disque en virtud de su aporte musical. Además, recibió un disco de oro gracias a las ventas del álbum.
Durante los siguientes dos años tocó en clubes, bares y festivales alrededor de Europa, Estados Unidos, Australia y Asia, aunque nunca abandonó su vínculo con el café Sin-é, al que volvió a finales de 1995 y 1996 para dos shows sin anunciar: el primero, en la Nochevieja de 1995; el último, en un set sorpresa.
De las diez canciones del disco, la que más destaca es «Hallelujah», la que marcó de manera muy significativa la corta trayectoria de Jeff. No tomó la versión original de Leonard Cohen, sino que se inspiró directamente en la reinterpretación que John Cale realizó en 1991. A partir de ella, Buckley reformuló el significado de una letra que originalmente tenía un fuerte componente religioso.
El propio Jeff afirmaba que en la canción no hacía una oración ni una referencia directa a Dios. Hablaba sobre el sexo y entendía el «Hallelujah» como una forma de expresar el orgasmo. Aquella interpretación, íntima y casi susurrada, terminó convirtiéndose en una de las versiones más reconocibles de la canción de Cohen y, con el paso de los años, en una de las piezas que definirían su legado.
Sin embargo, hay quienes afirman que, indirectamente, el crooner de la voz angelical daba señales del alma tortuosa que habitaba en él, como si supiera, de alguna u otra manera, cuál sería su trágico destino. Es irónico pensar que en muchas de sus canciones se creyera encontrar una suerte de anticipación de su muerte.
Por ejemplo, en «Dream Brother» aparece un ángel de alas negras que vigila a dos gemelos durmiendo a orillas de un río. En «Eternal Life» habla sobre estar cerca de la vida eterna y menciona la imagen de un ataúd de purpurina roja. Escuchadas después de su muerte, aquellas canciones adquirieron un significado distinto. Las letras que alguna vez parecieron pertenecer únicamente al terreno de la imaginación comenzaron a ser interpretadas como presagios.
Rebecca Moore, expareja de Buckley, recordó en una entrevista los días previos a su muerte. Contó que tuvieron una última conversación telefónica en la que él mostraba señales de angustia.
«Fue la conversación más hermosa que tuvimos en nuestros siete años de conocernos, pero también la más perturbadora», dijo.
«Fue un momento de alegría, fue una charla cien por ciento típica de Jeff», agregó Moore.
«Creo que su muerte fue un accidente: él simplemente se tiró a nadar en un momento de alegría, mientras mataba el tiempo», concluyó.
Existen distintas interpretaciones sobre lo ocurrido. Algunos sostienen que fue un accidente provocado por las corrientes del río; otros lo atribuyeron a un suicidio relacionado con los problemas de salud mental que padecía. Sin embargo, la investigación oficial determinó que se trató de una muerte accidental. No hubo despedida, ni escenario, ni una última canción. Solo el agua de un río y una tarde que, para el resto del mundo, parecía una más.
Su última actuación en vivo fue el 26 de mayo de 1997 en el club Barristers de Memphis, donde venía tocando cada lunes desde principios de ese año.
Tres días después ocurrió su desaparición.
Tenía treinta años.
Y aunque su carrera apenas había comenzado, Jeff Buckley dejó un legado profundo, cuya voz parece cantar desde un lugar situado entre lo real y lo efímero, permanece imborrable en las radios de los nostálgicos por la música de los 90.




