Maradona: el nuevo Gardel
Y entonces nació un nuevo Gardel, un nuevo mito argentino.

Muchas veces la vida, tan impredecible como perversa, cobra un alto precio al concederte un deseo. Diego Maradona quedó en deuda por la generosidad de su destino: esa transición desde lo humano hacia el mito, la que lo dividió en dos: por un lado, Diego; y, por el otro, Maradona.
Durante casi tres décadas, quien fue su preparador físico, Fernando Signorini, solía decir: «Con Diego iría hasta el fin del mundo; con Maradona, ni a la esquina». El primero fue producto de la humildad de un barrio; el segundo había sobrepasado la fama anticipada. Maradona fue el personaje que el Pelusa de Fiorito inventó para soportar las exigencias de ser uno de los mejores futbolistas del mundo.
Quiero empezar relatando cómo viví el día de su partida, el 25 de noviembre de 2020. Tenía 19 años y me encontraba en casa de un amigo argentino. Estábamos disfrutando de un asado. Entre achuras, vacío, fernet y chorizo, vi aparecer en el televisor la noticia que anunciaba su fallecimiento y me quedé atónito. Para mí, Maradona era uno de los mejores de la historia, tal vez solo superado por mi idolatría hacia Lionel Messi, en cuyo fútbol sobrevive parte de la magia del «Barrilete Cósmico». Por eso, cuando escuché la noticia, pensé que se trataba de una broma absurda. Puse los ojos en blanco y enseguida noté que el padre de mi amigo ponía las manos sobre su rostro para cubrir las lágrimas que lentamente comenzaron a brotar de sus ojos.
Aunque nunca tuve el privilegio de conocerlo, extrañamente, por esas formas impredecibles de admirar al otro, me pasó eso mismo que ocurre cuando alguien cercano muere: uno comienza a volver sobre los recuerdos que guarda de esa persona.
Tengo presente aquel partido ante Inglaterra en los cuartos de final del Mundial de México 86. Para Argentina no era solamente un partido; detrás de cada pelota todavía respiraban las heridas de Malvinas.
En el minuto 51, Diego se sacó a dos ingleses de encima para asistir a Jorge Valdano. Aquel no logró controlar la pelota y un defensor intentó despejar hacia el arquero Peter Shilton, sin advertir que Maradona corría hacia ellos. Fue ahí cuando apareció ese gol tan mágico como engañoso: «La Mano de Dios». El estadio estalló en gritos desesperados.
Cuatro minutos más tarde llegó el segundo gol, el más extraordinario de todos. Diego avanzó desde la mitad de la cancha dejando rivales en el camino, gambeteando como si tuviera la pelota pegada a los chimpunes, y marcó el gol más lindo de su carrera. Es curioso cómo somos los seres humanos: el gol de la astucia quedó inmortalizado como «La Mano de Dios», mientras la verdadera obra maestra permanece a su sombra, aunque quizá haya sido el mejor gol en la historia del fútbol.
Como recordó Valdano en un artículo escrito para El País, Diego no parecía dominar la pelota, sino domesticarla. Incluso cuando la lanzaba hacia el cielo y parecía olvidarse de ella, siempre terminaban reencontrándose con una precisión imposible. Evocó también una anécdota en Berlín durante una concentración, cuando Carlos Bilardo insistía en que el argentino debía convivir con la pelota todo el día. Diego apareció dominándola en el ascensor y en la mesa del comedor sin dejarla caer. Bilardo solamente dijo: «Por eso es Maradona».
En ningún lugar parecía más libre que dentro de una cancha. Jugaba como si el estadio fuera una extensión de su imaginación: elegante, impredecible, feroz. Esa superioridad terminó alimentando al personaje, hasta que el mito empezó a pesar más que el hombre.
Con poco más de 15 años empezó a concursar para «dios del fútbol». Lo hizo, además, en un país que lo acogió como a un mesías sentimental, porque el fútbol, en Argentina, es un juego que solo llega a la mente después de pasar por el corazón. La fascinación por el arte barrial que Diego llevó a los estadios trascendió al hinchismo. No importaba la camiseta que llevase: era un genio, era argentino y eso resultaba suficiente para desatar el orgullo.
Pese a que no fue convocado para el Mundial 78, muchos, incluidos rivales, le auguraban un gran futuro como uno de los mejores, si no el mejor, del mundo.
Y, como digo al comienzo de este homenaje, hay momentos en que la vida te hace pagar un alto precio por concederte todos tus deseos. Ese fue el precio que el Pibe de Oro tuvo que pagar: encontrarse, siendo tan joven, con un mundo de placeres que aún no le correspondía.
A diferencia de Ulises, Diego nunca quiso atarse al palo para resistirse al canto de las sirenas. Y, volviendo un poco a lo referido por Fernando Signorini, quizás, si Diego se cuidaba y hubiese tenido una vida más a lo Platini, tal vez su carrera futbolística habría tenido otro rumbo. Aunque no hubiera sido nada más que un «Platini», no sería Maradona.
«Qué jugador nos perdimos».
Se retiró en 1997, en un Superclásico ante River. Cuatro años después, el 10 de noviembre de 2001, tuvo su partido homenaje en La Bombonera, que lo devolvió al centro del mundo. Entre lágrimas, pronunció una de sus frases más míticas: «Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha». Fue la manera más maradoniana de excomulgar sus pecados.
Cuando murió, no solo perdimos a un futbolista. Fue algo más profundo, difícil de explicar, como si el deporte rey hubiese perdido una parte de su magia. Para Horacio Pagani, aquella tarde no solamente había muerto Maradona; también se murió el fútbol.
No sabemos del todo qué era Diego. Era un genio, sí, pero también un bendito y un maldito. Había amenazado con irse demasiadas veces y siempre terminaba regresando. Esos encuentros y desencuentros, sin imaginarlo, mostraron algo de inmortalidad en él.
Tenía 60 años cuando murió, a pocas semanas de una operación en la cabeza y en medio de un deterioro físico evidente. Mucha gente sintió un dolor profundo cuando lo vio celebrar su cumpleaños en la cancha de Gimnasia y Esgrima La Plata. Caminaba lento, ajeno, distante; ya no era el mismo.
Aquel homenaje que se le realizó en La Bombonera aquella primavera de 2001 y esas palabras tan lindas, que son una oda al fútbol, fueron imposibles de no sentirlas como una especie de despedida anticipada de todos nosotros, sus hinchas, que elegimos recordarlo como el Diego de Argentina, de Nápoles y de todos los que aman el fútbol.
La historia de sus últimos meses es difícil; dicho en voz alta, suena ridículo, pero nunca pensamos que podría morirse tan pronto. Creíamos tener a Diego para rato. Es casi como si se le hubiera negado esa posibilidad. Y, como no se podía morir, nos enojamos y nos entristecimos; pero detrás de ese endiosamiento que construimos, tal vez justa o injustamente, había un ser humano, un pibe de barrio que solo quería ser jugador de fútbol.
Algún loco por ahí dice que su novia, la pelota, todavía sigue llorando. Quizá sea cierto, pero también le dice gracias por haberla amado y por haber escrito junto a ella algunas de las páginas más hermosas de la historia del fútbol.




