La niña que escribía de noche
El artículo propone un acercamiento a la escritora argentina desde sus experiencias familiares, su formación como lectora y la construcción de una voz propia.

Hay algo de cierto en un prólogo escrito por el mexicano Octavio Paz, quien describió a Alejandra Pizarnik como «la poeta del silencio», pues su escritura era directa, sin filtros ni excesivas metáforas. Precisamente, el pasado 29 de abril se cumplieron noventa años de su nacimiento; por eso, en homenaje a su corta pero intensa trayectoria, me tomé el atrevimiento de escribir estas líneas, haciendo un viaje a través de su vida y su obra.
Aquel título no es fortuito: Pizarnik creaba de noche, intentando aferrarse a la vida y expresar eso que sus ojos gritaban con la mirada. En sus manos, el insomnio dejó de ser desvelo para convertirse en resistencia; desde ahí exploró los límites de una lucidez sin retorno, hasta construir una obra donde las palabras parecen decir oscuridad y cansancio, como alguien intentando contarnos algo. Por eso, detrás de la escritora habitó siempre una niña taciturna que encontró en el papel una forma de ponerles palabras a sus fantasmas.
Bautizada como Flora, Alejandra Pizarnik el 29 de abril de 1936 en Avellaneda. Tanto ella como su hermana mayor, Miriam, nacieron en el Hospital Fiorito, dentro de una familia de inmigrantes judíos ucranianos que huyeron de Europa. En aquel entonces, el avance nazi convertía al continente en una amenaza real.
Su hermana recordaría más tarde aquella etapa como una infancia infeliz, aunque atravesada por pequeños momentos de juego la rayuela, las estatuas; tal vez alguna tarde suspendida antes de que el miedo volviera a entrar en casa, porque la guerra también respiraba allí adentro. Cada tarde, de hecho, el padre leía el periódico esperando noticias del frente y cartas de los familiares que habían quedado atrapados en Europa, luchando por sobrevivir. Con el tiempo, sin embargo, esas cartas comenzaron a llegar cada vez con menos frecuencia hasta convertirse en un silencio absoluto que anunciaba la tragedia. Pocas cosas marcaron tanto a Alejandra como ese descubrimiento prematuro de la ausencia y de la muerte.
A raíz de ello, la melancolía y la soledad empezaron a habitarla demasiado pronto, al punto de convertir la muerte en una obsesión y en uno de los temas centrales de su poesía. A pesar de la negrura de su entorno, el acercamiento a la lectura nació casi como un ocio doméstico: cuando las hermanas decían aburrirse, su madre, Rosa, les daba unas monedas para comprar libros. Ahí empezó todo.
Entre páginas y madrugadas silenciosas comenzó a formarse la escritora. Miriam recuerda, por ejemplo, haberla encontrado una noche escribiendo sola en un cuaderno; una escena tan cotidiana como simbólica. Desde entonces, Alejandra encontró en la literatura una forma de canalizar aquello que la aquejaba y de ponerle nombre a sus emociones.
Durante la niñez fue sociable y desfachatada, pero en la adolescencia aparecieron las primeras fracturas con su autoestima: el acné, la timidez y la incomodidad con su propio cuerpo. Se percibía fea, aunque quienes la conocieron hablaban de sus ojos verdes y de una delicadeza difícil de ignorar. A eso se sumó también la incertidumbre alrededor de su voz: una supuesta tartamudez que algunos atribuyen al asma, pero que terminó llevándola al psicoanálisis desde muy joven.
Esto sería frecuente en ella, pues aquellas inseguridades terminaron convirtiéndose en uno de los detonantes de un desequilibrio emocional constante.
Posteriormente, durante su etapa universitaria, leía a Jean-Paul Sartre cuya obra Los caminos de la libertad era una de sus favoritas junto con la poesía de Rubén Darío. También bebió de las fuentes del surrealismo leyendo a André Breton, sobre todo la novela Nadja, sobre la que realizó algunos ensayos que influyeron fuertemente en su obra.
