Vice City, directo en la nostalgia

La tarde comienza a caer y mientras el velocímetro marca que estoy sobrepasando los cien kilómetros por hora, la inconfundible intro de “Out of Touch” de Daryl Hall y John Oates me evoca a recuerdos hermosos de mi niñez y adolescencia. A lo lejos, el mar basto e inconfundible, me lleva a una ciudad que, sin nunca pisarla, me regaló algunos de los mejores momentos de mi vida. Sus costas inconfundibles, sus grandes edificios y ostentosas mansiones me deslumbraron desde el primer momento en que las vi, y aunque sé que solo es posible llegar a ellas por medio de un ordenador, soy feliz cuando revivo los largos paseos por las calles, que muchos de ustedes conocen, su nombre era Vice City.
Inspirada a imagen y semejanza de la Miami de los 80’s, Vice City fue un juego que marcó historia, y que permite aún hoy en día a los nostálgicos como yo, rememorar los mejores momentos de nuestra juventud.
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Recuerdo claramente que hasta antes de conocer la existencia de este juego, yo estaba desentendido de los video juegos, a diferencia de muchos de mis contemporáneos. Quiso el destino que una mañana nublada de enero, mientras un técnico de apellido Samalvides daba mantenimiento a la computadora que mi madre recientemente había comprado, me propusiera instalar en ella un juego que según él “me iba a gustar mucho”; -cuánta razón tuvo señor Samalvides. Donde quiera que esté le agradezco por esa instalación que cambió mi vida-. Esa misma tarde me entregué a lo desconocido de este juego, y créanme que de inmediato uno se daba cuenta de que estaba en presencia de algo bueno cuando escuchaba de arranque a Billie Jean de Michael Jackson, así nació un amor a primera pantalla.
Su temática era revolucionaria, además de tener un excelente guion que te atrapaba desde el principio, mientras te ibas adentrando misión a misión en las organizaciones criminales de la ciudad buscando recuperar algunos paquetes de narcóticos valorizados en miles de dólares a través del personaje principal llamado Tommy Vercetti.
Estas misiones eran de lo más diversas y poco a poco se iban develando nuevas partes de la ciudad, su inconfundible soundtrack permitía un gozo que difícilmente ha sido superado por otras entregas de la serie Grand Theft Auto.
Para mí simplemente era espectacular poder descubrir el abanico de posibilidades que brindaba el juego, que era una mezcla de primera calidad entre Scarface y Miami Vice.
Con el paso de los días y meses fui conociendo la ciudad como la palma de mi mano, encontrando objetos ocultos y realizando misiones secretas encomendadas por la diversidad de personajes que componían su universo, desde mafiosos italianos hasta criminales haitianos, que, organizados en pandillas, representaban un verdadero dolor de cabeza. Así poco a poco me tomé de forma comprometida y personal la finalización total del juego, y luego de aproximadamente cuatro meses pude conseguirlo, obteniendo un par de guardaespaldas y un traje nuevo.
Debo admitir que al culminarlo sentí una terrible nostalgia que me llevó a iniciarlo desde cero nuevamente con la única finalidad de poder encontrar nuevas cosas y detalles que quizá dejé escapar anteriormente, y aunque parezca difícil de creer, en esta ocasión lo disfruté mucho más.
Pero el inexorable paso del tiempo, sumado a las responsabilidades de la vida escolar, poco a poco me fueron separando de esta ciudad que había adoptado como mía, y aunque probé jugando las otras entregas de la serie, tristemente debo admitir que nunca más me sentí como en aquella ciudad con clima monzónico.
Cierta tarde sin sospecharlo dejé a Tommy Vercetti con sus socios y su gente con la promesa de volver pronto; el tiempo quiso que no lo haga por muchos años.
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Hasta que el año pasado, aturdido por el confinamiento y ávido de volver a los lugares donde fui feliz, regresé a aquel lugar. Todo seguía igual, las mismas personas, las mismas calles y por algunos días disfrute de la calidez de sus costas, dejando de lado la violencia que había utilizado en tiempos pasados para recordar los buenos momentos que viví en ella; seguía igual de linda, pero algo era diferente, entonces comprendí que yo había cambiado y que no podría volver a quedarme en ella, al menos no por ahora, así que di un último paseo, escuchando el clásico de Talk Talk “Life’s what you make it” y partí.
Quien sabe cuándo volveré a ella, a pesar de todo soy feliz rememorando mi estancia allí, pues una parte de mí se quedó allá para siempre, esperando por mí la próxima vez que decida visitar aquel lugar donde fui tan dichoso.
¡Hasta pronto Vice City!
Todo un palo
La insoportable levedad de verte

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