Sin embargo, su punto cumbre llegaría algunos años después con Árbol de Diana. Publicado en 1962 y prologado por Octavio Paz, este libro condensó esa escritura breve pero profunda, llena de dolores silenciosos, donde el lenguaje parece debatirse entre el sueño y la herida.
«Explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome».
Escribió Pizarnik, dejando al descubierto esa sensación de extrañeza y desarraigo que atraviesa gran parte de su obra.
Con el fin de expandir sus horizontes, en 1959 viajó a Europa y permaneció entre 1960 y 1964 instalada en París. Solía perderse durante horas en el Museo del Louvre, observando obras icónicas como La Gioconda o Las bodas de Caná.
Allí colaboró con la revista Cuadernos, trabajó como periodista y tradujo a Antonin Artaud. Durante ese tiempo intercambió correspondencia con amigos y familiares; en una de esas cartas, un amigo le dijo que la capital francesa parecía ser su lugar en el mundo.
Allí también conoció a Julio Cortázar. No tardaron en reconocerse: ambos parecían escribir desde una soledad distinta al resto. Fue Cortázar quien la acercó al círculo intelectual parisino, como si advirtiera que aquella muchacha tímida terminaría dejando una cicatriz imposible de borrar en la literatura hispanoamericana.
Sus amigos entendieron, demasiado tarde, que Alejandra vivía igual que escribía: siempre al borde. Sobre ella, el propio Cortázar diría:
«Nos veíamos, ella venía con frecuencia a casa donde Aurora y yo la recibíamos y la sermoneábamos por su peligrosa manera de abandonarse al azar de las circunstancias, con toda clase de riesgos que no le importaban pero que los amigos conocíamos bien».
Años más tarde, mientras Alejandra luchaba contra sus tormentas en un hospital psiquiátrico, Cortázar le escribiría una frase atravesada por la desesperación y la ternura: «Sólo te acepto viva, sólo te quiero, Alejandra». La carta respondía a una confesión devastadora de Pizarnik, quien le había dicho que ya no tenía razones para seguir adelante y que pensaba poner fin a sus días.
Cuando regresó a Buenos Aires en 1964, ya era una poeta reconocida dentro del círculo literario latinoamericano. Lamentablemente, la muerte de su padre y el deterioro de su salud mental intensificaron sus crisis.
Como consecuencia, en libros posteriores, como Los trabajos y las noches, su voz adquirió un tono todavía más íntimo y desgarrado. Poemas como «La enamorada», con versos como «te duele la vida tanto tanto» o «desesperada ¿adónde vas? / desesperada ¡nada más!», revelan una sensibilidad donde el amor aparece atravesado por la ausencia y el desamparo. Ella experimentó ese afecto con una intensidad brutal, haciendo que muchos de esos vínculos se perdieran en el tiempo.
Finalmente, el 25 de septiembre de 1972, en su departamento de la calle Montevideo, tras ingerir cincuenta pastillas de Seconal, decidió marcharse. Antes dejó escrito en la pizarra de su habitación:
«No quiero ir nada más que hasta el fondo».
Hoy nos queda su voz. No como un consuelo fácil ni desde esa soberbia intelectual que pretende explicarlo todo, sino como una forma de ser parte del misterio.
Porque frente a esa mujer que escribía en carne viva, mostrándose desde el dolor, muchas veces no buscamos entender a la autora; buscamos entendernos a nosotros mismos.
En ese sentido, eso mismo es lo que la serie documental Memoria Iluminada elige rescatar al reunir los pedazos de una vida que nunca iba a encajar del todo.
Quizá no asistimos al recuento de una biografía resuelta, sino al retrato de una mujer desarmada por sus propios fantasmas.
Al final, las historias que de verdad nos acompañan no son aquellas que alcanzan un final perfecto, sino las que nos muestran la vulnerabilidad de alguien que buscaba amor, que buscaba cariño.
Y es ahí donde encontramos esa desnudez emocional que tantas veces nos hace falta.




